EL BOX DE LAS TRADUCCIONES

Una mente inquieta por el paddock de MotoGP

81: Si volviera a nacer

Publicado el 24 julio, 2019

El otro día colgué una foto en Instagram con el título ‘Si volviera a nacer’. Siempre me viene a la mente la canción ‘Cómo hablar’ de Amaral y de hecho lo puse por eso, por todo lo que significa. Dos de mis lectores habituales, Chema y Elisabeth opinaron que era buena idea para una nueva entrada del blog (¡gracias!) y aquí estoy, de noche y tranquila ante la pantalla. Es curioso, nunca hasta ahora había pensado fríamente en qué haría o qué cambiaría si volviera a nacer. A priori, no cambiaría absolutamente nada de lo vivido hasta ahora porque todo eso me ha convertido en la mujer que soy hoy, pero sí que hay cosas que no estarían nada mal. Ahí van mis deseos.

Si volviera a nacer desearía llegar al mundo en el mismo hogar en el que lo hice. ¿Algo muy lógico? No. No todos los niños de este mundo tienen la suerte de aterrizar en la vida en un sitio en el que se les quiere y se les cuida (tengo un hermano biológico y dos de acogida, los casos de hogares poco favorables están más cerca de lo que creemos).

Si volviera a nacer pediría tener una varita mágica solo para curar el dolor del alma o del cuerpo de las personas que en algún momento de mis 26 años me han pedido ayuda de algún tipo.

Si volviera a nacer evitaría conocer a las personas dañinas que me jodieron un poquito la adolescencia. O quizás me conformaría con conocerlas bien durante un tiempo por todo lo que me enseñaron, pero las enviaría mucho antes a tomar viento.

Si volviera a nacer intentaría no cometer los errores del pasado que en algún momento hicieron daño a otra persona. O intentaría tener las estrategias suficientes como para no llegar al punto de perder el control de alguna situación y no hacerlo como me hubiera gustado.

Si volviera a nacer me gustaría ser igual de cabezona, terca, constante y pasional con todo aquello que a mí ‘me da la vida’. No querría que eso fuera de otra manera, porque al fin y al cabo esa es mi esencia. Aunque es probable que sacara los cojones mucho antes de lo que lo hago ahora cuando es necesario. A veces he perdido un poco el tiempo.

Si volviera a nacer pasaría por mil ‘dramas’ hasta lograr encontrar a quien me cambia el clima solo con mirarme, sin necesidad de hablar. Que sí, que existe, esa conexión de la que se habla en las películas y en los libres. Esa sensación. Sí, sí. Que cada uno le llame como quiera, pero yo aprendería de todos mis errores hasta dar con mi acierto. Qué suerte la mía.

Pero si volviera a nacer… Querría llegar al verano de los 26 de la misma manera. La misma Irene de hoy. Con las mismas personas a mi alrededor, con el mismo trabajo, con los mismos sentimientos que me dejan sin respiración en este momento y con la misma perspectiva de vida. Sin miedo a lo que esté por llegar y afrontando cada día sin condición alguna. Que sí, que hay días en los que la mente te juega malas pasadas, pero también desaparecen rápido. Viviría con la incertidumbre como aliada, con la ilusión como cómplice y con la valentía como definición.

Si volviera a nacer... Lo repetiría todo sin dudarlo dos veces.

80: Querida vida (vol.II)

Publicado el 21 junio, 2019

Querida vida, hoy te escribo por segunda vez. Desde la última vez que lo hice ha pasado de todo, he vivido cosas increíbles y otras un tanto evitables, pero todo me ha servido para seguir avanzando como persona. Al final, tanto lo bueno como lo malo ayudan a perfilar la esencia de uno mismo. Lo que realmente me cuesta asimilar es todo lo que 2019 me está regalando, mucho más de lo que jamás hubiera imaginado. A expensas de descubrir todo lo que está por llegar, te aseguro que nunca en mi vida había sido tan feliz.

Querida vida, gracias por hacerme entender con el paso del tiempo qué es lo que me aporta, quién puede darme mucho y quién no puede ofrecerme ya nada más, quién debe seguir caminando a mi lado (o empezar a hacerlo) y quién es mejor que tome otra ruta distinta a la mía. Sin problemas, ni discusiones, sin llantos ni dramas. Hay relaciones (del tipo que sea) que tienen fecha de caducidad y eso no es malo, simplemente son ciclos que se deben cerrar para dar paso a otro mejor. También he comprendido en estos últimos meses que ser clara y concisa puede crear rechazo, pero que a la vez es la mejor fórmula (al menos para mí) para no tener problemas, ni perder el tiempo. Creo que eso no me interesa cambiarlo. Llega un momento en el que es imposible gustar a todo el mundo, al margen de que no tiene sentido alguno pensar que debe ser así. Por muy egoísta que suene, me parece mucho más generoso quererse, valorarse y dedicarse tiempo, que olvidar esa parcela tan importante y particular, y entregarse solo a la voluntad de los demás. Me querrán más o menos, pero yo decido cómo vivir mi vida y en qué emplear mi tiempo y mis energías. Gracias por hacerme ver que en general solo debo rendirme cuentas a mí misma. Esa es mi mayor protección.

Hace mucho tiempo me di cuenta de que el ser humano puede ser maravilloso y a la vez horrible, que el bien y el mal son conceptos muy abstractos según el individuo que los considere y que hay personas que aterrizan en el mundo con una función determinada que bien puede ser súper positiva, o bien súper dañina. Hasta ahora he lidiado con ambas caras de la moneda, pero querida vida, gracias por no haber dejado que catalogue a todo el mundo por igual. Me has hecho darme cuenta de que confiar sin etiquetar y no meter a todos en el mismo saco puede hacerme enormemente feliz. Ya era hora. Qué suerte la mía. O qué lotería: siempre he sido muy de lanzarme a la piscina con o sin agua hasta saber si puedo nadar, bucear o estrellarme. Qué más da. Hay que vivirte.

Y para acabar, querida vida, gracias por haberme colocado en el lugar en el que estoy. Por darme la oportunidad de viajar cada dos por tres, de ver mundo, de conocer a personas que luchan con uñas y dientes por conseguir sus sueños (como yo), por vivir experiencias que tan solo necesito tenerlas en la memoria para sonreír al recordarlas, por darme la oportunidad de ser yo misma en un entorno que soñaba desde niña. Querida vida, esto vale mucho la pena. Preparada estoy para todo lo que me toque vivir.

 

 

79: Efecto erizo

Publicado el 12 mayo, 2019

Llevo tres meses y cuatro Grandes Premios viviendo el mundial desde dentro. Necesité tan solo un día para confirmar que estoy, más o menos, donde siempre he querido estar. Al margen del aprendizaje, de la observación y de las satisfacciones profesionales en el Mundial, 2019 me está regalando un buen puñado de momentos que van más allá. Lo típico de ‘esto ha sido para mí, para siempre y nada ni nadie me lo podrá quitar jamás’. Eso implica que estoy viviendo cosas que me erizan muchísimo la piel.

Ayer llegué de Londres. Estando en Argentina me llamaron de El Hormiguero para interpretar de manera simultánea e inversa (de español a inglés) a uno de sus invitados, en este caso, Will Smith. Al tratarse de algo puntual y al no coincidir con ningún fin de semana de carreras, acepté. Y por qué no, que fuera Will Smith hizo que no me costara mucho tomar la decisión. Mentiría si dijera que los días previos a ello he estado tranquilita y relajada. Por suerte, la experiencia y el paso del tiempo me han ayudado a controlar los miedos y las inseguridades, a pesar de que el temor a fracasar siempre anda por ahí medio escondido.

Volví a meterme en cabina después de 6 meses. Lo hice en el programa en el que acudió Sara Sampaio y el jueves repetí, pero en Londres y con Will Smith. Mil veces me han contado en casa que cuando era niña e iba en el andador, estuviera por donde estuviera, si oía la música del Príncipe de Bel Air empezaba a corretear (o lo que se haga yendo en andador) hasta plantarme delante de la tele embobada con aquella música. Casi 27 años más tarde, en los estudios de la BBC y con mi cabeza inquieta, salté al ruedo de nuevo. Micro abierto, oigo ruido y me doy cuenta de que él ya está en posición: ‘Hola Will, soy Irene y hoy voy a ser tu voz interior, intentaré no hablar demasiado al traducir y te lo pondré fácil’. ‘Hey voz interior, encantado de saludarte, perfecto, genial así, eso me gusta, te oigo perfectamente’. Ahí se me erizó la piel como en la vida. Solo podía sonreír. No soy capaz ni de expresar con palabras lo que me invadió. Y la de veces que durante el programa repetía cosas que yo le iba ‘susurrando’. O lo que sentí al acabar.

En momentos como estos es cuando me doy cuenta de que no vale la pena o que es totalmente inútil perder el tiempo con cualquier cosa que no me provoque esa sensación. Bendita vida, bendito año, bendita semana, bendita piel. Sigo sonriendo cada vez que lo recuerdo. Tras esto, he vuelto con las pilas cargadas y con mil ganas de todo. A partir de ahora, solo hay lugar para aquello que responda al efecto erizo.

78: Dos

Publicado el 22 abril, 2019

Dos manos, dos pies, dos piernas, dos brazos, dos ojos, dos orejas, dos pulmones, dos riñones, dos aurículas en el corazón, dos ruedas, dos motos. Un par de cosas, en dos horas, en dos días, la carrera es a las dos, en dos semanas, hace dos años. Real e irreal, bonito y feo, playa o montaña, vino blanco o vino tinto, amor y desamor, vida y muerte, el bien y el mal, el cielo y la tierra, ida y vuelta, alegría y tristeza, ganador y perdedor. Tarzán y Jane, Romeo y Julieta, Nicky Lauda y James Hunt.

Muchas de las ‘cosas de la vida’ vienen en doble formato, cual combinación simbiótica: una de las piezas complementa a la otra ejerciendo su función y sin la existencia de una de las partes el resultado es distinto. O mejor dicho, para poder definir una de ellas suele ser necesario aportar la información de la otra. En cambio, los elementos que de manera natural están duplicados ejercen la misma función: las manos, los pies, los órganos, los ojos. Ambos son importantes al mismo nivel. ¿Se puede vivir solo con uno de ellos? Sí, pero adaptándote y siempre notando la ausencia del que ya no está. Hasta aquí, igualdad al cuadrado. Es curioso: el número dos es el número de la empatía, de la generosidad, de la consideración hacia los demás, de la resiliencia, del compañerismo, de la bondad, de la entrega. Curioso, por decir algo.

Esta ya es la segunda vez que lo haces, es la segunda vez que te lo digo, te voy a dar una segunda oportunidad, ya te he dado dos oportunidades, solo entran los primeros, no hay lugar para dos, dos es mucho. 

De niña me gustaba mucho el número Dos. Por mi apellido (Aneas) siempre fui la segunda de la lista y el número me encantaba, sin más. Repito, de niña. En los últimos años, en contextos en los que dos partes (o personas) estaban implicadas he experimentado lo que puede significar ser la segunda (escribo en femenino porque soy mujer, pero no necesariamente me refiero solo a mí y a mi experiencia), estar en segunda posición, en el banquillo, ser lo que va detrás del uno, sin poder optar jamás a esa primera posición. En la sombra, en silencio, sin armar jaleo. Inmediatamente después del uno, el dos siempre está ahí y en caso de que el uno falle, el dos recibe el premio de rebote. A veces las personas recibimos ese trato.

Creo que ningún ser humano debería ser ‘segundo plato’ ni de nada, ni de nadie. Está claro que uno no elige qué lugar ocupa en la vida de los demás, pero sí es posible elegir dónde queremos estar. En segundo plano se puede vivir eternamente. Sin hacer ruido, sin alteraciones, sin cambios, sin movimiento, con cierta tranquilidad, normalmente a la espera de que lo que va primero se acabe, se extinga y te dé paso. O no. Quizás no haya un uno a quien batir, quizás es que simplemente falte algo para que ocupes el primer puesto. Quizás seas un dos toda tu vida, porque tal vez para determinados barómetros no reúnes todas las condiciones para estar en primera posición. Qué jodido. Qué dolor. Qué impotencia. ¿Y ahora, qué? Si te compensa, bien. Y si no, lárgate por mucho que te cueste y te duela. No renuncies a lo que de veras quieres. Sal de esa clasificación y busca aquella en la que puedas ocupar el primer puesto, en la que te ofrezcan todas esas garantías que en algún momento u otro de la vida mereces recibir, tarde o temprano llega el momento de avanzar, o abandonar. Con dos cojones, con un par de huevos, o sí, o no.

77: Autoestima

Publicado el 24 marzo, 2019

Hace 12 años este término me acompañaba a diario. Era mi enemigo y mi objetivo, una especie de destino final que nunca llegaba. Supongo que no tenía o no sabía dónde encontrar las armas y los recursos necesarios para poder avanzar hacia él, lo mencionaba (o me lo mencionaban) cada día, pero dentro de mí equivalía a una quimera. Y daban igual las veces que me hablaran de la autoestima, daba igual que me repitieran que la seguridad empieza por uno mismo. Pasar desapercibida del todo, ser invisible es lo que buscaba. INVISIBLE: desde que me levantaba, hasta que me acostaba.

Menos mal que todo eso quedó atrás. El hecho de ir creciendo, de llevarme palos pero también alegrías y el hecho de ir madurando han conseguido que no necesite pensar en autoestima como sinónimo de sueño por cumplir. Hoy escribo sobre ello porque lleva días rondándome por la cabeza. Llevo semanas observando las conductas de personas que tengo a mi alrededor: gente que conozco de toda la vida, familia, amigos, conocidos o simplemente personas con las que he coincidido en algún lugar. El resultado ha sido frustrante y enriquecedor a la vez.

Yo viví lo que es sentirse juzgado por tu cara, tu cuerpo, tu manera de vestir, tu corte de pelo, tu origen, tus gustos, tu manera de pensar, tu manera de reír y hasta la frecuencia en la que lloras. Es muy sencillo decir ‘tienes que quererte’ y, mira tú por dónde, cuesta la vida aprender a hacerlo. Todavía no sabría decir por qué ocurre. No sé por qué al género humano le crea rechazo lo que es distinto, no sé por que en ciertos ámbitos se nos educa así. Si por aquellas cosas de la vida en algún momento te sales de ‘determinadas normas’ (establecidas por quien sea que a mí no me interesa) y parte de tu entorno no te favorece es muy complicado salir a flote y que en la superficie esté tu autoestima. Lo peor de todo es que a veces estas carencias empiezan siendo muy pequeño y la sensación de naufragio se convierte en costumbre. Me cuesta asimilar cómo es posible que haya padres, educadores (hablo muy en general, que nadie se dé por aludido) que fomenten valores que van en contra de la libertad de sus hijos, me cuesta muchísimo entender por qué en muchas ocasiones parece que se deba competir por estar encima del resto. Aceptamos y tratamos como ‘normal’ avisar y castigar los errores, en lugar de potenciar lo bueno de cada uno. Y contra todo pronóstico, también nos asombramos cuando alguien se dice algo positivo a sí mismo, haciendo evidente que sí tiene autoestima. “Qué creído se lo tiene”, “no tienes abuela”, “tranquilita”, a veces es la respuesta a: “qué bien me queda esto hoy”. ¿Un poco incoherente, no? Es mejor estar lamentándose y flagelándose por no entrar en los esquemas de otros, ¿verdad?

Me da la vida la gente que se quiere mucho y no necesita que se lo diga nadie más. La gente que viste como le da la gana, que se expresa tal y como es, que se atreve a ponerse encima todo lo que le sale del alma y lo lleva con orgullo, sin ningún tipo de reparo. Que no se avergüenza de uno mismo (como hice yo en su día) y que sabe defender lo que le define. Lo natural, lo auténtico, lo único y lo común, lo sencillo y lo estrafalario. Y me da mucha penita y me frustra no poder hacerle ver a alguien que no debe estar triste, ni llorar, ni sentirse inferior a nadie más, me duele cuando hablo con alguna persona que no se siente bien consigo misma y es incapaz de ver su propia luz. Me crispa cuando escucho a alguien que se siente sometido o reprimido por vete tú a saber qué. Ojalá tuviera una varita mágica para trasladar todo lo que yo he aprendido en estos 10 años, a quienes ahora lo sufren.

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En este momento de mi vida me siento feliz, fuerte y bastante completa como mujer. Con mis días de sol radiante y mis días de luna menguante, porque es imposible estar siempre arriba y tampoco pasa nada por soltar en forma de rabia o llanto lo que a una le preocupa. Qué pereza esconder los sentimientos o el sufrimiento. Pues si estás mal, lo estás, y punto. El aparentar estar siempre bien me parece un poco obsoleto ya. Para mí la gracia está en intentar aceptar lo bueno y lo malo, lo que me gusta de mí y lo que me gusta menos, los defectos y las virtudes. En blanco y negro porque tardé en conseguir autoestima, porque no supe darme color hasta hace relativamente poco. Pero esta soy yo y en el fondo, aunque durante mucho tiempo quise ser invisible, ahora no cambiaría nada de nada, con más color, o con menos. Da igual. Esto es lo que hay.

 

76: Vértigo

Publicado el 9 marzo, 2019

Quise escribir en el blog la noche antes de volar hacia Qatar, pero fue precisamente el vértigo el elemento que me lo impidió. Hacía mucho tiempo que no vivía esa sensación y realmente la echaba de menos. Mientras hacía la maleta me di cuenta de lo mucho que tu cuerpo puede agitarse cuando algo que te importa de verdad está por llegar, por suceder, o por aparecer. Una especie de precipicio inminente sobre el cual te quieres abalanzar sin ninguna duda porque sabes que no morirás, pero cabe la posibilidad de que te estrelles. Saldrás vivo, sí, pero no sabes cómo.

Ahora son las 22.50, cumplo ritual de escribir de noche aunque lo hago fuera de mi ‘despacho’, la habitación de mi casa en la que siempre escribo cuando solo hay silencio y oscuridad a mi alrededor. Esta vez lo hago desde la habitación del hotel de Doha tras tres días llenos de aprendizaje, de intensidad y sobre todo de mucha, mucha felicidad. El vértigo me acompaña de vez en cuando, pero de otra manera. A lo largo de estos días he recordado que es cierto aquello de que llega el momento de cambiar y avanzar cuando pierdes los nervios ante determinadas situaciones. Si no los notas, algo falla. Y también he recordado que a pesar de que tenía un apego enorme a mi cabina y a las traducciones (que también me acompañan siempre), fue la falta de vértigo lo que me empujó a tomar otro camino.

Si me alejo de lo profesional y si me alejo del lugar en el que estoy, creo que el vértigo es un estímulo involuntario muy difícil de controlar. Sobrellevar, vale, pero controlarlo me resulta complicado. A quién no le ha pasado eso de tener delante a alguien y que se le ‘remueva todo’ por mucho que se deseara evitar ese sentimiento. Quién no ha sentido vértigo al recibir una mala noticia, o quién no ha sentido vértigo ante una situación de cambio. Desde mi punto de vista, creo que la cabeza engaña y manipula, mientras que el cuerpo es sincero para lo bueno y lo malo. Si el vértigo te remueve por dentro… Alerta, que ahí hay algo. ¡Hay que hacerle caso! ALL IN (esto, para la próxima entrada).

Processed with RNI Films. Preset 'Agfacolor 40's Aged'Mañana es domingo de carreras. Los últimos años he vivido ese día en mi ‘box’, mi cajita silenciosa, tranquila y aislada, de paredes grises, esa que me conectaba al mundo a través de una pantalla y en la que estaba sola. Nada que ver con el box en el que me moveré mañana; con mucho ruido, con mucho movimiento, y estando siempre acompañada y rodeada de paredes azules. Solo he cambiado de box, pero no me he ido a ningún sitio. Querida vida (vol. II), gracias.  

 

 

75: Desempolvar

Publicado el 27 febrero, 2019

Estos días me ha dado por recuperar ciertas cosas que estaban enterradas y no precisamente en un lugar físico. Por mucho que suela abogar por el sentir en su máxima expresión, a veces se me olvida que tengo almacenados algunos sentimientos. Aquellas cosas que  una prefiere regalar al olvido cuando considera que es mejor arrinconarlas y no echarles mano durante mucho tiempo. Si no las tienes activas, acostumbrarte a su ausencia se convierte en rutina fácilmente.

97f48494-31b3-4b45-84dc-c3c14cc57f38.JPGVolví hace una semana de Marruecos más sensible y con mucha más paz de la que llevaba en la ida. Uno de los días del viaje amanecí en el desierto, sin nada más que las dunas y el cielo abrigándome y dándome calor. Me resultaba increíble ver cómo el azul del cielo y el color tostado de la arena eran lo único que pintaba el horizonte. Como si de una elección entre dos caminos infinitos se tratase, a pesar de que ni uno ni otro tenían destino final a la vista. Esa mañana, ajena a todo lo que normalmente me acompaña en mi día a día rescaté sensaciones que hacía años que tenía olvidadas. Como si en el camino hasta llegar allí hubiera ido dejando atrás todas las capas de polvo que me cubrían hasta ahora.

Es cierto que a las personas nos define, en parte, todo lo que nos ha ido ocurriendo en el pasado. Lo bueno te da empuje para seguir tirando, y lo malo se adhiere a ti convirtiéndose en mecanismo de defensa ante las futuras amenazas. Naturaleza pura y dura. Aunque la mente sea inteligente y acostumbre a arrinconar en un  recoveco de toda su magnitud eso que un día nos hirió, basta simplemente un soplo de aire que arrastre ese polvo para que aflore de nuevo lo que siempre nos acompaña y verdaderamente nos importa.

Supongo que en algún momento de nuestras vidas es necesario desempolvar, abrazar y  afrontar lo que tanto nos duele, eso que siempre intentamos evitar porque el miedo a sufrir es tremendo. Quiero pensar que eso llega cuando uno está preparado para hacerlo y quien sea allí arriba (o allí abajo) te dice: “venga, ha llegado la hora, enfréntate a ello, que esta vez estás lista”. Llega el momento de decidir. Cielo o arena. Polvo o nubes. O estás aquí, o estás allí.

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