11: Oscar Gutiérrez y el trabajo en equipo

Hay gente que transmite. Gente que “te da vida”, personas con las que sabes que nada malo puede ocurrir porque todo lo que te aportan o transmiten es positivo. Una cuestión de feeling: con ellos te sientes a gusto y las horas pasan volando, darles la mano o un abrazo pueden llenarte de energía y eso el cuerpo, lo sabe. De ese tipo de personas intento rodearme yo. Con Oscar y Manuel fue así desde el principio (¡y luego llegó Fabi!).

Conocí a Oscar Gutiérrez en el aeropuerto de Groningen, el martes de la semana del Gran Premio de los Países Bajos de 2014. Yo esperaba a que viniera a por mí uno de mis jefes de la empresa de merchandising y entre llamadas y esperas, vi a un padre y a un hijo que igual que yo, tenían como destino final el circuito de Assen. De mi avión también había aterrizado gente del club de fans de Maverick Viñales y uno de ellos, el Canguro (al que ya conocía de otros GP’s), me dijo que tanto Oscar como su padre, Manuel, iban al circuito. Nos presentaron, yo les traduje cuatro cosas para que pudieran recoger el coche de alquiler y ellos me hicieron el favor de llevarme hasta el circuito. Recuerdo que el trayecto fue súper curioso; no nos conocíamos de nada y hablamos un montón. Oscar corría en la Red Bull Rookies Cup y su padre le acompañaba a todas las citas del año. Eran y son una fotocopia. Misma mirada, mismo brillo en los ojos, misma sonrisa. Tal para cual.

Nos dimos los teléfonos y no sé si volvimos a vernos en Assen, pero al cabo de dos semanas sí que nos encontramos en Sachsenring. Manuel vino a verme un par de veces a mi tienda, estuvimos hablando de trabajo y de futuro, y él me decía: “Irene, acuérdate de mí, ya verás  tú de aquí a unos años”. Y la cosa quedo así. No volví a verles hasta hace un par de semanas. Hasta entonces, cada vez que en Movistar+ retransmitíamos la Rookies, yo lo buscaba entre las clasificaciones sintiéndome orgullosa de aquel chico que había conocido en Assen.

Hace 15 días tuve el privilegio de pasar el día con él y su familia. Oscar tenía previsto entrenar motocross en los alrededores del Circuit de Barcelona-Catalunya y tras hablar con él, me uní a su jornada de entrenamiento. Al vernos fue como en 2014: todo natural, cercano, sencillo. Mientras Manuel preparaba la moto y Oscar se cambiaba de ropa, yo conocí a uno de los pilares fundamentales de la historia: Fabi, la madre. El tercer miembro de un equipo muy, muy unido. Y digo equipo porque después de haber pasado todo un día con ellos, si algo son, es eso: una familia-equipo muy unida.

Oscar se subió por primera vez a una moto con 3 años y medio. Desde entonces, eso ha sido y es su vida entera. La razón por la cual entrena cada día de la semana, el motivo por el que no pierde ni un segundo en otra cosa que no sea prepararse, puesto que tiene muy claro que anhela encontrar la oportunidad de volver a correr y cumplir su sueño. Y no parará hasta que lo consiga. Él tiene un destino claro: el Mundial. Si hay algo de lo que no dudo es de que nunca hay que dejar de luchar por un sueño, que si te caes te levantas y lo vuelves a intentar hasta agotar todas las posibilidades. En esta familia, el sueño de Oscar se vive así. Y además, cuentan con los ingredientes necesarios: el tesón para no rendirse y la serenidad para no perder los nervios. Sin motos, su vida no sería igual. ¿Verdad que muchos entendéis esa sensación? ¡Yo sí!

Observé a Oscar en todo lo que hacía durante ese sábado. Todos y cada uno de sus movimientos. No pierde la sonrisa en ningún momento, tiene salidas para todo y en términos deportivos, es muy preciso sobre la moto. Se concentra enseguida y lo controla todo a la perfección; tiene una sensibilidad increíble y si cree que algo va bien o mal, así es. Es rápido y decidido, no le teme a nada y si hubiera que definirlo con una palabra, valiente podría ser una opción. Todo piloto necesita rodearse de gente que sume, que aporte lo imprescindible para que las cosas salgan bien y creo que Oscar tiene suerte con las personas que tiene a su alrededor. Manuel remueve y removerá cielo y tierra en lo mecánico y en lo deportivo, siempre acompañado y apoyado por Fabi, que en este equipo es la tranquilidad personificada (con lo que sufren las madres, ¿eh?).

Comí con ellos en su casa. Un hogar en el que desde el primero, hasta el último de los triunfos de Oscar en estos 14 años dedicados a las motos, están presentes en todas las paredes y vitrinas. Trofeos, viajes, recortes de diario, entrevistas, imágenes de podios, imágenes de pista, monos, cascos, botas, protecciones. Algo indescriptible: no falta nada. Y lo mejor de todo: la sensación de que los conocía de toda la vida, como si de alguna manera, nos unieran muchísimas cosas desde hace tiempo. El tiempo pasaba rapidísimo y en ese tiempo Oscar me contó más cosas. A él le pone la piel de gallina estar cerca de Márquez, tenerle al lado. Admira y respeta a todos los pilotos, pero Márquez logra que se le ponga la piel de gallina. Hace unos años Johann Zarco le invitó a Francia para que enseñara algunos trucos de pilotaje a sus chicos, es muy amigo de Fabio Di Giannantonio y se sabe  de memoria la silueta de los trazados en los que ha corrido (podría dibujarlos incluso con los ojos cerrados, tal y como Manuel le hacía practicar de pequeño) y recuerda con exactitud sus tiempos récords en carrera o clasificación de su etapa en la Rookies y de cuando era pequeño… ¡Lo recuerda absolutamente todo!

Y ahora qué falta… Todo producto final está compuesto por varios factores. A Oscar le falta solo uno: la oportunidad de poder volver a correr. El patrocinio que le abra las puertas a poder demostrar su talento y que así, su sueño se acabe de cumplir, porque él quizás no lo sabe o no es consciente de ello, pero ya lleva parte de ese sueño vivido. ¡Y la suerte que ha tenido a lo largo de todo este tiempo! Dicen que lo bueno se hace esperar y que lo que viene después siempre es mejor a lo anterior. Yo puedo dar fe de ello y estoy segura de que a él, todavía le queda muchísima guerra por dar.

(Si queréis conocer más sobre él: click aquí.)

10: El miedo al fracaso y la magia de después

Todos (o casi todos) lo hemos sentido en algún momento de nuestras vidas. Esa especie de nudo en el estómago. El run-run que te impide llevar a cabo cualquier tarea con normalidad y que te dice continuamente que “te vas a equivocar” y que a veces te paraliza. Una mezcla entre miedo, tensión, nervios e incluso ansiedad. No es oro todo lo que reluce y quien algo quiere, algo le cuesta, pero las cosas se vuelven todavía más complicadas si X pensamientos no te dejan avanzar y te bloquean. Superarlos puede ser como escalar la montaña más alta a 20 grados bajo cero.

El 2 de febrero de 2015 pisé Dorna por primera vez como estudiante de prácticas (el término becaria nunca me ha gustado mucho). Ese día empezaba un período de 8 meses en el que debía demostrar que tenía X capacidades mientras seguía aprendiendo y me formaba como periodista. Ya lo dije una vez, a mí jamás se me pasó por la cabeza ser Intérprete simultánea, pero la finalidad de aquel período también era “probar” durante los directos a ver qué tal se me daba porque los idiomas eran un plus. Sí, soy Traductora e Intérprete y sin embargo, eso siempre ha sido un complemento a mi vocación, la de ser periodista. Ese día empezaba algo muy bonito y recuerdo ir de camino hacia allí… Llorando. Y no precisamente de alegría.

2015 fue un año muy, muy duro para mí. Un año en el que tuve que aprender que la presión y los malos momentos se deben gestionar, sí o sí, cueste lo que cueste. Que tirar la toalla y esconderse bajo el edredón no sirven de nada, que no hay pena que cien años dure ni cuerpo que lo aguante.  Esto lo digo ahora, casi dos años más tarde y tras haber tenido un 2016 muy bueno. Ocurre que, a veces, nos asaltan miedos irracionales que nos cortan las alas, que son más fuertes que nosotros y que hasta que nos damos cuenta de que son solo eso, miedos, el calvario parece infinito. Recuerdo sentirme culpable por estar pasándolo tan mal mientras vivía el principio de una historia laboral-personal increíble. Fueron meses de lucha interna en los que “las prácticas” eran la única cosa que me motivaba a levantarme cada día. Y el sentimiento de culpa seguía ahí, en bucle. Por suerte, aquello ya pasó.

Lo vivido en 2015 no fue miedo al fracaso laboral. Fue miedo al fracaso personal, en términos muy genéricos. En el fondo agradezco haber vivido X cosas para haber aprendido a valorarme y a conocerme, para entender que el error humano existe y que en determinadas ocasiones uno hace hasta donde puede y como puede. Las personas se equivocan y NO pasa nada. Algo tan sencillo a mí me costó lo mío. Toda mi vida he sido (y soy) muy exigente conmigo misma; nunca tengo suficiente. El aprender a calmarme, a no pensar más allá, a ser consciente de que sí puedo y sí valgo, fue algo realmente tedioso. Una vez entendí y “superé” ciertas barreras… Llegaron otros miedos. ¡Claro que sí! ¿Cómo iba a estar yo tranquila?

Pasamos de 2015 a 2016. Contratada. Jamás había hecho una rueda de prensa “larga”; es decir, una intervención en directo de más de 5 minutos (salvo las declaraciones de Marc Márquez y Valentino Rossi post Sepang Clash, aquellos fueron mis primeros 50 minutos en directo, un estreno por todo lo alto). Pasé de traducir intervenciones cortas en pit lane parc fermé, a traducirlo todo. Mamma mia, qué miedito Catar 2016. Antes hubo algo más: la interpretación simultánea de la presentación del Yamaha Movistar Team a finales de enero (no recuerdo fecha). Pasé un fin de semana de perros dándole vueltas a lo que me esperaba el lunes, pensando que me iría fatal. Y no. Carles Pérez comentaba el acto mientras Gavin Emmet hablaba y yo intervenía traduciendo los parlamentos. Nos fue bien, a mí incluso me dio seguridad compartir cabina con él y no hubo ningún problema. Pero sin bajar la guardia. De ahí, al GP de Catar.

¡Y se hizo la magia! Sin haber hecho ninguna rueda de prensa larga, sin haber podido practicar mucho en invierno y sin tener nada más que mi cabeza inquieta y mis conocimientos, afronté mi primera rueda de prensa como Intérprete simultánea de Movistar+ MotoGP. Ni titubeos, ni nervios, ni mente en blanco, ni voz temblorosa. De aquello ya no había nada, o quedaba muy poco. De golpe, y sabiendo que aún me quedaba mucho por aprender y por pulir, sentí que lo de interpretar-traducir “estaba hecho para mí”, como si llevara haciéndolo mucho tiempo. Me salía de dentro, sin más, como algo automático. Serenidad, tranquilidad, hasta licencias poéticas. Recuerdo acabar y pensar: ¿en serio? ¡Al final no ha sido un desastre! A partir de ahí, empecé a sentirme como pez en el agua en mi querida cabina-jaula.

Pero eh, que no se entere nadie, yo todos los jueves de Gran Premio, cuatro horas antes de la rueda de prensa, sigo poniéndome nerviosa. Dicen que cuando algo te pone de los nervios es que te importa de verdad. Pues no veas. Sieeeeempre aparecen mis amigos los ¿y si…?¿Y si hoy me quedo en blanco? ¿Y si hoy cometo un súper error de traducción…? Todavía no se ha dado el caso (soy muy crítica conmigo misma y lo llevo todo al dedillo), pero el día que ocurra, pues NO pasará nada. Soy humana. No soy una máquina y si me equivoco a gran escala, rectifico, pido disculpas a quien haga falta y ya. Al final, esto va así. Queridos espectadores, discúlpenme si algún día patino. Habrá sido sin querer.

Curiosidad: precisamente miedo, en italiano, paura, es mi palabra favorita en ese idioma.

Es noche de reyes y hay que hacer magia. Para mí magia es lo que hacen los pilotos cuando se suben a sus motos.

Magia me parece poder vivir de esto. I feel blessed.

9: Híbrida

Después de dos meses sin publicar, vuelvo a estar por aquí. Entre unas cosas y otras… La inspiración ha brillado por su ausencia entre noviembre y diciembre, ¡y ahora ha aparecido de nuevo! Tengo varios temas pendientes de los que hablar en este blog, pero puesto que 2017 acaba de empezar y todas esas cosas, hoy quiero explicar algo que me llama mucho la atención. A lo largo de todo este año y en más de una, dos, tres y cuatro ocasiones me he encontrado con las siguientes preguntas: “Ah, pero cuando no hay motos… ¿También trabajas?, ¿qué haces entre semana en el trabajo?, ¿En invierno no trabajas, no?”. Y así, una larga lista de variantes que comparten la misma idea: sin carreras, yo no trabajo. ¡ERROR!

Si echamos mano de mi queridísima amiga RAE y nos vamos hasta la cuarta acepción del término hibrído/aobservamos que en mecánica, por ejemplo, se usa mucho. No copio la definición para que hagáis click y os fijéis en las distintas acepciones. Tras estos meses de invierno, yo he decidido que el adjetivo “híbrida” me define. Estoy acostumbrada a oírlo por la redacción, pero no a todo el mundo le gusta. Por ejemplo, hace unos días, en una cena de reencuentro con mis queridas amigas de la carrera de Traducción, me decían que no, que quedaba muy de coches eso de híbrida. Tal vez por eso me guste a mí, porque tiene relación con el mundo del motor. En general, hace alusión a algo que está compuesto de elementos de distinta naturaleza y en mi caso, creo que acierta: traductora-intérprete y periodista.

En términos laborales, para mí el invierno es una maravilla (y cuando no, también) porque me permite salir de mi jaula y explorar tooooooooodo lo que siempre he querido hacer. Aquello con lo que una sueña de niña se hace realidad y mientras lo experimentas te parece tan sencillo (o bonito, incluso) que ni te das cuenta de lo que haces. Como si fuera algo que sale natural, algo para lo que no te han preparado realmente, pero que te nace. Desde noviembre hasta ahora he acudido a dos actos en los que he tenido que entrevistar a pilotos del Mundial de distintas categorías (id hasta la GALERÍA para ver más) y así poder generar contenido para el canal. Eso es otra cosa. Aunque a día de hoy no me imagino mi vida sin hacer la interpretación simultánea del Mundial (directamente no concibo esa idea), el hecho de estar in situ, entrevistar a un piloto, observar, improvisar… Eso no sé ni cómo definirlo. Me encanta. Es algo que tiene “eso” que te envuelve y dices: esto, sí. Y punto. Mi entorno más cercano está harto de oír que para mí, mi trabajo es “como otra extremidad, que si me lo arrancaran, me dolería mucho”. Tal cual. Me pone la piel de gallina tener la oportunidad de hacerles preguntas a esos chicos-hombres-pilotos a los que estoy acostumbrada a ponerles voz. Conozco y reconozco la manera de hablar y de expresarse de todos ellos, sus muletillas, su pronunciación, sus ritmos al hablar y sus peculiaridades. Y esa sensación es una auténtica pasada. ¡Me está costando describir lo que se siente!

Me bajo de la nube y volvemos a la realidad: durante la temporada, los días de cada Gran Premio me encargo de la interpretación simultánea y entre semana (haya Gran Premio, o no) ya sea invierno o verano, edito vídeos y creo contenido para el canal. Soy una redactora más. Además, también hago los subtítulos de las piezas que se emiten. Conclusión, hablando en plata: que lo mismo te hago una rueda de prensa, que te monto un vídeo o acudo a un acto a recoger declaraciones. Ah, y no viajo. NO viajo. Ojalá, pero no. Lo hago desde Barcelona.

Por eso creo que, de momento, me quedo con el término híbrida. Lo de polifacética no me gusta. En la sección Vídeos Movistar+ del canal encontraréis parte de mi trabajo. Hasta aquí puedo leer hoy.

Seguimos rodando, como siempre. Feliz temporada 2017. Desde hace dos años yo cuento temporadas, en lugar de años.

Jamás hubiera pensado que me ocurriría de esta manera, pero tengo un mono de cabina increíble.

8: Mi primer vals vienés

Nunca lloro con las películas. Jamás. Sin embargo, con la música no puedo decir lo mismo. Esta mañana me he despertado con la triste noticia de que Leonard Cohen ha muerto y llevo todo el día pensando en toooooodo lo que ha significado para mí. Como con la Fórmula 1, empecé odiando sus canciones por culpa de (o gracias a) mi padre. Horas acompañándolo en coche a cualquier sitio y escuchando cualquier CD del cantautor canadiense. Tendría 9 o 10 años, como mucho, y me dedicaba a traducir la letra de las canciones a mi padre. “Se entiende muy bien” pensaba mientras le iba traduciendo lo que entendía en aquel momento y a esa edad. Creo que llevo traduciendo simultáneamente muchísimo tiempo, lo único que yo nunca me lo he planteado así. Siempre alardeo de que solo pongo voz a hombres (¡y me encanta!) y me atrevería a decir que Cohen fue el primer hombre al que interpreté simultáneamente. Pero hay más.

Más allá de llorar, reír y gritar con Take this Waltz, First we take Manhattan, Hallelulaj, Who by fire, The Partisan, So Long Marianne, Dance me to the end of love, Everybody Knows… Más allá de que su música despertara en mí un millón de sentimientos, estuve a punto de hacer mi tesis final de carrera sobre él. Y sí, Leonard Cohen también tiene que ver con esas “señales” que a lo largo de los años han acabado ayudándome a estar en el mundo que tanto adoro (mi trabajo).

A finales de cuarto de carrera de Traducción e Interpretación tuve que enfrentarme al TFG (trabajo final de grado). Debíamos elegir tema según nuestras preferencias, y cada tema incluía un profesor de la carrera como tutor. Como yo no tenía intención de dedicarme a la traducción en ninguna de sus variantes, elegí “literatura española” porque el profesor que te guiaba a lo largo de todo el año era alguien que transmitía pasión en sus clases, al que escuchabas sin esfuerzo alguno, era (y es) elegante, misterioso, entrañable. Solo por eso. Realmente me daba pereza tener que hacer algo por obligación y no poder tener libertad de elección. Pensé que ya que tenía que hacerlo un poco a la fuerza, era preferible tener el apoyo de alguien que, repito, transmitía muchísimo en sus clases.

Tras las primeras sesiones con José Francisco, a ambos se nos ocurrió analizar la traducción de algunos poemas de Federico García Lorca reflejados y trasladados al inglés en las canciones de Leonard Cohen. Al final de una de estas reuniones, cuando él me había aconsejado X web para comprar X libro que me iría bien, cuando ya lo tenía casi todo listo para ponerme manos a la obra, me dijo: “Irene, veo que te gusta mucho el tema, pero también debes pensar en que te debería servir para tu futuro”. Le contesté: “si tuviera que tratar algo que además de gustarme, me pudiera servir, lo haría de motos o coches, pero eso no tiene nada que ver con la literatura, por eso ni se lo propuse”. Siempre le hablo de usted a José Francisco. Por su posición, por su orden en su despacho, por su calma, por su edad. Él me contestó: “vale, pero yo soy tu profesor y yo decido sobre qué debes hacerlo, así que si quieres hacerlo sobre motos o coches, adelante”. Y no solo eso, añadió: “acabo de leer esta mañana que Ernest Riveras estará al frente de las retransmisiones de MotoGP en Movistar TV, tú tienes que estar en ese proyecto, ponte en contacto con él”. Febrero de 2014. Wow, time flies. Y ahí empezó todo. Hoy soy parte del equipo. Qué fuerte.

Ese día llegué a casa, abrí Twitter e intenté ponerme en contacto con Ernest, a lo loco. Funcionó. Bendito Leonard Cohen. Bendito José Francisco. Benditos todos. Cuántas veces he pensado: “si no hubiera elegido a José Francisco para mi trabajo y a Leonard Cohen como tema, quizás nadie me hubiera dado la oportunidad de saltarme el protocolo universitario y no hubiera podido meter un estudio terminológico de la Fórmula 1 en un seminario de literatura, quizás nadie me hubiera iluminado y quizás hoy no estaría aquí…”. O sí, porque el que la sigue la consigue y yo soy muy cabezona y seguro que hubiera hecho alguna de las mías, igualmente. Quién sabe.

En el vals vienés, todo gira con mucha elegancia y perfección, con mucha gracia, como si no costara esfuerzo alguno. Algo innato, sutil. De esa manera intento que “parezcan” mis interpretaciones simultáneas, una conversación natural, con mucha gracia, como si a mí no me costara, como si me saliera de dentro. Creo que a veces lo consigo, otras veces maybe no tanto.

Me independicé hace 5 meses y antes de tener muebles, ya tenía esto preparado para colgarlo en la pared. Colgué esta foto en Twitter y le puse un tweet a Leonard Cohen diciéndole que a ver si volvía a España. Qué raro, yo poniéndole un tweet a alguien. En mi comedor lucen desde entonces y cómo me gustan.

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Hasta siempre, Leonard. Hineni, hineni.

Y yo y todos nosotros… Rodando hasta la última cita de la temporada.

7: Y a ti, ¿qué te pone la piel de gallina?

Hace casi dos años entrevisté a Josep Lluís Merlos. En aquel momento, uno de los trabajos de la asignatura Redacción Deportiva consistía en hacerle una entrevista larga a algún personaje del mundo de deporte. Hice de las mías, contacté con Merlos y pude llevar a cabo el objetivo de aquel trabajo. Recuerdo que una de las cosas que le pregunté era que qué le ponía la piel de gallina en los circuitos. También recuerdo que esta pregunta le encantó a mi profesor y ahora, con el paso del tiempo, creo que he llegado a entender por qué le gustó tanto (¡pero eso no lo contaré hoy!). A Josep Lluís Merlos le pone la piel de gallina un podio: ver la alegría de un piloto al que conoce logrando un gran resultado.

A mí, personalmente me pone la piel de gallina pisar un circuito, en términos profesionales-vocacionales-inexplicables (eso que te sale de dentro). Ya han pasado 12 años desde la primera vez que viví la emoción de las carreras de F1 en Montmeló. Desde entonces y por mi trabajo en el merchandising he tenido el lujazo de haber pisado el de Jerez, el de Mugello, el de Assen, el de Sachsenring, el de Brno, el de Aragón, el de San Marino y el de Valencia. En cualquiera de ellos el olor a gasolina cobra vida, el rugido de los motores ni molesta, ni entorpece un diálogo (pero en directo para interpretar sí, ¿eh?), en un circuito el aire que se respira te cala hondo. O al menos así lo recuerdo yo. Esta temporada traduje desde el circuito el jueves de Gran Premio en Montmeló. Aquello fue otra cosa. Me faltaron horas en aquel día para poder darme cuenta de que mis sueños se están cumpliendo. El asfalto, los boxes, las gradas, los motores, los hospitalities, la gente trabajando, el estrés. El ambiente de un circuito es lo que me pone la piel de gallina hasta hacerme incluso llorar. Eso es lo que da vidilla, vivir momentos así haciendo lo que más te gusta.

Quiero hacer especial énfasis en el estrés. En el caso que acabo de citar, me refiero a un estrés positivo. Al ajetreo, a las idas y venidas y a la tensión de la inmediatez. Eso es genial. Últimamente, me dicen que soy “una apretada”, que no paro quieta y que no aflojo. Creo que ese adjetivo es positivo e incluye ese estrés positivo del que hablo. De hecho, me identifica porque siempre he sido así. Prosigo. Hace un año descubrí los beneficios de saber gestionar el estrés, de vivir el momento presente, de practicar mindfulness cuando la cabeza te juega una mala pasada y te dice que no vas a llegar. A cualquiera que me lea, hay que vivir el momento. Lo que podemos controlar, lo controlamos y lo que no, ya se irá poniendo en su sitio.

Y a ti, ¿qué te pone la piel de gallina? ¿Me lo cuentas sobre ruedas?

6: Bittersweet Feeling

Aunque yo no fuera consciente de ello, siempre he tenido cierta tendencia a hacer uso de la terminología; a fijarme en los términos específicos de un ámbito concreto. La única diferencia es que hasta que no llegué a la universidad, no sabía que me gustaba tanto la terminología. De mis múltiples reflexiones sobre las palabras, por así decirlo, deriva mi “casi obsesión” por querer saber cómo se formulan en otros idiomas. Ya dije en una entrada anterior que la comunicación entre personas me resulta fascinante (sí, sí, fascinante; hasta ese nivel) y que por eso empecé a aprender idiomas desde niña. Una vez aclarado esto, ¿por qué  mi sexta entrada lleva un título en inglés, Bittersweet Feeling? En primer lugar, porque así, sin más, me encanta el término “bittersweet” (agridulce).  Es bonito; a mí me lo parece. Y en segundo lugar, porque el domingo de carreras del GP de Australia tuve un sentimiento muy agridulce. Un sentimiento que en el trabajo solo experimenté el 3 de junio de este año y que luego se convirtió en un sentimiento que realmente no sabría describir, ni quiero intentarlo.

Marc Márquez se cayó en Phillip Island, Cal Crutchlow ganó, Rossi hizo una gran remontada y Viñales volvió a subir al podio. Thomas Lüthi logró su segunda victoria consecutiva en la categoría intermedia y en Moto3 decir que fue un caos, es quedarse corta Una mezcla de falta de sensaciones en condiciones de seco, inexperiencia o desconocimiento del trazado al 100% provocó que se vieran imágenes verdaderamente espeluznantes. Hubo motos que pasaron por encima de pilotos. Hubo pilotos que se vieron obligados a tirarse cuando perdieron la trayectoria porque de lo contrario, podrían haber impactado contra las defensas y quién sabe cómo habrían acabado. No se me va de la cabeza el momento en el que arrollan a John McPhee o a Enea Bastianini. En ese momento, me temí lo peor. Pese a que enseguida se vio o se supo que todos estaban “bien”, los segundos que transcurrieron hasta saberlo se me hicieron eternos. Tuve un déjà vu, me acordé del viernes de entrenamientos del GP de Cataluña en el que Luis Salom perdió la vida.

Aquel día odié mi trabajo, hubiera preferido no ser intérprete. Recuerdo estar esperando a que alguien me dijera algo, a que alguien me informara de lo que había ocurrido por si tenía que traducir algo importante, algo que se saliera de lo habitual y tuviera que estar preparada. Y así fue. Hasta ese día, ni me había planteado que estas cosas podían pasar (obviamente lo sabía y lo sé, soy consciente de ello, pero es algo en lo que piensas como “muy improbable”). ¿Encima tener que traducir algo así? Ni de coña. Eso no me lo esperaba. Y está grabado, casi me pongo a llorar en directo al final del comunicado de Dirección Carrera en el que en inglés (y que requería interpretación al español), se anunciaba que Luis Salom había fallecido. Se me pone la piel de gallina. Prosigo. Una sensación bittersweet es la que tuve cuando veía lo que estaba pasando este domingo con los pilotos de Moto3. Pensé “otra vez, no”. Por suerte, no fue así y todo se quedó en un gran susto. A días creo que no estoy preparada para según qué cosas. Me considero una persona profesional y hago mi trabajo lo mejor que puedo y sé, pero hay situaciones que están por encima (o por debajo, no lo sé) de la profesionalidad. Pero yo siempre palante. 

Acabo. Esto me hace reflexionar, otra vez, sobre algo que me enseñaron en la facultad. Que un intérprete no puede estar implicado en lo que debe interpretar, que debe ser totalmente neutro y parcial, cero vínculos. I’m sorry pero no es mi caso. Y eso no va a cambiar. No soy una máquina, soy humana. Una humana que adora, vive y siente lo que tiene que interpretar. Una humana que se pone en la piel del personaje y que intenta que el discurso sea lo más exacto posible, emociones incluidas. Las máquinas frías y sin vida, para quien las quiera. Con lo bueno y lo malo, hasta que algo me separe de ello, yo voy a seguir interpretando con el corazón.

Venga, de cabeza, rodando sobre ruedas y sin parar, nos ponemos en modo GP de Malasia.