59: La niña

Había una vez una niña que soñaba despierta desde bien pequeña, que tenía prisa por hablar, por leer, por escribir, por aprender más y más cosas y sobre todo, por crecer rápido. Esa prisa que la caracterizaba, para ella, tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Por un lado, le permitía ver diversas perspectivas, tener curiosidad por descubrir lo desconocido hasta ese momento y le ayudaba a ir teniendo claro qué era lo que le gustaba y lo que no. Por el otro, le hacía tener una profunda sensación de continua incomprensión. No entendía por qué muchos niños se reían de otros, por qué unos pegaban y se burlaban de los demás, por qué había que etiquetar y discriminar. Eso la ponía verdaderamente enferma. Todos esos sentimientos provocaban que llorara mucho al llegar del colegio, que se aburriera en clase y que quisiera ir siempre más allá; que se planteara el por qué de todo. La niña recuerda llorar con su padre y decirle que se sentía «diferente». Él le contestaba que no, que era especial. Eso ella no lo entendía. El bucle no la dejaba tranquila. Aquello no había hecho más que empezar.

En lugar de menguar, con el paso de los años, esa sensación solo hacía que aumentar. Ser ella misma implicaba, a ratos, una eterna lucha y una frecuente justificación de por qué sí y por qué no. A esos momentos se fue uniendo gente estupenda y gente que no lo era tanto. Especialmente, en la adolescencia. La niña cambió de colegio, se suponía que a uno con buena reputación a nivel académico que la ayudaría a seguir potenciando sus ganas de estudiar y conseguir sus objetivos, porque la niña soñaba con ir a la universidad. En aquel colegio, el clasismo, la hipocresía, la mentira, la falsedad, el quiero y no puedo y la gente tóxica estaban a la orden del día. Buuuuuum. Golpe de realidad. La niña se encontró con personas que solo valoraban el dinero que tenían sus padres, el tipo de coche que conducían, la ropa y las marcas que llevaban puestas encima, la actividad a la que dedicaras tu tiempo libre, y, cómo no, tu físico. La niña se pasó la secundaria y el bachillerato sintiéndose el patito feo, queriendo desaparecer, sintiéndose fuera de lugar y fuera de tiempo a todas horas. Se supone que tenía amigas, unas amigas que cuando faltaba una, aprovechaban para criticarla, la que fuera. Si se ausentaba, recibía. Que le tumbaban todas las ideas cuando ella hablaba, que contaban con ella solo cuando les interesaba. Y la niña empezó a sentirse anulada, empezó a callar su voz cuando quería gritar y empezó a no saber por dónde tirar. El día a día, en muchas ocasiones le resultaba un auténtico suplicio, un verdadero agujero en el que dijera lo que dijera e hiciera lo que hiciera, estaba mal. Los juicios eran lo más habitual, las malas caras y las críticas, también. Esas amigas le decían que jamás llegaría hacia dónde ella quería, que era complicado y que no lo conseguiría. Esas amigas nunca lo fueron de verdad. Esas amigas la destruyeron por completo, la minaron de tal manera que tuvo que recomponerse desde cero. Lo único que intentaba hacer era ser eso; ella. Un día, tras un viaje al que la niña no pudo ir, esas amigas desaparecieron, se apartaron de su camino, sin más. Sin explicación. Y menos mal. Fue lo mejor que podrían haber hecho jamás, por el bien de la niña.

La niña creció. Llegó a la universidad. Conoció a gente que valía la pena, que no juzgaba, que era sencilla y transparente, que la valoraba por lo que había en su interior. La niña empezó a dejar de sentirse el patito feo y la extraña para lograr, por fin, ser ella misma, sin más. Consiguió poner fin a la relación con su primer novio, que también la había anulado por completo. La niña nunca dejó de creer en ella y fue cumpliendo todos sus sueños. Se sintió bien y feliz, completa, sin tener que ir siempre con cuidado al decir esto o aquello. Toda la tortura y los años envuelta de malas vibraciones e hipocresía habían llegado a su fin. Que ella no necesitaba tener la mayor de las fortunas para sentirse rica, porque no había dinero en el mundo que consiguiera callarla. Que todos aquellos ojos que la miraban con no sé qué maldito sentimiento, ya no iban a hacerla sentir diminuta.

La niña ya es una mujer. Camina con paso firme y sin miedo, sin importarle un carajo lo que puedan pensar de ella, al fin y al cabo es imposible gustar a todo el mundo. Qué más da. La niña no quiere cambiar, porque en realidad nunca lo hizo y es que no le da la gana de volver a tener la sensación de que alguien intenta pisarla o callarla. La niña alza la voz cuando es necesario, se ríe y se cabrea, acierta y se equivoca. La niña ya no guarda más sus cojones, porque su madre le enseñó que hay que tener, y muchos. La niña es feliz y se siente orgullosa de sí misma y cuando se encuentra con esas amigas por la calle, aunque hayan pasado 10 años, les gira la cara sin ningún tipo de reparo. Además, lo hace con la cabeza bien alta. Ellas ya le enseñaron lo que era la hipocresía y la niña no quiere tomar referencia de aquello. A día de hoy, la niña tiene pesadillas con ellas muchas noches, y la verdad es que no logra saber por qué. Quizás porque era necesario contar el cuento de la niña para dejar de tenerlas. La niña así lo cree.

A veces, más de uno y más de dos deberían ponerse un puntito en la boca antes de empezar a valorar a diestro y siniestro lo que sea, sobre otro individuo. No sabemos lo que le está pasando, lo que está viviendo, o simplemente, qué es lo que hay en su cabeza. Todos cargamos con lo nuestro, todos merecemos un respeto y un valor por lo que somos. Ni por nuestro físico, ni por nuestros resultados, ni por nuestro dinero, ni por cualquier historia del estilo. Antes de empezar a despreciar, menospreciar, etiquetar, señalar y discriminar, tan solo con pensar un segundo en cómo puede afectar lo que hagamos y digamos, podemos cambiar la manera en la que hacemos sentir a los demás. Está en nuestras manos.

A ratos la niña se sigue sintiendo distinta, pero disfruta, y mucho, de ello.

54: El perdón

De todas las acciones vistas y vividas el fin de semana pasado entre Márquez y Rossi y a tener de lo que suelo escribir en el blog, me quedo con una: el momento en el que Marc fue a pedir perdón al box de Valentino. A algunos les parecerá un gesto sincero y a otros no, en eso no voy a entrar. Pero se dirigió hasta allí. Y Valentino no quiso aceptar las disculpas. Lo respeto, como todo o casi todo en esta vida.

Hace un tiempo, hablando con mi madre, le conté que yo solía creer que pedir perdón no significaba mucho, que yo no necesitaba que alguien se disculpara en el caso de tener que hacerlo. Que el daño ya estaba hecho y que pronunciar un simple «perdón» o «lo siento, discúlpame», no aportaba nada, ni arreglaba las cosas. Eso se lo decía porque en aquel momento había empezado a darme cuenta de que en realidad es algo muy, muy aliviador. Qué curioso, un simple término. Al menos para mí, en algunas situaciones equivaldría a sacar la varita mágica, un leve toque en forma de voz que es capaz de cambiar o calmar las circunstancias para seguir adelante sin alimentar el rencor, ni la corrosión. Aunque hay muchas cosas que encajan en la teoría del jarrón roto: cuando se hace pedazos, puedes recomponerlo pero no recuperará jamás su estado original.

Se recupere o no el estado original de las cosas, hacer saber a alguien que has dicho o hecho algo sin intención de herir es tan importante o más como hacerle saber que lo/la quieres. Normalmente es más sencillo decir lo bonito y agradable, que reconocer que has patinado de lo lindo. Pero y qué, no pasa nada por dejar a un lado de vez en cuando las corazas, las vergüenzas y los prejuicios. Todos somos humanos, todos nos equivocamos y todo o casi todo acaba teniendo solución. Y si no la tiene… La lección la aprendes seguro y tal vez la próxima vez uses la cabeza un poquito más. Considero que tener la capacidad de asumir el error es valiente y valorable, dice mucho de ti, o del que tienes delante mostrando su desnudez emocional, por así decirlo. Hay gente que le da poco valor (como yo, antes) y que lo ve como un mecanismo automático para salvar el error y nada más, pero no creo que sea así. Cada persona acarrea con su genética y su experiencia y actúa según sabe y puede, y por lo tanto ese mix incluye la opción de equivocarse.

No sé si siempre que pedimos perdón lo hacemos de manera 100% sincera y de corazón. Supongo que eso se averigua o se completa con lo que el cuerpo y la mirada transmiten, que al final comunican mucho más y engañan bastante menos que las palabras, en el caso de que estas estén algo contaminadas. Por suerte o por desgracia, la vida cambia de un momento a otro y te pone en aprietos que no se arreglan con un «perdón». Así que mientras no sea así, mientras la vida no decida traerme algo que no dependa de mí, si con un simple gesto se puede enmendar y subsanar cualquier daño, yo me pido la primera, tanto para disculparme, como para aceptar disculpas. No hay tiempo que perder.

53: La incertidumbre del clima

Cada vez más, intento rodearme solo de personas que me aporten y sumen cuando compartimos algún momento juntos. En junio del año pasado, cenando con un amigo y hablando de nuestras respectivas relaciones amorosas, él hizo mención a una chica «que le cambiaba el clima». De él he aprendido muchas cosas, pero eso particularmente me llamó mucho la atención. Jamás lo había oído y le pregunté qué significaba. Me contó que, para él, quería decir que si tenía un día malo, o por lo que fuera estaba bajo de ánimo, ver a esa chica le cambiaba el humor por completo, que podía pasar de tormenta mental, a día soleado, con solo tenerla cerca. Entendí que se refería a esa sensación incontrolable e involuntaria que se produce cuando tienes ante ti a la persona con la que «todo va bien». Me pareció muy bonito el pensar en alguien y sentir que te cambia el clima. Como concepto, brutal.

Durante ese mes y los cuatro siguientes, mi clima era oceánico: temperaturas uniformes, con cambios muy, muy esporádicos y tardíos, con inviernos no muy fríos, y veranos no muy calurosos. Lo típico de «ni frío, ni calor», alguna tormenta de vez en cuando que con un paraguas de bolso se sobrellevaba bastante bien. A ratos me apetecía cambiar de región y otras veces, simplemente no le daba más vueltas y dejaba que el tiempo me sorprendiera. Más tarde, fruto de acostumbrarme a manejar el tiempo que predominaba, experimenté el verdadero significado de que alguien te cambie el clima. Y debo reconocer que existe, es real, se produce, se vive, se siente, se nota, te cala hondo, te empapa, te despierta y te anima, te hace salir a la calle sin miedo a mojarte aunque esté cayendo una buena tromba de agua, te empuja a salir a navegar sin miedo a naufragar, pero te desgarra y te ahoga, también. Con perspectiva, creo que no hay explicación racional para entender cómo, cuándo y por qué ocurre. Un día te levantas y tal vez por quien hubieras firmado que nunca en la vida tendría algo que ver contigo, empieza a trasladarte del clima árido, al más tropical de todos (o la combinación con la que más se identifique cada uno). De un fenómeno así, mi estación meteorológica llegó a la conclusión de que nunca se sabe lo que puede ocurrir, porque la incertidumbre forma parte de la vida.

En ciertos temas, hace unos años quería tenerlo todo bajo control. No por manía, sino por seguridad, por pisar siempre en terreno firme con todas las garantías de no mojarme en caso de lluvia. Pretendía, ilusa de mí, que cada día saliera el sol y que ese mismo sol me dijera que brillaría día a día. No, eso no va así y me di cuenta de ello desde que conocí al que me cambiaba el clima. Era todo tan imprevisible que daba igual lo que anunciaran, solía haber bastante luz al final del día y eso es lo que mantenía mi clima estable. Aprendí que del momento presente, en adelante, cualquier predicción es solo eso; una predicción.

Con el paso de los meses y tras un gran cambio climático he descubierto que la gracia está en no tener ni la más remota idea de lo que está por venir y en aventurarse a lidiar con cualquier tipo de temporal. Al final, no hay nada definitivo, ni establecido, ni seguro. Pero hay que estar preparado para ello y tenerlo claro, porque cuando las nubes y la nieve adquieren más presencia que los rayos del sol, lo único que se puede intuir, sin necesidad de tener ninguna prueba evidente más que la propia realidad (lo típico de «el cielo es azul» y no hay duda) es que ha llegado el momento de cambiar tu propio clima, de mudarse a otra región en la que te siente mejor la temperatura, sea cual sea.

El clima te lo vuelven a cambiar, sin duda, pero hay que saber recoger y dejar atrás las consecuencias de las inundaciones. Aliarse y hacer amistad con la incertidumbre es lo más sabio que me viene a la mente.

Pues nada, a ver qué tiempo hace en Argentina este fin de semana y a ver qué tal le va a cada uno, con su clima.

50: Confesiones

IMG_4592En septiembre de 2016 empecé este blog sin otra pretensión que la de escribir por puro placer, por tener otra motivación más, por mantener activado algo que me diera vidilla. No sabía ni de qué escribiría, ni cuándo, ni cuánto me duraría la broma. Quise dejar que las cosas fueran viniéndome solas a raíz de esto o aquello, sin saber en aquel preciso momento a qué equivalía el «esto o aquello». Los meses fueron pasando y fluyó hasta esta entrada, la número 50. No sé si llegaré a la 60, a la 100 o a la 200, pero lo único que puedo afirmar es que en él he encontrado mi rinconcito. Mi vida ha cambiado bastante desde entonces, pero me satisface mucho ver que he conseguido mantener esa premisa: publicar cuando me nace, de lo que me sale del alma, independientemente de que pasen un día o 27 entre una entrada y otra. Este blog no es otra cosa que mi vínculo con el exterior, con los que me conocen en persona y los que no. Los primeros sabrán que lo de escribir me ha encantado siempre y que esto es un canal de explosión interna, mientras que los segundos habrán podido trazar este, o aquel rasgo de mi manera de ser, a través de mis lecturas.

Sea como sea, en la entrada de oro del blog os voy a confesar 50 cosas rápidas sobre mí. ¡Es lo que ha tocado!

  1. Nunca me planteé ser traductora/intérprete, ni siquiera mientras estudiaba la carrera. Para mí era un trampolín hacia el periodismo.
  2. No sé poner la mente en blanco. Ni pensar en una sola cosa a la vez.
  3. A los 12 años intercambiaba buenas notas por entradas de Fórmula 1 con mi padre.
  4. Conducir sin nadie más en el coche y buena música equivale a «mi momento del día».
  5. De niña quería ser mayor para conducir, ir a la universidad, llevar bolso y tacones.
  6. Me fascina la comunicación en todos sus sentidos-aspectos-acepciones.
  7. Me encanta hablar.
  8. Azul marino o rojo como colores por excelencia.
  9. Prefiero el bullicio y el movimiento a la calma y el silencio, en general.
  10. Nunca lloro con películas, sí con canciones y algún libro.
  11. «Terca» me define bastante, aunque sé parar a tiempo.
  12. Sensible también.
  13. Edad en la que descubrí que quería ser periodista de motor.
  14. Me gusta saltarme algunas normas de vez en cuando. De hecho lo adoro.
  15. Lanzarme en plancha, me pegue la hostia o no, suele ser habitual en mí.
  16. Viajar como sinónimo de escapar, sometimes.
  17. Rendirse, a veces, no es mala opción (sí, sí, yo he dicho eso).
  18. Soy una mujer de rutinas mañaneras. Ducha-desayuno-chapa y pintura. En este orden. Siempre.
  19. Café a todas horas.
  20. El día que sea madre, si tengo una niña, ojalá tenga con su padre la relación que yo tengo con el mío.
  21. Edad con la que atraqué a Ernest Riveras para que me conociera.
  22. Edad con la que empecé a trabajar en Dorna-Movistar.
  23. Me gustan las rosas blancas.
  24. Las cosas claras, por favor. Los rodeos me ponen histérica.
  25. Si tuviera que volver a la universidad, estudiaría Historia del Arte.
  26. Valoro mucho la educación y el respeto en las personas.
  27. Dos son las veces que me han roto el corazón.
  28. Me gusta ir a mi bola, suelo disfrutar haciendo cosas sola inmersa en mis pensamientos.
  29. Diré «ya me puedo morir tranquila» el día que entreviste a Fernando Alonso.
  30. No tolero las injusticias, en ningún caso, pero sobre todo hacia alguien claramente desfavorecido en algún sentido. Eso me puede.
  31. Sinceridad como mantra, aunque callar también puede ser un ejercicio muy sincero y sabio.
  32. No suelo arrepentirme de nada. Si lo hice, era porque me apetecía.
  33. No soporto hacer algo a medias.
  34. Concentrarme en una sola cosa me cuesta la vida.
  35. Mi primer concierto fue el 13 de julio de 1999 en el Palau Sant Jordi: Backstreet Boys. Mi prima dice que me dormí (tenía 6 años), yo no he querido creérmelo jamás y sigo sin creerlo.
  36. Soy mi peor enemiga. Teliiiiiita. La impaciencia a ratos me supera.
  37. Me encanta cuando en una rueda de prensa «hay jaleo» entre los pilotos.
  38. Vivo soñando, a todas horas. Pero bajo rápido a la tierra.
  39. Me canso rápido de algunas cosas. Eso provoca que tenga pájaros de todos los tamaños revoloteando por mi mente buscando y creando proyectos nuevos.
  40. Playa en verano. Grandes ciudades y montaña, en verano y en invierno.
  41. Soy observadora y meticulosa. Necesito mucho orden «en lo mío».
  42. Me encantaría viajar con el mundial.
  43. Me considero tranquila, pero nunca estoy quieta.
  44. Acabé 2017 derrapando y empecé 2018 de la misma manera, pero lo estoy salvando bastante bien, al estilo Márquez.
  45. Creo que en esta vida hay que aprovechar las oportunidades en lugar de encantarse con los fantasmas del pasado o los que puedan aparecer en el futuro.
  46. Vino blanco.
  47. Si pudiera, dedicaría todas mis horas a aprender idiomas.
  48. Que me proponga algo significa que, si tiene cierto sentido, haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlo. Cueste lo que cueste. Lo típico de «cuando se me mete algo entre ceja y ceja…»
  49. Soy feliz en un circuito.
  50. Gracias, en cualquier idioma y a cualquier hora de cualquier día de la semana, a todos los que me leéis y me «seguís» en el blog. Me inunda de amor ver que personas que no conozco de nada se toman la molestia de leerme. No os imagináis hasta qué punto me llena.

 

 

 

 

49: S de Sinceridad

En un arranque propio de la incontinencia verbal que me caracteriza, sentada frente a la pantalla estoy de nuevo. Esta es la muestra fehaciente de que solo escribo cuando me apetece y cuando literalmente algo en mí lo necesita y me lo pide, a pesar de haber publicado hace 4 días. Por si no lo había dicho o no se había notado, creo que escribir es una de las cosas más bellas del mundo porque permite expresar de manera ordenada lo que (en ocasiones) nos dejamos por el camino. Y lo mejor de todo: a mí me da la libertad de dar rienda suelta a mis pensamientos e ideas sin límite, ni limitación alguna.

Hace unos años conocí de verdad lo que significa la sinceridad y ser sincero/a. Saliendo de una época dañina y estando a las puertas de una de las mejores experiencias de mi vida (la universidad), descubrí que no tener miedo a decir lo que uno piensa, no solo era el elemento más placentero de la comunicación, sino que también me ayudaba a construir mi camino sin nada que lo pudiese contaminar. Sin remordimientos, ni ataduras, ni tempestades de las que te provocan insomnio. A día de hoy, adoro y valoro muchísimo esa cualidad en las personas: la desinteresada bendición de alguien que se atreve a ponerse frente a ti y emitir cualquier enunciado sin temor a tu reacción, desnudando su parecer y sus opiniones. O simplemente dejando ver nada más y nada menos que la realidad. ¿Estamos preparados para escuchar cualquier respuesta? Obvio que sí, no nos vamos a quedar en el sitio por oír la verdad, que nos agrade… Eso ya es otra historia. A algunos asusta y a otros, alivia. Quizás por una cuestión de educación, de valores, de ideas, estrategias o distintas maneras de ser (no lo sé y no me apetece entrar en materia para discutir por qué los humanos actuamos así), lo que en este caso, para mí puede equipararse a un estado de gracia, para otros puede ser el enemigo.

Pero no lo es. En todo caso, debería considerarse una aliada para avanzar en nuestro trayecto. Actuar con sinceridad (y recibirla también a cambio) es una muestra de respeto impagable. Nos guste o no, cada persona ha vivido X momentos que le han hecho como es. La inseguridad, las diferencias, el qué dirán de lo que uno piense, las manías y las dificultades no deberían ser motivo de vergüenza o de privación a la sinceridad. Yo prefiero llamar «diversidad» a esa enumeración de sustantivos. No pasa absolutamente nada porque algo no sea como nosotros pensábamos o deseábamos, no hay ningún problema grave en alzar la voz para decir lo que nos hace felices y lo que no, para resolver las dudas o los conflictos internos que nos rondan desde hace tiempo por la mente. Todo es mucho más fácil. Ahora bien, también es necesario saber encajar los golpes de vez en cuando. Pero tampoco ocurre nada, en ningún lugar dice que nuestro día a día deba ser un camino de rosas. Tiene que haber de todo, digo yo. En ocasiones nos complicamos la existencia al coartar nuestras verdades y realidades. Todos tenemos una, o unas cuantas, y no deberíamos sentirnos mal por ello, bajo ningún concepto. No sé si llegados a este punto he sido capaz de poner en pie lo que para mí es la sinceridad, pero yo agradezco enormemente todas aquellas personas que son sinceras conmigo, que me dicen lo que hay y que acceden rápidamente a su verdad en el caso de que yo la requiera. O sin preguntar, da igual. Valoro muchísimo tener delante alguien que no se esconde, ni manipula su auténtico «yo». Lo que es, es lo que es. Lo típico de «en lo bueno y en lo malo». Tal vez la sinceridad sea el barómetro del nivel de respeto y cariño. Y revirtamos la situación: atrevernos a ser sinceros igual nos lleva a la luna (dale tú el significado que quieras). Aunque, ¿todo el mundo merece el mismo grado de sinceridad? Porque es cierto que hay grados. Pues no lo sé. Supongo que eso va en función del nivel de relación con los que intervienen en tu sinceridad. O no.

Sentirse libre, tranquilo, sin nada pendiente, sin nada en el tintero, poder vaciar un poco esa maldita mochila que nos acompaña y que aumenta con el paso de los años, almacenar y eliminar lo que nos corroe para dar paso a la satisfacción y a la paz interior, compartir y discernir entre lo que me llena y lo que no, y rodearme de personas que valen la pena. Eso es lo que intento hacer yo y eso es lo que me ha aportado a mí la gente sincera. Cuesta y no siempre es sencillo dispararla, pero incluye cierta calidad de vida. Hace muchos años a mí me suponía escalar una montaña el hecho de tener los santos cojo*** de decir de la A a la Z. Perdí el tiempo de lo lindo, la verdad. Qué más da. Ahora creo que, a veces, me paso de sincera. Pero no lo puedo controlar, y diría que tampoco quiero. Marca de la casa. A la piscina, en plancha, haya agua o no.

 

 

(Después de todo lo anterior, creo que me he dejado lo más importante: lo primero es ser sinceros con uno mismo)

 

44: El ruido

No hagas ruido, hay mucho ruido aquí, no te oigo con tanto ruido, qué sitio tan ruidoso, con tanto ruido es imposible concentrarse, con este ruido no puedo traducir, X persona no para de hacer ruido y así no hay manera… Ese ruido es lo de menos. Ese ruido dura poco o mucho, pero acaba pereciendo. Hasta hace dos años, yo no sabía o no me había planteado lo que era el ruido en la vida de alguien. Se trata de un tipo de ruido que puede acabar convirtiéndose en algo habitual, rutinario, asiduo e incluso eterno. Ese ruido puede acompañarte las 24 horas del día durante los siete días de la semana y es capaz de inmiscuirse entre tus pensamientos con total naturalidad. Me refiero a ese ruido que a veces te revuelve las entrañas, que lo único que hace es crearte inseguridad y dudas para acabar llevándote al hastío.

No sé por qué no desconectamos ni apagamos el ruido a tiempo, antes de que se convierta en auténtico estruendo (acaba pasando). Quizás no nos damos cuenta de que está ahí, quizás no lo identificamos como tal, pero todos, en algún momento de nuestras vidas hemos llevado ruido a cuestas. No necesariamente deban ser malas personas, ni nocivas, pero a uno en concreto pueden no aportarle nada bueno, o sencillamente no aportarle nada. Tropezamos con ellas y sin saber cómo, se estancan cual parásito perturbando el bienestar. No es que su presencia lleve a la desesperación, pero vives con más tranquilidad cuando ese ruido se pone en versión ‘mute’. Qué alivio, qué paz sin saber nada del ruido (si habéis llegado hasta este punto de la entrada, seguramente hayáis pensado en vuestro ruido). Ni nos permiten avanzar, ni nos ayudan a evolucionar. ¿Por qué siguen ahí? ¿Pena, miedo, lástima, preocupación…? Pues no lo sé, cada persona se identificará más con un sentimiento u otro. La cuestión es que muchas veces, en lugar de caminar hacia adelante con una banda sonora fina y delicada de fondo (o heavy y cañera, me da igual) nos limitamos a dar tímidos pasos con ruido. Así, solo perdemos tiempo. Seguramente tampoco nos demos cuenta de que eso ocurre, pero yo puedo asegurar al 95% que si algo perdemos, es tiempo.

Empecé a quitarme ruido de encima el año pasado. No sirve de nada alimentar algo que no nos va a ayudar a crecer, no favorece en absoluto dar cuerda a aquello que no va a crear ningún lazo ni enlace y tampoco es justo alargar eso que antes de que empezara, ya tenía fecha de caducidad. Porque el cuerpo es sabio y lo sabe. Y porque las good vibrations son muy listas y si no aparecen en un tiempo determinado, lo que tienes delante probablemente sea ruido. ¿Pa’ qué lo quieres? 

Hacer ruido dar ruido está mejor. Es distinto: consiste en hacerse notar, en darse cierta visibilidad con un propósito sano y alegre, se trata de una acción que causa admiración (lo dice la RAE y no hay que llevarle la contraria). Eso es divertido y atrevido. ‘Dar jaleo’ en el buen sentido y con inteligencia puede acabar transformándose en éxito y alegría. En silencio y en pausa el nivel de progresión equivale a 0.

Pero eh, cuidadito, que para hacer ruido, primero hay que quitarse el ruido de encima.

 

 

 

A %d blogueros les gusta esto: