29: Interpretación al desnudo

Cualquier cosa a la que dediquemos nuestro tiempo, a priori, debería estar hecha con amor (o al menos con un poco de cariño, va). Obviamente la gama de grises es infinita y cada uno decide cómo actuar, pensar, soñar, hablar, observar, etc. ¡Faltaría más! A mí me gusta mimar mis traducciones, darles color cuando el discurso original quizás es algo sobrio y rematarlas cuando algo queda en el aire (ojo, esto no significa que “cruce la línea”; eso jamás). Y puesto que hasta ahora he ido compartiendo todo lo bueno que me aporta mi trabajo, todo lo que me hace sentir y lo mucho que me llena, he decidido que esta vez voy a desvelar (espero que esto jamás se use en mi contra) algunos de mis “secretos” desde el punto de vista de la dificultad, lo opuesto a lo precioso y magnífico, es decir, me apetece contar algunos de los obstáculos que tengo que sortear en los momentos en los que no todo depende de mi cerebro y cómo lo resuelvo.

Vamos por partes: en primer lugar, remarco que me encanta lo que hago (por si nadie lo sabía), que me parece divertido y entretenido, que me satisface mucho, que me da vidilla cuando hay algún cruce de declaraciones y que como ya conté en la entrada número 13, me salto la norma a la torera. Y lo seguiré haciendo. Eso tiene que quedar muy claro: seguiré haciéndolo así. Voy a seguir siendo fiel a mi manera de traducir, aunque se salga del molde. Dicho esto, he aquí algunas las cosas que me dan miedo:

  1. Los números. Mis enemigos. Puedo tenerlos clarísimos, haberlos entendido a la perfección y haberlos traducido mentalmente, da igual, siempre me crean inseguridad y no sé bien por qué. Supongo que porque se trata de datos muy precisos y ahí el error se paga más caro. No siempre, pero más de una vez y de dos y de cuarenta, cuando he tenido que traducir algún “thirty-four victories, twenty-five pole positions…“. Al tener que ir tan rápido, para no atascarme demasiado, mi mente y mi voz se ponen en sintonía y sale lo siguiente: “más de treinta victorias y muchas pole positions…”. Ojo, no estoy diciendo que lo haga siempre y que no lo entienda, se trata de una estrategia para salvar la situación sin inventarme nada, ni mentir a nadie y así ser fiel a la interpretación y al que está hablando.
  2. El pit lane.  Me gustan las entrevistas de pit lane, pero suelen ser muy complicadas porque no se oye nada, o casi nada. Implican que reviente el volumen de los auriculares, que no escuche en absoluto mi voz y que algunas cosas se queden en el tintero. Si no oigo, no traduzco. Si oigo a medias, intento hilarlo bonito y formar una estructura con sentido. Con todas mis fuerzas trato de no dejar frases inacabadas. Sé hasta dónde puedo llegar y hasta dónde puedo tirar de mí. Sin embargo, muy, muy chungo cuando hay motos en pista, se cuelan por todos los canales de audio posibles.
  3. Las palabrotas. Supongo que por miedo a patinar, en cuanto oigo una palabrota, lo primero que piensa mi cabeza es que soy yo la que se ha fumado algo y ha oído una palabra malsonante. No, en el fondo, no. En realidad el piloto ha dicho esa palabra y se ha quedado tan ancho, y me toca a mí decidir en menos de un segundo cómo salir de esa. Pues como estamos en horario infantil y no solo por eso, sino que en general hay que mantener cierto nivel, yo no sangro demasiado y tiro de equivalentes, algo más “ligeritos”. Aquí puede haber miles de opiniones (tampoco las pido), pero ante todo corrección, que luego salen titulares y no me apetece poner nada demasiado fuerte en boca de nadie. Podría poner varios ejemplos en este apartado y en la mayoría me daríais la razón (no los enumero y así los comento en otra entrada)
  4. Las bromas o las ironías. Este apartado lo podríamos llamar interpretación exigente. Aquí más allá de conocer el idioma, necesito saber el carácter, los antecedentes y el humor del piloto. Y no solo eso: dependiendo de su origen, soltará alguna que quizás no tenga nada que ver con lo que se diría en español. De ahí salgo como puedo. En general no suele dar mayor problema y siempre se me ocurre algún ejemplo socorrido y rápido, pero acertar es arriesgado. Yo me lanzo a la piscina y que sea lo que Dios quiera. El directo tiene eso; quizás algún día meta la pata hasta el fondo, pero ya pediré perdón. Son muchas decisiones en muy poco tiempo.
  5. Los verbos mal expresados o mal conjugados. Aunque parezca una tontería, los verbos son un quebradero de cabeza. Valentino Rossi, por ejemplo, casi siempre habla en presente e igual te está contando una victoria de 1999. Y Rossi es de los italianos que mejor habla inglés. ¿Cómo lo resuelvo? Más allá de prepararme 84283948093240 datos antes de cada rueda de prensa para ir sobre seguro y tener clara toda la información que pueda, cuando sé que habla del pasado, traduzco en pasado aunque pronuncie en presente y cuando no, rectifico con algún matiz mío a modo de “recapitulación” para que quede más natural.
  6. Voces pisadas. En alguna rueda de prensa los pilotos se vienen arriba y hablan a la vez. Ahí yo me vuelvo loca. Suele ser divertido, pero también corro el riesgo de no llegar a todo. Hago hasta donde puedo, decido qué elementos son más importantes de todas esas voces y traduzco los más destacados, porque solo tengo una voz y no puedo hacer la de dos, tres o cuatro hombres a la vez.

 

Y hasta aquí, que si no, no tiene gracia. No todo es fácil, esto no es un paseo y las dificultades también forman parte del trabajo. Contarlas tiene su riesgo, pero es lo que es y me apetecía mostrar un pelín la otra cara de la moneda. Para mí esto es como cocinar algo a fuego lento con un millón de ingredientes. Suele ocurrir que quizás algún día me pase con alguno de ellos, o me quede corta y tenga que salir a por más provisiones antes de seguir. No pasa nada, la clave también está en salir airosa. Al menos le pongo mucho amor y mucha dedicación para que esté bueno. Unos días quedará mejor y otros no tanto, eso nunca puedo saberlo con anticipo porque cada día es diferente y la improvisación es mi gran amiga, pero me atrevo a decir que de momento, esta cocina la estoy haciendo mía y me siento bien en ella.

 

26: Amor y respeto

La interpretación simultánea, desde fuera, puede entenderse como un concepto cerrado, como algo automático; un mecanismo de comunicación y punto. Algo que facilita la comprensión y que consiste siempre en lo mismo: escuchar, traducir, hablar y memorizar, todo a la vez… Pero no. Como tantas veces he dicho, yo solo escribo y hablo de lo que sé, de mis experiencias y mis vivencias, y en este caso, dejando a un lado las dificultades que pueden surgir en mi trabajo, yo clasifico las traducciones de MotoGP en: rutinarias (sobre neumáticos, sensaciones, resultados de carrera, balance…), bonitas (cuando un piloto se proclama Campeón del Mundo, cuando nombran Legend a alguno de los ya retirados…), las que dan jaleo (-estas me encantan- cuando hay pique o cruce de declaraciones en rueda de prensa) y luego están las menos frecuentes, por suerte, que  son las que detesto (cuando un piloto muere o cuando alguien está muy grave).

Hay días que me lo paso bomba en cabina. Días que acabo una rueda de prensa y pienso: “¡olé! venga, más más”. Suelen ser la mayoría porque realmente disfruto mucho de ello, pero también hay otros en los que no acabo satisfecha conmigo misma u ocasiones en las que “me aburro” si no ha habido mucho movimiento. Aun así, pase lo que pase, siempre le pongo el mismo amor (o eso intento) a todas mis traducciones. ¿Qué significa eso? Para hacerlo bien, para mantener un nivel, para crear un producto “habitual”, debes convertir en tuyo aquello que estás haciendo. Para que eso ocurra, ponerle amor a esa tarea es básico. Llamémosle amor o cariño, cada uno que lo defina como quiera. En mi caso es amor porque mis dos años y poco como intérprete están siendo mi relación amorosa más larga. Un amor que de momento, no falla y que a ratos parece para toda la vida. Romanticismos aparte, de no enfocarlo de esta manera, no conseguiría ni la mitad de resultados. Da igual el tema o el día, todas y cada una de mis traducciones merecen que mi nivel de exigencia sea el mismo. Y para ello, también necesito el respeto que le tengo a lo que hago.

Todos (o casi todos) contamos con algo en nuestra vida que nos apasiona, algo sin lo que no podríamos vivir (a ver, sí que se podría, pero nos dolería no contar con ese factor). Anoche tuve cena de traductoras; mis amigas de la carrera, y hablando cada una de lo suyo, yo les conté que era incapaz de imaginarme mi vida sin mi actual trabajo, que mi cabeza no conseguía poner en mi mente esa situación y que si realmente algún día esto se acabara (por motivos ajenos a mi voluntad), sería como si me arrancaran una extremidad. Igual de aquí a tres años estoy “hasta el moño”, pero ahora lo vivo así. Siento un profundo respeto hacia el mundo laboral que me rodea. Observo, admiro, aprendo y ejecuto todo lo que puedo porque realmente es algo único. Y es que en un fin de semana tan triste como el que hemos vivido, me he dado cuenta de que tener respeto ya no solo hacia las personas sino a cualquier cosa, es un acto humano que marca la diferencia. Ese respeto hizo que, por ejemplo, en mi caso, me costara respirar mientras ponía voz a Carmelo Ezpeleta cuando comparecía ante la prensa el viernes. Ese mismo respeto me hizo casi romper a llorar cuando puse voz al médico que comunicó la muerte de Luis Salom.

No somos máquinas. Tenemos sentimientos. Los sentimientos, a veces, aparecen en el trabajo. Y eso dice mucho de nosotros. Por mi parte, seguirá siendo así. Me seguiré riendo cuando Cal Crutchlow se ría, se me seguirá dibujando una sonrisa en la cara mientras traduzco (eso también se nota) cuando alguien diga algo bonito, me pondré seria cuando el piloto lo requiera y quizás algún día no pueda evitar llorar, no lo sé. Sea como sea, y haga lo que haga, será porque le pongo amor a lo que hago y porque me importa. El día que eso deje de ser así… Que busquen a otra/o, que algo me habrá pasado.

24: Gracias, Sachsenring

Esta mañana Facebook me recordaba que en 2013 estaba vendiendo merchandising de MotoGP en Sachsenring. Siempre lo he dicho, Sachsenring para mí significa mucho. Más allá de lo deportivo y lo estrictamente profesional, es mi Gran Premio talismán. Ahora, en julio de 2017 y estando de vacaciones y algo “desconectada” (remarco el algo, -solo-), he intentado ver desde fuera todo lo que me ha ocurrido desde 2013, hasta ahora. Acojonante. Además, el número de esta entrada coincide con mi edad y por eso, igual que los pilotos y los fabricantes, ha llegado el momento de hacer balance.

El trazado alemán fue el primero de los europeos que pisé, tras Montmeló. En aquel momento la gran familia jerezana me ofreció empezar a trabajar con ellos de circuito en circuito porque hablaba varios idiomas y tenía mucho morro vendiendo cuando hacía falta. Si Sachsenring 2013 fue el punto de inicio de mis andaduras con el merch,  Sachsenring 2014 fue la última vez que me dediqué a ello. En esa época compaginé tercero y cuarto de carrera con los Grandes Premios e iba de aquí para allá más feliz que una perdiz por los circuitos. Ahí me di cuenta de que mi vocación era la que había sido siempre: el periodismo de motor. Era eso a lo que quería dedicarme, sí o sí, aunque debo decir que antes de empezar a viajar, no tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Sabía que quería ser periodista, pero lo veía todo más complicado. Supongo que de alguna manera el “universo me fue enviando señales” y siempre he dicho que me gusta pensar que “todo pasa por algo”. Pequeños detalles fueron encajando cual puzzle de 1000 piezas y ahí empezó todo. Gracias a ese trabajo pude pagarme el Máster de Periodismo Deportivo. Después de atracar a Ernest Riveras en Jerez 2014 tras un largo día al solecito vendiendo, en Sachsenring 2015 tuvo lugar mi debut como intérprete. Qué miedito pasé, qué subidón, qué adrenalina, qué nervios, qué tensión, qué pasada. De nuevo, Sachsenring jugaba un papel importante y esta vez, súper decisivo.

No recuerdo si Sachsenring 2016 fue especial, pero seguro que hubo alguna traducción bonita o tal vez alguna entrevista que me hiciera especial ilusión solo por estar en ese Gran Premio, por el mero hecho de ser mi punto de inflexión año tras año. En la edición de 2017 no ha pasado nada fuera de lo común, pero sí que me ha servido para analizar a conciencia el paso del tiempo. Desde que estoy en Movistar, los días pasan volando y yo voy a rebufo de todo lo que ocurre. No lo cambiaría por nada del mundo, absolutamente por nada y por eso solo puedo decir GRACIAS. Tener actitud de agradecimiento con todo lo que va viniendo me parece uno de los básicos para tener empuje y ganas cada mañana para seguir adelante. En lugar de lamentarnos y quejarnos por lo que no tenemos, a veces no está de más detenerse un momento y pensar en todo lo bueno y positivo que nos rodea. Y es que al final, aunque mal de muchos, consuelo de tontos, siempre podríamos estar peor (creo). Cambiar el enfoque hacia un planteamiento más receptivo puede transformar el encabronamiento diario (sí, sí, todos nos encabronamos por culpa de lo que sea en algún momento) en tranquilidad o serenidad. Mejor agradecer que maldecir y menospreciar. Mejor aceptar que pedir y mejor aprender a vivir con lo que tenemos, en lugar de entrar en bucle y caer en la infelicidad eterna. Y ojo, lo dice una que siempre quiere más y más y más y más (de mí misma), una que ahora confiesa que se aburre rápido de casi todo y que casi nunca tiene suficiente (de esto ya hablamos otro día).

Así que a mis 24 años, practicando la interpretación desde hace 2 y viviendo en paz  desde hace 8 meses, doy las gracias por todo lo que he vivido hasta ahora, por los que me han apoyado desde el principio y por los que no, venga, también os doy las gracias a vosotros, amiguis, que seguramente me habréis hecho más fuerte con vuestras negativas. Gracias a los que han estado ahí desde siempre y los que han empezado a estarlo hace un tiempo, a los que me aportan cosas buenas a diario, a los que me hacen reír y llorar y a los que me hacen reflexionar. A los que me han visto crecer, caerme y levantarme. Y a los que me leéis y me escucháis y de vez en cuando me comentáis, a los que me enviáis e-mails bonitos con palabras más bonitas todavía. No sabéis lo afortunada que me siento. Sin más y sin menos. G-r-a-c-i-a-s.

 

13: Ir en contra de la norma

Escuchar-traducir-hablar y no dejar de hacerlo durante X minutos es algo complejo e inmediato, el momento en el que empiezas te impide volver atrás y requiere de una concentración inhumana. Debo reconocer que mi cabeza suele estar siempre pensando 839419231092 cosas y ser capaz de poder centrarme en una sola en cabina me sorprende incluso a mí. O quizás por eso, por tener la facilidad de pensar muchísimo, logro interpretar sin parar, puesto que es una acción en la que intervienen otras 4 acciones a la vez. El margen de corrección prácticamente es inexistente y la capacidad de reacción debe ser enorme.

Ernest Riveras tenía razón, los deportes (o en este caso MotoGP) requieren de un traductor-intérprete que cuando ponga voz a los protagonistas, “sepa de qué va la cosa”. Teniendo en cuenta que jamás he querido ser intérprete simultánea (como ya he escrito muchas veces), en algunas peculiaridades me he guiado por mi instinto, sin más. Por ese motivo, afirmo que me salto la norma, que no sigo a rajatabla lo que aprendí en la facultad porque bajo mi criterio, no funcionaría igual y estoy viendo que “saltarme el decálogo” tiene mejores resultados. Vuelvo a incidir en el hecho de que nunca había hecho interpretación simultánea, ni en la carrera, solo alguna clase teórica, pero 0 clases prácticas y en el fondo eso me ha ido mejor (aunque suene paradójico). Me gradué en 2014 y en 2015 salté al vacío en Movistar MotoGP. Al final resulta que salió bien. Y ahora, en 2017, enumero mis normas de cabina, solo válidas, quizás, para MotoGP.

  1. Traducir vertiginosamente. Me encanta. La norma dice que no, que hay que interpretar el mensaje con mucha calma y que siempre se pierden matices, que un intérprete debe hacer llegar el global con frases más cortas. No estoy de acuerdo. Si se puede traducir todo, mejor que mejor. Si da tiempo y se vocaliza, al final acabas diciendo exactamente lo que en este caso el piloto ha dicho.
  2. Regla del 98%, en lugar del 70%. Unida a la norma anterior. Según las reglas, el intérprete debe parafrasear el mensaje original. No. Nada. Con velocidad y claridad da tiempo. Por eso, yo intento transmitir siempre el 98% de lo que escucho. Esa norma también dice que hay que dejar las pausas, que no hay que llenarlas. En mi caso, a veces me va bien para “respirar” y en otros, no. Según vea. El lenguaje me ofrece la posibilidad de decir un “la verdad es que sí” a un “I think yes” (al estilo Dovi, por ejemplo) y así ocupo más espacio sin dar lugar a silencios. El discurso acaba quedando completo.
  3. Estar informado sobre la vida de las voces. Recuerdo una clase teórica en la que una profesora dijo que no se podía tener contacto con la persona a la que debías interpretar, que eso podía afectar a tu trabajo. No estoy de acuerdo. En MotoGP creo que es súper importante estar informado de absolutamente todo para llegar allí donde la tecnología a veces no lo hace. Cuando hay motos en pista, por ejemplo, en muchas ocasiones no oigo nada. Si Meregalli está hablando de la posición en la que ha quedado Valentino Rossi en la FP1 y justo en el momento en el que lo dice, pasa una moto de fondo y no se oye, yo tengo la certeza de cómo lo ha hecho Vale en ese entrenamiento y puedo “arriesgarme” a decirlo. Esto no siempre es posible y suelen ser momentos puntuales en los que tengo muy claro que me la puedo jugar, pero el tener contacto con el mundo en el que interpretas es 100% positivo. Según la norma, tampoco podría conocer jamás en persona a ninguno de ellos. Esta norma me la seguiré saltando siempre.
  4. Buscar sinónimos y embellecer el mensaje. Esta es una de mis favoritas. Se supone que yo no debería buscar jamás ningún sinónimo y debería ser muy estricta… Pero no. Si un piloto dice en 20 segundos, dos o tres veces, “I’m very happy”, yo intentaré decir que está contento, feliz, satisfecho. Al fin y al cabo, mi trabajo también es llegar a los espectadores y conseguir que la gente se enganche a mi traducción. Si logro que las frases sean más “bonitas”, supongo que acaba gustando más. Y todo esto, lo pienso sobre la marcha.
  5. La mayoría de las veces, ignoro mi voz. Últimamente no lo hago tanto, pero en general, sobre todo cuando hay motos en pista y las entrevistas no se oyen, reviento el volumen de los auriculares para poder oír bien. Eso me permite sacar traducciones de momentos imposibles y por ende, implica que no pueda oír mi voz. Tengo cierta confianza en lo que digo y tiro millas. Sin más. La norma dice que no debería tener los dos auriculares puestos, sino uno solo para oír mi voz e ir comparando.
  6. También interpreto lo que oigo a medias. No solo ocurre con las motos en pista, sino en rueda de prensa por el audio del micro o cuando un piloto habla de determinada forma. Si hay algo que quizás me crea duda, o bien generalizo (importantísimo para no cometer errores gigantes), o bien me limito a “expulsar la frase”. Los errores de interpretación se crucifican rapidísimo y no quiero llegar a ese punto (aunque sé que algún día pasará). Las reglas dicen que de eso, nanai, que nunca hay que mojarse.
  7. Ponerse en la piel. Mi favorita, ya lo dije una vez. Si el piloto o el técnico está contento, yo también y así lo interpreto. Si están tristes, pues tono más suave y tranquilo. Si están indecisos, fruto de la emoción tras una victoria y no saben qué decir… Pues titubeo, como ellos. Siempre, siempre, me meto en la piel de todos esos hombres a los que pongo voz. La norma dice que no, que eso sería subjetividad. A mí me funciona y es una de “mis normas” más potentes. Este deporte se sigue semana tras semana y mi intención es que los espectadores acaben “queriendo” la traducción. Soy consciente de que la simultánea a veces es muy criticada y el hecho de que alguien intente transmitir los mismos sentimientos que los pilotos… Es súper importante. Por eso lo hago así. Además, creo que me sale de dentro porque me encanta (y según la norma, tampoco debería encantarme tanto esto…)

Y hasta aquí. Creo que no me dejo ninguna. Suelo escuchar música motivadora antes del inicio de cada directo, siempre estoy en constante búsqueda de terminología específica y me preparo todos los datos que pueda para que mi capacidad de reacción sea mayor cuando mis oídos o mi cerebro no lleguen a escuchar/entender bien algo. No me gusta que la puerta externa del locutorio esté abierta y pido que nadie se asome a la cabina cuando estoy en directo. Acostumbro a usar siempre la misma posición del micro, mantengo la misma postura y la misma perspectiva al mirar a pantalla y cada vez más, traduzco con los ojos cerrados; eso ayuda a que me concentre más en según qué preguntas, especialmente cuando hablan de cosas muy técnicas. Si no, no. Porque recordad que si ellos se ríen… Yo también y tengo que verles la cara y las expresiones.

Un día hablaré de la interpretación de japoneses hablando en inglés; “una maravilla”.

Seguimos rodando…

10: El miedo al fracaso y la magia de después

Todos (o casi todos) lo hemos sentido en algún momento de nuestras vidas. Esa especie de nudo en el estómago. El run-run que te impide llevar a cabo cualquier tarea con normalidad y que te dice continuamente que “te vas a equivocar” y que a veces te paraliza. Una mezcla entre miedo, tensión, nervios e incluso ansiedad. No es oro todo lo que reluce y quien algo quiere, algo le cuesta, pero las cosas se vuelven todavía más complicadas si X pensamientos no te dejan avanzar y te bloquean. Superarlos puede ser como escalar la montaña más alta a 20 grados bajo cero.

El 2 de febrero de 2015 pisé Dorna por primera vez como estudiante de prácticas (el término becaria nunca me ha gustado mucho). Ese día empezaba un período de 8 meses en el que debía demostrar que tenía X capacidades mientras seguía aprendiendo y me formaba como periodista. Ya lo dije una vez, a mí jamás se me pasó por la cabeza ser Intérprete simultánea, pero la finalidad de aquel período también era “probar” durante los directos a ver qué tal se me daba porque los idiomas eran un plus. Sí, soy Traductora e Intérprete y sin embargo, eso siempre ha sido un complemento a mi vocación, la de ser periodista. Ese día empezaba algo muy bonito y recuerdo ir de camino hacia allí… Llorando. Y no precisamente de alegría.

2015 fue un año muy, muy duro para mí. Un año en el que tuve que aprender que la presión y los malos momentos se deben gestionar, sí o sí, cueste lo que cueste. Que tirar la toalla y esconderse bajo el edredón no sirven de nada, que no hay pena que cien años dure ni cuerpo que lo aguante.  Esto lo digo ahora, casi dos años más tarde y tras haber tenido un 2016 muy bueno. Ocurre que, a veces, nos asaltan miedos irracionales que nos cortan las alas, que son más fuertes que nosotros y que hasta que nos damos cuenta de que son solo eso, miedos, el calvario parece infinito. Recuerdo sentirme culpable por estar pasándolo tan mal mientras vivía el principio de una historia laboral-personal increíble. Fueron meses de lucha interna en los que “las prácticas” eran la única cosa que me motivaba a levantarme cada día. Y el sentimiento de culpa seguía ahí, en bucle. Por suerte, aquello ya pasó.

Lo vivido en 2015 no fue miedo al fracaso laboral. Fue miedo al fracaso personal, en términos muy genéricos. En el fondo agradezco haber vivido X cosas para haber aprendido a valorarme y a conocerme, para entender que el error humano existe y que en determinadas ocasiones uno hace hasta donde puede y como puede. Las personas se equivocan y NO pasa nada. Algo tan sencillo a mí me costó lo mío. Toda mi vida he sido (y soy) muy exigente conmigo misma; nunca tengo suficiente. El aprender a calmarme, a no pensar más allá, a ser consciente de que sí puedo y sí valgo, fue algo realmente tedioso. Una vez entendí y “superé” ciertas barreras… Llegaron otros miedos. ¡Claro que sí! ¿Cómo iba a estar yo tranquila?

Pasamos de 2015 a 2016. Contratada. Jamás había hecho una rueda de prensa “larga”; es decir, una intervención en directo de más de 5 minutos (salvo las declaraciones de Marc Márquez y Valentino Rossi post Sepang Clash, aquellos fueron mis primeros 50 minutos en directo, un estreno por todo lo alto). Pasé de traducir intervenciones cortas en pit lane parc fermé, a traducirlo todo. Mamma mia, qué miedito Catar 2016. Antes hubo algo más: la interpretación simultánea de la presentación del Yamaha Movistar Team a finales de enero (no recuerdo fecha). Pasé un fin de semana de perros dándole vueltas a lo que me esperaba el lunes, pensando que me iría fatal. Y no. Carles Pérez comentaba el acto mientras Gavin Emmet hablaba y yo intervenía traduciendo los parlamentos. Nos fue bien, a mí incluso me dio seguridad compartir cabina con él y no hubo ningún problema. Pero sin bajar la guardia. De ahí, al GP de Catar.

¡Y se hizo la magia! Sin haber hecho ninguna rueda de prensa larga, sin haber podido practicar mucho en invierno y sin tener nada más que mi cabeza inquieta y mis conocimientos, afronté mi primera rueda de prensa como Intérprete simultánea de Movistar+ MotoGP. Ni titubeos, ni nervios, ni mente en blanco, ni voz temblorosa. De aquello ya no había nada, o quedaba muy poco. De golpe, y sabiendo que aún me quedaba mucho por aprender y por pulir, sentí que lo de interpretar-traducir “estaba hecho para mí”, como si llevara haciéndolo mucho tiempo. Me salía de dentro, sin más, como algo automático. Serenidad, tranquilidad, hasta licencias poéticas. Recuerdo acabar y pensar: ¿en serio? ¡Al final no ha sido un desastre! A partir de ahí, empecé a sentirme como pez en el agua en mi querida cabina-jaula.

Pero eh, que no se entere nadie, yo todos los jueves de Gran Premio, cuatro horas antes de la rueda de prensa, sigo poniéndome nerviosa. Dicen que cuando algo te pone de los nervios es que te importa de verdad. Pues no veas. Sieeeeempre aparecen mis amigos los ¿y si…?¿Y si hoy me quedo en blanco? ¿Y si hoy cometo un súper error de traducción…? Todavía no se ha dado el caso (soy muy crítica conmigo misma y lo llevo todo al dedillo), pero el día que ocurra, pues NO pasará nada. Soy humana. No soy una máquina y si me equivoco a gran escala, rectifico, pido disculpas a quien haga falta y ya. Al final, esto va así. Queridos espectadores, discúlpenme si algún día patino. Habrá sido sin querer.

Curiosidad: precisamente miedo, en italiano, paura, es mi palabra favorita en ese idioma.

Es noche de reyes y hay que hacer magia. Para mí magia es lo que hacen los pilotos cuando se suben a sus motos.

Magia me parece poder vivir de esto. I feel blessed.

9: Híbrida

Después de dos meses sin publicar, vuelvo a estar por aquí. Entre unas cosas y otras… La inspiración ha brillado por su ausencia entre noviembre y diciembre, ¡y ahora ha aparecido de nuevo! Tengo varios temas pendientes de los que hablar en este blog, pero puesto que 2017 acaba de empezar y todas esas cosas, hoy quiero explicar algo que me llama mucho la atención. A lo largo de todo este año y en más de una, dos, tres y cuatro ocasiones me he encontrado con las siguientes preguntas: “Ah, pero cuando no hay motos… ¿También trabajas?, ¿qué haces entre semana en el trabajo?, ¿En invierno no trabajas, no?”. Y así, una larga lista de variantes que comparten la misma idea: sin carreras, yo no trabajo. ¡ERROR!

Si echamos mano de mi queridísima amiga RAE y nos vamos hasta la cuarta acepción del término hibrído/aobservamos que en mecánica, por ejemplo, se usa mucho. No copio la definición para que hagáis click y os fijéis en las distintas acepciones. Tras estos meses de invierno, yo he decidido que el adjetivo “híbrida” me define. Estoy acostumbrada a oírlo por la redacción, pero no a todo el mundo le gusta. Por ejemplo, hace unos días, en una cena de reencuentro con mis queridas amigas de la carrera de Traducción, me decían que no, que quedaba muy de coches eso de híbrida. Tal vez por eso me guste a mí, porque tiene relación con el mundo del motor. En general, hace alusión a algo que está compuesto de elementos de distinta naturaleza y en mi caso, creo que acierta: traductora-intérprete y periodista.

En términos laborales, para mí el invierno es una maravilla (y cuando no, también) porque me permite salir de mi jaula y explorar tooooooooodo lo que siempre he querido hacer. Aquello con lo que una sueña de niña se hace realidad y mientras lo experimentas te parece tan sencillo (o bonito, incluso) que ni te das cuenta de lo que haces. Como si fuera algo que sale natural, algo para lo que no te han preparado realmente, pero que te nace. Desde noviembre hasta ahora he acudido a dos actos en los que he tenido que entrevistar a pilotos del Mundial de distintas categorías (id hasta la GALERÍA para ver más) y así poder generar contenido para el canal. Eso es otra cosa. Aunque a día de hoy no me imagino mi vida sin hacer la interpretación simultánea del Mundial (directamente no concibo esa idea), el hecho de estar in situ, entrevistar a un piloto, observar, improvisar… Eso no sé ni cómo definirlo. Me encanta. Es algo que tiene “eso” que te envuelve y dices: esto, sí. Y punto. Mi entorno más cercano está harto de oír que para mí, mi trabajo es “como otra extremidad, que si me lo arrancaran, me dolería mucho”. Tal cual. Me pone la piel de gallina tener la oportunidad de hacerles preguntas a esos chicos-hombres-pilotos a los que estoy acostumbrada a ponerles voz. Conozco y reconozco la manera de hablar y de expresarse de todos ellos, sus muletillas, su pronunciación, sus ritmos al hablar y sus peculiaridades. Y esa sensación es una auténtica pasada. ¡Me está costando describir lo que se siente!

Me bajo de la nube y volvemos a la realidad: durante la temporada, los días de cada Gran Premio me encargo de la interpretación simultánea y entre semana (haya Gran Premio, o no) ya sea invierno o verano, edito vídeos y creo contenido para el canal. Soy una redactora más. Además, también hago los subtítulos de las piezas que se emiten. Conclusión, hablando en plata: que lo mismo te hago una rueda de prensa, que te monto un vídeo o acudo a un acto a recoger declaraciones. Ah, y no viajo. NO viajo. Ojalá, pero no. Lo hago desde Barcelona.

Por eso creo que, de momento, me quedo con el término híbrida. Lo de polifacética no me gusta. En la sección Vídeos Movistar+ del canal encontraréis parte de mi trabajo. Hasta aquí puedo leer hoy.

Seguimos rodando, como siempre. Feliz temporada 2017. Desde hace dos años yo cuento temporadas, en lugar de años.

Jamás hubiera pensado que me ocurriría de esta manera, pero tengo un mono de cabina increíble.