44: El ruido

No hagas ruido, hay mucho ruido aquí, no te oigo con tanto ruido, qué sitio tan ruidoso, con tanto ruido es imposible concentrarse, con este ruido no puedo traducir, X persona no para de hacer ruido y así no hay manera… Ese ruido es lo de menos. Ese ruido dura poco o mucho, pero acaba pereciendo. Hasta hace dos años, yo no sabía o no me había planteado lo que era el ruido en la vida de alguien. Se trata de un tipo de ruido que puede acabar convirtiéndose en algo habitual, rutinario, asiduo e incluso eterno. Ese ruido puede acompañarte las 24 horas del día durante los siete días de la semana y es capaz de inmiscuirse entre tus pensamientos con total naturalidad. Me refiero a ese ruido que a veces te revuelve las entrañas, que lo único que hace es crearte inseguridad y dudas para acabar llevándote al hastío.

No sé por qué no desconectamos ni apagamos el ruido a tiempo, antes de que se convierta en auténtico estruendo (acaba pasando). Quizás no nos damos cuenta de que está ahí, quizás no lo identificamos como tal, pero todos, en algún momento de nuestras vidas hemos llevado ruido a cuestas. No necesariamente deban ser malas personas, ni nocivas, pero a uno en concreto pueden no aportarle nada bueno, o sencillamente no aportarle nada. Tropezamos con ellas y sin saber cómo, se estancan cual parásito perturbando el bienestar. No es que su presencia lleve a la desesperación, pero vives con más tranquilidad cuando ese ruido se pone en versión ‘mute’. Qué alivio, qué paz sin saber nada del ruido (si habéis llegado hasta este punto de la entrada, seguramente hayáis pensado en vuestro ruido). Ni nos permiten avanzar, ni nos ayudan a evolucionar. ¿Por qué siguen ahí? ¿Pena, miedo, lástima, preocupación…? Pues no lo sé, cada persona se identificará más con un sentimiento u otro. La cuestión es que muchas veces, en lugar de caminar hacia adelante con una banda sonora fina y delicada de fondo (o heavy y cañera, me da igual) nos limitamos a dar tímidos pasos con ruido. Así, solo perdemos tiempo. Seguramente tampoco nos demos cuenta de que eso ocurre, pero yo puedo asegurar al 95% que si algo perdemos, es tiempo.

Empecé a quitarme ruido de encima el año pasado. No sirve de nada alimentar algo que no nos va a ayudar a crecer, no favorece en absoluto dar cuerda a aquello que no va a crear ningún lazo ni enlace y tampoco es justo alargar eso que antes de que empezara, ya tenía fecha de caducidad. Porque el cuerpo es sabio y lo sabe. Y porque las good vibrations son muy listas y si no aparecen en un tiempo determinado, lo que tienes delante probablemente sea ruido. ¿Pa’ qué lo quieres? 

Hacer ruido dar ruido está mejor. Es distinto: consiste en hacerse notar, en darse cierta visibilidad con un propósito sano y alegre, se trata de una acción que causa admiración (lo dice la RAE y no hay que llevarle la contraria). Eso es divertido y atrevido. ‘Dar jaleo’ en el buen sentido y con inteligencia puede acabar transformándose en éxito y alegría. En silencio y en pausa el nivel de progresión equivale a 0.

Pero eh, cuidadito, que para hacer ruido, primero hay que quitarse el ruido de encima.

 

 

 

33: Arrancar, encajar el golpe y persistir

Llevo días pensando que el tiempo pasa demasiado rápido y que a ratos me gustaría pararlo para poder hacer todo lo que tengo en mente (que precisamente, no es poco). Ya hace algo más de un año que empecé con el blog y eso me ha llevado a haberme releído algunas de las entradas anteriores en los últimos días. Si bien 2018 será mi cuarta temporada en Movistar+, 2012 supuso uno de mis “inicios” clave. No sé en qué momento las cosas han ido a esta velocidad, pero benditos años. Es curioso, pero jamás había contado largo y tendido de qué manera viví yo el Mundial por primera vez. Ahí va.

En junio de 2012 yo tenía 19 años y medio y acababa de volver de mi erasmus en Londres. Mi vida había cambiado mucho: algunas personas acababan de salir de ella y yo intentaba encontrar mi camino. A ratos me desviaba, otras veces parecía que iba por la ruta adecuada y en alguna ocasión acertaba con mi trazada. Por aquello de querer ganar algo de dinero mientras estaba en la universidad, de vez en cuando echaba un vistazo a ofertas de empleo temporal. Hubo uno que me gustó por el lugar en el que tenía que hacerlo: vender merchandising de MotoGP en el Circuito de Barcelona-Catalunya. Ahí me metí disparada, me faltó tiempo. Me cogieron y por casualidades de la vida, me tocó tras la tribuna H, con Rocío. Ella era la mujer de uno de los hermanos Padilla, una familia de Jerez que se encarga de toda la ropa oficial de MotoGP. Me lo pasé bien aquel fin de semana, hice mi trabajo y a ellos les fue bien que yo supiera idiomas. Al año siguiente, 2013, repetí. El segundo día me propusieron empezar a viajar con ellos por los circuitos europeos. Hasta ese momento, yo no tenía del todo claro por dónde iba a encaminar mis estudios. Sabía que me gustaba el periodismo de motor, pero no sabía cómo enfocarlo. Solo necesité un Gran Premio para reafirmar lo que llevaba dentro desde los 12-13 años. Fue como una “señal del universo”. De algún modo, supe estar en el lugar adecuado, en el momento idóneo.

Sachsenring fue el primer circuito no-español que pisé y le tengo un cariño especial (lo conté en la entrada 24). Curiosamente también fue el último, en 2014. En Sachsenring, Assen, Brno, Misano, Aragón, Valencia, Jerez, Mugello y Catalunya aprendí muchísimas cosas y les estoy eternamente agradecida a todos los Padilla. Uno se deja la piel siempre o casi siempre, pero había días en los circuitos en los que la piel te dolía más que otros. Las tiendas se montaban de 0 en cada ocasión y eso implicaba viajar de martes, a martes. La cosa se basaba en llegar, montar, limpiar, cargar y descargar cajas, colocar, ordenar ropa y tenerlo todo al día, los cuatro días de Gran Premio. Y dormía en el circuito, en la tienda. Realmente me lo pasaba bien; estaba contenta porque aquello me permitía pagarme el máster y estar cerca de “mi mundillo”, aunque eso no quita que fuera duro. En un ámbito así, te debes al público y la afición motera llegaba pronto y se marchaba tarde. La tienda, abierta desde bien temprano y apurábamos hasta el final. Nadie te regala nada y quien algo quiere, algo le cuesta. 

En Jerez 2014 yo ya tenía más que claro que no quería irme “de las motos”, pero que quería vivirlas de otro modo. Ahí fue cuando atraqué a Ernest Riveras tras haber contactado con él vía Twitter (ya lo conté en una entrada anterior) y le dije que no le pedía trabajo, pero que quería aprender de él. Desde aquel día, en los siguientes Grandes Premios, buscaba siempre una excusa para escaparme e ir a verle con cualquier cosa. La cuestión era hacer ruido, intentar que no se olvidara de mí. En Assen de aquel año, el jueves por la mañana, mientras yo salía del paddock (allí era donde nos arreglábamos, en los baños de los trabajadores), él entraba para empezar el día. Paréntesis: me alucina recordar ese momento y pensar que ahora, los jueves y el resto de días, yo formo parte del operativo. Prosigo: nos encontramos de casualidad y me dijo “Irene, te quiero hacer una prueba de interpretación”. Ahí pensé que no me había entendido, que yo no me había explicado bien o que no me había hecho ni caso porque a mí eso de dedicarme a ser traductora no me llamaba NADA la atención. Pero pensé “lo que él diga, yo voy donde haga falta”. Unos días más tarde me llamaron para hacerme una prueba de interpretación simultánea en Dorna.

Era julio de 2014. Subí a la redacción en la que trabajo ahora, me hicieron entrar en un locutorio en el que desde 2015 grabo off’s. Me hizo la prueba la técnica de sonido, Nadala, que hoy está conmigo en los directos y que se encarga de controlar que reciba bien la señal de audio de circuito. Aquel día me senté e interpreté simultáneamente por primera vez. 30 minutos de lo peorcito de cada rueda de prensa. Se me pasó rápido, pero yo pensaba: “esto a mí no me gusta, ni de broma quiero hacer esto, yo si me cogen, bien, pero no está hecho para mí”. En ese momento, para lo que necesitaban, yo no estuve al nivel (tampoco me sorprende, no lo había probado en mi vida y era obvio). A pesar de no querer ese tipo de tarea, cuando supe que no me habían seleccionado, lloré lo que no está escrito. Me dolió en el alma. Sentía que había perdido una gran oportunidad, que se me había escapado tras haberlo tenido muy cerca. Era extraño: me culpaba, pero a la vez era consciente de que yo no estaba preparada para un puesto así y tampoco era lo que quería. Mi dolor o mi rabia venían de haber estado a las puertas de algo y no haber podido entrar. Pero sabía que ahí era donde quería acabar. Lo pasé mal durante unos días, pero me acabé diciendo a mí misma que daba igual, que lo iba a conseguir de otra manera. Encajé el golpe, acepté y fui consciente de que había fallado y seguí persistiendo hasta que volviera a surgir la oportunidad. En ningún momento se me pasó por la cabeza pensar que aquello era el final. De ahí, saqué toda la fuerza del mundo. Si no me hubiera llevado esa hostia, las cosas hubieran ido de otra manera quizás.

Empecé el máster de Periodismo Deportivo en septiembre de 2014, dos meses después de aquella prueba. Había que hacer prácticas y aunque Dorna no estaba entre las opciones, me busqué la vida, volví a escribir a Ernest y le dije que quería hacerlas aquí. Ya sabéis el resto.

Nada es fácil. Cuando ocurrió todo esto aún no había llegado 2015, que fue mi peor año, la vez que más fondo he tocado. Con perspectiva veo que aunque no sabía ni la mitad de lo que sé ahora sobre muchas cosas, de algún modo fui capaz de mantener la mente fría y no dejarme intoxicar por la negatividad. Algo en mí me decía que debía llegar hasta el final de la cuestión, intuición seguramente. Ojalá todo cayera del cielo y fuera sencillo levantarse por las mañanas con todo resuelto, pero no es así. Hay que sudar, pelear y no desistir. Saber cuándo y cómo, pero jamás abandonar. Por determinadas circunstancias yo tuve que apostar mucho por mí e insistí tantísimo porque era la única manera de llegar hacia donde tanto deseaba. Echo la vista atrás y me abruma ver las cosas que me han ido ocurriendo. Qué bonito.

24: Gracias, Sachsenring

Esta mañana Facebook me recordaba que en 2013 estaba vendiendo merchandising de MotoGP en Sachsenring. Siempre lo he dicho, Sachsenring para mí significa mucho. Más allá de lo deportivo y lo estrictamente profesional, es mi Gran Premio talismán. Ahora, en julio de 2017 y estando de vacaciones y algo “desconectada” (remarco el algo, -solo-), he intentado ver desde fuera todo lo que me ha ocurrido desde 2013, hasta ahora. Acojonante. Además, el número de esta entrada coincide con mi edad y por eso, igual que los pilotos y los fabricantes, ha llegado el momento de hacer balance.

El trazado alemán fue el primero de los europeos que pisé, tras Montmeló. En aquel momento la gran familia jerezana me ofreció empezar a trabajar con ellos de circuito en circuito porque hablaba varios idiomas y tenía mucho morro vendiendo cuando hacía falta. Si Sachsenring 2013 fue el punto de inicio de mis andaduras con el merch,  Sachsenring 2014 fue la última vez que me dediqué a ello. En esa época compaginé tercero y cuarto de carrera con los Grandes Premios e iba de aquí para allá más feliz que una perdiz por los circuitos. Ahí me di cuenta de que mi vocación era la que había sido siempre: el periodismo de motor. Era eso a lo que quería dedicarme, sí o sí, aunque debo decir que antes de empezar a viajar, no tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Sabía que quería ser periodista, pero lo veía todo más complicado. Supongo que de alguna manera el “universo me fue enviando señales” y siempre he dicho que me gusta pensar que “todo pasa por algo”. Pequeños detalles fueron encajando cual puzzle de 1000 piezas y ahí empezó todo. Gracias a ese trabajo pude pagarme el Máster de Periodismo Deportivo. Después de atracar a Ernest Riveras en Jerez 2014 tras un largo día al solecito vendiendo, en Sachsenring 2015 tuvo lugar mi debut como intérprete. Qué miedito pasé, qué subidón, qué adrenalina, qué nervios, qué tensión, qué pasada. De nuevo, Sachsenring jugaba un papel importante y esta vez, súper decisivo.

No recuerdo si Sachsenring 2016 fue especial, pero seguro que hubo alguna traducción bonita o tal vez alguna entrevista que me hiciera especial ilusión solo por estar en ese Gran Premio, por el mero hecho de ser mi punto de inflexión año tras año. En la edición de 2017 no ha pasado nada fuera de lo común, pero sí que me ha servido para analizar a conciencia el paso del tiempo. Desde que estoy en Movistar, los días pasan volando y yo voy a rebufo de todo lo que ocurre. No lo cambiaría por nada del mundo, absolutamente por nada y por eso solo puedo decir GRACIAS. Tener actitud de agradecimiento con todo lo que va viniendo me parece uno de los básicos para tener empuje y ganas cada mañana para seguir adelante. En lugar de lamentarnos y quejarnos por lo que no tenemos, a veces no está de más detenerse un momento y pensar en todo lo bueno y positivo que nos rodea. Y es que al final, aunque mal de muchos, consuelo de tontos, siempre podríamos estar peor (creo). Cambiar el enfoque hacia un planteamiento más receptivo puede transformar el encabronamiento diario (sí, sí, todos nos encabronamos por culpa de lo que sea en algún momento) en tranquilidad o serenidad. Mejor agradecer que maldecir y menospreciar. Mejor aceptar que pedir y mejor aprender a vivir con lo que tenemos, en lugar de entrar en bucle y caer en la infelicidad eterna. Y ojo, lo dice una que siempre quiere más y más y más y más (de mí misma), una que ahora confiesa que se aburre rápido de casi todo y que casi nunca tiene suficiente (de esto ya hablamos otro día).

Así que a mis 24 años, practicando la interpretación desde hace 2 y viviendo en paz  desde hace 8 meses, doy las gracias por todo lo que he vivido hasta ahora, por los que me han apoyado desde el principio y por los que no, venga, también os doy las gracias a vosotros, amiguis, que seguramente me habréis hecho más fuerte con vuestras negativas. Gracias a los que han estado ahí desde siempre y los que han empezado a estarlo hace un tiempo, a los que me aportan cosas buenas a diario, a los que me hacen reír y llorar y a los que me hacen reflexionar. A los que me han visto crecer, caerme y levantarme. Y a los que me leéis y me escucháis y de vez en cuando me comentáis, a los que me enviáis e-mails bonitos con palabras más bonitas todavía. No sabéis lo afortunada que me siento. Sin más y sin menos. G-r-a-c-i-a-s.

 

22: Pilares fundamentales

Cuando algo nace de la voluntad de hacer las cosas bien, hay que contar con una buena base, con unos cimientos que sostengan aquello que se desea conseguir. Lo de siempre: que la casa no se empieza por el tejado y que a partir de la superficie se forja lo demás. Dicha base debe ser sólida, no debe dar lugar a ningún tipo de tambaleo porque si se derrumba hay que volver a empezar y eso provoca que el proceso de construcción sea más lento. Un gran piloto necesita una moto a la altura para brillar y no solo eso: un equipo humano a sus espaldas que responda del mismo modo. Solo cuando todo está en sintonía, el resultado es brillante.

El factor humano es clave en cualquier intervención. Rodearte de las personas adecuadas suele depender de ti si tienes la habilidad para saber detectar quiénes son y descartar (o apartar) a las que no. Muchas veces, ocurre que alguien aparece en nuestra vida con una función específica: se trata personas que están de paso en nuestro camino, su periodicidad suele caducar, pero aun así aprenderás algo de ellas. Da igual si es bueno o malo, el aprendizaje no te lo quitará nadie. En el momento en el que hayan cumplido con su misión, el vínculo se irá apagando. Pero también están las personas que llevan toda la vida ahí, las que te acompañan sin soltarte de la mano, cueste lo que cueste. Te tocan o las eliges tú, pero no se marchan de tu lado (a priori) y me atrevo a decir que se convierten en tu punto de apoyo. Yo tengo la suerte de contar con tres pilares fundamentales.

A1 es el eterno soñador o así me gusta definirlo a mí. Transmite tranquilidad y paz, no suele alzar la voz y tiene carácter, pero es tierno, romántico y sabio, tiene paciencia y jamás se le apaga el brillo de los ojos. Rendirse nunca entró en su esquema mental y luchar hasta el final podría ser su tercer apellido. A él le debo ser tan terca y obstinada en lo que realmente quiero. es fuerte, guerrera como ninguna y altruista como ella sola, tiene más cojones que un ejército de 13890182391092 soldados y mataría por sus cachorros. Su carisma y su personalidad siempre dejan huella. Es la capitana de nuestro barco, aunque con ella, ni el Titanic se hubiera hundido. A ella le debo ser una mujer fuerte y valiente. A2 es alegría y energía, corazón y razón. Paciente y tranquilo, se altera lo justo y emana dulzura. A mí me devuelve a la tierra cuando me desespero, me hace ver la luz cuando me encierro en algo sin sentido. Ellos son mi padre, mi madre y mi hermano, mis tres súper pilares.

Volvemos al principio: nada se construye así, sin más. En mi caso, desde niña conté con unos padres que me impulsaron a hacer siempre lo que sintiera, a ser consecuente y coherente con mis acciones y a perseguir mis objetivos. Me enseñaron que las cosas te las tienes que currar, que esto o aquello no te caerá del cielo como por arte de magia y que todo esfuerzo tiene su recompensa. Llegado el momento, jamás me dijeron “no estudies esto porque no tiene salida”, “estudia no se qué, que te irá mejor”. Nunca. Tanto el mercado de la interpretación, como el del periodismo no atraviesan su mejor momento y aun así yo no lo dudé. Ellos me decían “si quieres algo, ve hasta el final, no hay nada que no puedas conseguir, cree en ello y no te rindas”. Recuerdo tener 13 años y querer ser periodista de la Fórmula 1. Mi madre corría (literal, haciendo sprint) conmigo por el pit lane del circuito de Barcelona para estar en primera fila y hacerme una foto con Fernando Alonso. Sin importar las horas al sol esperando. Mi padre se levantaba a las 5 de la mañana y juntos abríamos el circuito para no perdernos nada del domingo de carreras. Ahora tengo 24 y no me puedo quejar de cómo han ido las cosas hasta ahora (no cambio las motos por NADA en este momento). Por circunstancias de la vida, incluso cuando más difícil parecía, cuando todo se nos escapaban de las manos y no sabíamos por dónde resurgiríamos, confiaron en mí. Siempre sacando lo positivo y nunca dejando que lo negativo se apoderara de nada. Dando valor a lo que verdaderamente importaba y siguiendo hacia adelante, sin mirar atrás. Y A2… A2 es un regalo caído del cielo, el regalo “que yo pedí” (él sabe por qué digo esto). A2, siendo 6 años más joven que yo me ha hecho ver la realidad de muchas cosas, sobre todo en los últimos años. La edad es un número, él sabe ver lo que de verdad importa cuando todo se complica y eso ha sido de gran ayuda. Muchas veces me he sentido yo la hermana pequeña. Creo que es el único que aguanta mis tambaleos hasta eliminarlos, hasta hacer que la estructura vuelva a ser sólida.

Y ahora os preguntaréis: ¿por qué Irene se pone tan sentimental? Porque me entristece mucho cuando un padre, un tutor o quien sea le corta las alas a un niño. No soy madre y no puedo hablar de lo que no sé, pero si algún día lo soy, tengo muy claro que no limitaré sus ganas, ni su pasión y que haré lo mismo que hicieron conmigo: apoyarme y ayudarme. Ellos lo dieron todo y renunciaron a muchas cosas para que A2 y yo pudiéramos tener las oportunidades que ellos no tuvieron. Y no hay día que no lo piense. Sin ellos, nada.

Al final, cuando uno descubre algo que le nace de dentro, el mero hecho de no dar ni la oportunidad a que lo intente, es arrebatarle una parte de él mismo. Me gusta pensar que todos venimos a este mundo con una misión, que tenemos un rinconcito que nos pertenece y eso hay que descubrirlo. Los pilares son imprescindibles para que se construya algo con firmeza y juegan un papel fundamental hasta que llega ese descubrimiento. Yo solo puedo decir GRACIAS a A1, M y A2 por haberme dado la base más fuerte del mundo mundial.

15: Mujeres y Motos

Algo que me encanta en mi trabajo es ser mujer y poner voz a hombres. Supongo que por lo que comenté en la entrada anterior, por el hecho de que no es lo habitual. Si bien es cierto que en determinadas ocasiones no es estrictamente necesario que un hombre o mujer interpreten a una persona de su mismo sexo, hay clientes que sí que solicitan que el sexo coincida. Todo depende siempre del contexto, el gran patrón de los traductores. Sin contexto, nunca se puede generalizar, ni responder con exactitud. En mi caso, a mí me motiva mucho interpretar solo a hombres. Tiene su qué.

Este fin de semana Carles Perez entrevistó a una fan incondicional de Dani Pedrosa. Su nombre es Jeslee y su historia es bastante peculiar. Más allá de ser aficionada del piloto, esta estadounidense contó que había superado una cirugía cerebral, que había luchado para recuperarse y que tardó meses en volver a andar. Que aún le quedaba parte de ese proceso de recuperación porque le dolía el brazo, pero que Dani siempre había sido “la luz en la oscuridad”, el que le daba fuerzas para luchar día tras día en ese largo camino. También contó que ver a Dani anteponerse a las adversidades era otra de las cosas que le había hecho seguir adelante. Que si Dani podía, ella también. Esta historia fue un regalito de traducción para mí, una interpretación bonita (como la de la novia de Bautista pidiéndole matrimonio en la rueda de prensa del jueves). Y digo bonita porque de vez en cuando aparecen historias así que se salen de lo habitual, de los neumáticos, de las carreras, de los feelings con la moto… Y bonitas es el adjetivo que mejor las define. Como veis, suelo decantarme por todo lo que se sale de la norma.

Junto a Jeslee, son las mujeres a las que he interpretado en 30 Grandes Premios (de Sachsenring 2015 -mi debut como intérprete-, hasta Austin 2017). La primera fue la madre de Jack Miller en el GP de Australia, Sonya. Y alguno me dirá: eh, pero en rueda de prensa interpretas a mujeres periodistas. Sí, sí, el dato se aguanta con pinzas según se mire, pero en esos casos son preguntas simplemente, no se trata de declaraciones “largas”, por lo tanto no son “interpretaciones completas” y no cuentan como tales. Es decir, que de mis 71 ruedas de prensa y las más de 800 entrevistas a pie de pista, en hospitalities y demás, solo en 2 ocasiones he puesto voz a mujeres.

Sin duda, en un mundo (más) de hombres, las féminas también tenemos nuestro rincón y nuestro peso, y eso es genial. Mi reflexión a todo esto no es un “grito al feminismo”, ni nada por el estilo. No hay mensaje reivindicativo alguno entre líneas, todo lo contrario.  Esto me ha hecho pensar y me he dado cuenta de algo: hasta hace unos meses, creía que en general, en cualquier ámbito, la mujer siempre tiene que luchar por demostrar su valía y sentirse igual de reconocida que el hombre, que todas debíamos hacerlo. La sociedad nos lo enseña desde niñas y en miles de charlas lo oímos. En mi opinión (puede ser algo atrevido y quizás alguno/a me lea y me quiera matar), ese argumento en algunas circunstancias carece de validez (no generalizo, porque generalizar es un error, la gama de grises es infinita en esta vida). Creo que siendo mujer u hombre, cada uno y cada una ya es mayorcito/a para saber defender lo que es suyo, para hacerse respetar y saber marcar los límites. Si algo no te gusta, cámbialo. Si algo te parece mal, háblalo. Si algo sale mal, vete a por otra cosa. Seas hombre, o mujer.

En definitiva, que vayamos olvidando los antiguos estigmas. Todos somos dueños de nosotros mismos y eso nos convierte en responsables de nuestra vida. Nosotros y nadie más. El resto que hable, que diga, que opine. Y qué.

Yo estoy felicísima de ser mujer y representar a hombres.

13: Ir en contra de la norma

Escuchar-traducir-hablar y no dejar de hacerlo durante X minutos es algo complejo e inmediato, el momento en el que empiezas te impide volver atrás y requiere de una concentración inhumana. Debo reconocer que mi cabeza suele estar siempre pensando 839419231092 cosas y ser capaz de poder centrarme en una sola en cabina me sorprende incluso a mí. O quizás por eso, por tener la facilidad de pensar muchísimo, logro interpretar sin parar, puesto que es una acción en la que intervienen otras 4 acciones a la vez. El margen de corrección prácticamente es inexistente y la capacidad de reacción debe ser enorme.

Ernest Riveras tenía razón, los deportes (o en este caso MotoGP) requieren de un traductor-intérprete que cuando ponga voz a los protagonistas, “sepa de qué va la cosa”. Teniendo en cuenta que jamás he querido ser intérprete simultánea (como ya he escrito muchas veces), en algunas peculiaridades me he guiado por mi instinto, sin más. Por ese motivo, afirmo que me salto la norma, que no sigo a rajatabla lo que aprendí en la facultad porque bajo mi criterio, no funcionaría igual y estoy viendo que “saltarme el decálogo” tiene mejores resultados. Vuelvo a incidir en el hecho de que nunca había hecho interpretación simultánea, ni en la carrera, solo alguna clase teórica, pero 0 clases prácticas y en el fondo eso me ha ido mejor (aunque suene paradójico). Me gradué en 2014 y en 2015 salté al vacío en Movistar MotoGP. Al final resulta que salió bien. Y ahora, en 2017, enumero mis normas de cabina, solo válidas, quizás, para MotoGP.

  1. Traducir vertiginosamente. Me encanta. La norma dice que no, que hay que interpretar el mensaje con mucha calma y que siempre se pierden matices, que un intérprete debe hacer llegar el global con frases más cortas. No estoy de acuerdo. Si se puede traducir todo, mejor que mejor. Si da tiempo y se vocaliza, al final acabas diciendo exactamente lo que en este caso el piloto ha dicho.
  2. Regla del 98%, en lugar del 70%. Unida a la norma anterior. Según las reglas, el intérprete debe parafrasear el mensaje original. No. Nada. Con velocidad y claridad da tiempo. Por eso, yo intento transmitir siempre el 98% de lo que escucho. Esa norma también dice que hay que dejar las pausas, que no hay que llenarlas. En mi caso, a veces me va bien para “respirar” y en otros, no. Según vea. El lenguaje me ofrece la posibilidad de decir un “la verdad es que sí” a un “I think yes” (al estilo Dovi, por ejemplo) y así ocupo más espacio sin dar lugar a silencios. El discurso acaba quedando completo.
  3. Estar informado sobre la vida de las voces. Recuerdo una clase teórica en la que una profesora dijo que no se podía tener contacto con la persona a la que debías interpretar, que eso podía afectar a tu trabajo. No estoy de acuerdo. En MotoGP creo que es súper importante estar informado de absolutamente todo para llegar allí donde la tecnología a veces no lo hace. Cuando hay motos en pista, por ejemplo, en muchas ocasiones no oigo nada. Si Meregalli está hablando de la posición en la que ha quedado Valentino Rossi en la FP1 y justo en el momento en el que lo dice, pasa una moto de fondo y no se oye, yo tengo la certeza de cómo lo ha hecho Vale en ese entrenamiento y puedo “arriesgarme” a decirlo. Esto no siempre es posible y suelen ser momentos puntuales en los que tengo muy claro que me la puedo jugar, pero el tener contacto con el mundo en el que interpretas es 100% positivo. Según la norma, tampoco podría conocer jamás en persona a ninguno de ellos. Esta norma me la seguiré saltando siempre.
  4. Buscar sinónimos y embellecer el mensaje. Esta es una de mis favoritas. Se supone que yo no debería buscar jamás ningún sinónimo y debería ser muy estricta… Pero no. Si un piloto dice en 20 segundos, dos o tres veces, “I’m very happy”, yo intentaré decir que está contento, feliz, satisfecho. Al fin y al cabo, mi trabajo también es llegar a los espectadores y conseguir que la gente se enganche a mi traducción. Si logro que las frases sean más “bonitas”, supongo que acaba gustando más. Y todo esto, lo pienso sobre la marcha.
  5. La mayoría de las veces, ignoro mi voz. Últimamente no lo hago tanto, pero en general, sobre todo cuando hay motos en pista y las entrevistas no se oyen, reviento el volumen de los auriculares para poder oír bien. Eso me permite sacar traducciones de momentos imposibles y por ende, implica que no pueda oír mi voz. Tengo cierta confianza en lo que digo y tiro millas. Sin más. La norma dice que no debería tener los dos auriculares puestos, sino uno solo para oír mi voz e ir comparando.
  6. También interpreto lo que oigo a medias. No solo ocurre con las motos en pista, sino en rueda de prensa por el audio del micro o cuando un piloto habla de determinada forma. Si hay algo que quizás me crea duda, o bien generalizo (importantísimo para no cometer errores gigantes), o bien me limito a “expulsar la frase”. Los errores de interpretación se crucifican rapidísimo y no quiero llegar a ese punto (aunque sé que algún día pasará). Las reglas dicen que de eso, nanai, que nunca hay que mojarse.
  7. Ponerse en la piel. Mi favorita, ya lo dije una vez. Si el piloto o el técnico está contento, yo también y así lo interpreto. Si están tristes, pues tono más suave y tranquilo. Si están indecisos, fruto de la emoción tras una victoria y no saben qué decir… Pues titubeo, como ellos. Siempre, siempre, me meto en la piel de todos esos hombres a los que pongo voz. La norma dice que no, que eso sería subjetividad. A mí me funciona y es una de “mis normas” más potentes. Este deporte se sigue semana tras semana y mi intención es que los espectadores acaben “queriendo” la traducción. Soy consciente de que la simultánea a veces es muy criticada y el hecho de que alguien intente transmitir los mismos sentimientos que los pilotos… Es súper importante. Por eso lo hago así. Además, creo que me sale de dentro porque me encanta (y según la norma, tampoco debería encantarme tanto esto…)

Y hasta aquí. Creo que no me dejo ninguna. Suelo escuchar música motivadora antes del inicio de cada directo, siempre estoy en constante búsqueda de terminología específica y me preparo todos los datos que pueda para que mi capacidad de reacción sea mayor cuando mis oídos o mi cerebro no lleguen a escuchar/entender bien algo. No me gusta que la puerta externa del locutorio esté abierta y pido que nadie se asome a la cabina cuando estoy en directo. Acostumbro a usar siempre la misma posición del micro, mantengo la misma postura y la misma perspectiva al mirar a pantalla y cada vez más, traduzco con los ojos cerrados; eso ayuda a que me concentre más en según qué preguntas, especialmente cuando hablan de cosas muy técnicas. Si no, no. Porque recordad que si ellos se ríen… Yo también y tengo que verles la cara y las expresiones.

Un día hablaré de la interpretación de japoneses hablando en inglés; “una maravilla”.

Seguimos rodando…