59: La niña

Había una vez una niña que soñaba despierta desde bien pequeña, que tenía prisa por hablar, por leer, por escribir, por aprender más y más cosas y sobre todo, por crecer rápido. Esa prisa que la caracterizaba, para ella, tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Por un lado, le permitía ver diversas perspectivas, tener curiosidad por descubrir lo desconocido hasta ese momento y le ayudaba a ir teniendo claro qué era lo que le gustaba y lo que no. Por el otro, le hacía tener una profunda sensación de continua incomprensión. No entendía por qué muchos niños se reían de otros, por qué unos pegaban y se burlaban de los demás, por qué había que etiquetar y discriminar. Eso la ponía verdaderamente enferma. Todos esos sentimientos provocaban que llorara mucho al llegar del colegio, que se aburriera en clase y que quisiera ir siempre más allá; que se planteara el por qué de todo. La niña recuerda llorar con su padre y decirle que se sentía “diferente”. Él le contestaba que no, que era especial. Eso ella no lo entendía. El bucle no la dejaba tranquila. Aquello no había hecho más que empezar.

En lugar de menguar, con el paso de los años, esa sensación solo hacía que aumentar. Ser ella misma implicaba, a ratos, una eterna lucha y una frecuente justificación de por qué sí y por qué no. A esos momentos se fue uniendo gente estupenda y gente que no lo era tanto. Especialmente, en la adolescencia. La niña cambió de colegio, se suponía que a uno con buena reputación a nivel académico que la ayudaría a seguir potenciando sus ganas de estudiar y conseguir sus objetivos, porque la niña soñaba con ir a la universidad. En aquel colegio, el clasismo, la hipocresía, la mentira, la falsedad, el quiero y no puedo y la gente tóxica estaban a la orden del día. Buuuuuum. Golpe de realidad. La niña se encontró con personas que solo valoraban el dinero que tenían sus padres, el tipo de coche que conducían, la ropa y las marcas que llevaban puestas encima, la actividad a la que dedicaras tu tiempo libre, y, cómo no, tu físico. La niña se pasó la secundaria y el bachillerato sintiéndose el patito feo, queriendo desaparecer, sintiéndose fuera de lugar y fuera de tiempo a todas horas. Se supone que tenía amigas, unas amigas que cuando faltaba una, aprovechaban para criticarla, la que fuera. Si se ausentaba, recibía. Que le tumbaban todas las ideas cuando ella hablaba, que contaban con ella solo cuando les interesaba. Y la niña empezó a sentirse anulada, empezó a callar su voz cuando quería gritar y empezó a no saber por dónde tirar. El día a día, en muchas ocasiones le resultaba un auténtico suplicio, un verdadero agujero en el que dijera lo que dijera e hiciera lo que hiciera, estaba mal. Los juicios eran lo más habitual, las malas caras y las críticas, también. Esas amigas le decían que jamás llegaría hacia dónde ella quería, que era complicado y que no lo conseguiría. Esas amigas nunca lo fueron de verdad. Esas amigas la destruyeron por completo, la minaron de tal manera que tuvo que recomponerse desde cero. Lo único que intentaba hacer era ser eso; ella. Un día, tras un viaje al que la niña no pudo ir, esas amigas desaparecieron, se apartaron de su camino, sin más. Sin explicación. Y menos mal. Fue lo mejor que podrían haber hecho jamás, por el bien de la niña.

La niña creció. Llegó a la universidad. Conoció a gente que valía la pena, que no juzgaba, que era sencilla y transparente, que la valoraba por lo que había en su interior. La niña empezó a dejar de sentirse el patito feo y la extraña para lograr, por fin, ser ella misma, sin más. Consiguió poner fin a la relación con su primer novio, que también la había anulado por completo. La niña nunca dejó de creer en ella y fue cumpliendo todos sus sueños. Se sintió bien y feliz, completa, sin tener que ir siempre con cuidado al decir esto o aquello. Toda la tortura y los años envuelta de malas vibraciones e hipocresía habían llegado a su fin. Que ella no necesitaba tener la mayor de las fortunas para sentirse rica, porque no había dinero en el mundo que consiguiera callarla. Que todos aquellos ojos que la miraban con no sé qué maldito sentimiento, ya no iban a hacerla sentir diminuta.

La niña ya es una mujer. Camina con paso firme y sin miedo, sin importarle un carajo lo que puedan pensar de ella, al fin y al cabo es imposible gustar a todo el mundo. Qué más da. La niña no quiere cambiar, porque en realidad nunca lo hizo y es que no le da la gana de volver a tener la sensación de que alguien intenta pisarla o callarla. La niña alza la voz cuando es necesario, se ríe y se cabrea, acierta y se equivoca. La niña ya no guarda más sus cojones, porque su madre le enseñó que hay que tener, y muchos. La niña es feliz y se siente orgullosa de sí misma y cuando se encuentra con esas amigas por la calle, aunque hayan pasado 10 años, les gira la cara sin ningún tipo de reparo. Además, lo hace con la cabeza bien alta. Ellas ya le enseñaron lo que era la hipocresía y la niña no quiere tomar referencia de aquello. A día de hoy, la niña tiene pesadillas con ellas muchas noches, y la verdad es que no logra saber por qué. Quizás porque era necesario contar el cuento de la niña para dejar de tenerlas. La niña así lo cree.

A veces, más de uno y más de dos deberían ponerse un puntito en la boca antes de empezar a valorar a diestro y siniestro lo que sea, sobre otro individuo. No sabemos lo que le está pasando, lo que está viviendo, o simplemente, qué es lo que hay en su cabeza. Todos cargamos con lo nuestro, todos merecemos un respeto y un valor por lo que somos. Ni por nuestro físico, ni por nuestros resultados, ni por nuestro dinero, ni por cualquier historia del estilo. Antes de empezar a despreciar, menospreciar, etiquetar, señalar y discriminar, tan solo con pensar un segundo en cómo puede afectar lo que hagamos y digamos, podemos cambiar la manera en la que hacemos sentir a los demás. Está en nuestras manos.

A ratos la niña se sigue sintiendo distinta, pero disfruta, y mucho, de ello.

55: “Hay que dar gas en todo”. Àlex Crivillé.

Crivi

Un domingo de 1997, de excursión por algún lugar de montaña entre Barcelona y los Pirineos, mientras paseaba con mis padres, vimos a Àlex Crivillé a caballo. Solo recuerdo verle pasar y fijarme en su nariz. En aquella época, su nombre resonaba muy fuerte y yo, teniendo 5 años, solo me quedé con que había visto a un famoso. En 2014, la primera vez que hablé con Ernest Riveras (en el Gran Premio de Jerez), Crivi estaba detrás de él, sentado en el bus de Movistar, escuchando y observando lo que una loca de 21 años le contaba a su víctima de aquel día para empezar su andadura en el mundo de las motos. Al año siguiente, en 2015, 18 años más tarde de aquel paseo de domingo, empecé a trabajar en el mismo canal que el primer Campeón del Mundo español de 500cc.

Tras contactar con él hace unos meses, me recibe en su casa como si de toda la vida, amable y cálido; preocupándose de que yo me sienta a gusto. Antes de empezar la entrevista, me enseña una zona destinada a sus tesoros, un espacio en el que guarda todos sus trofeos y las motos con las que corrió, entre ellas la que le hizo Campeón del Mundo de 500cc. Mientras él va a por un café, yo me quedo observando el escenario. “Menuda satisfacción personal debe ser para él haber vivido todo esto”, pienso. El paso del tiempo se ve reflejado en las motos, en los monos, en los cascos y en los trofeos cuyas fechas datan de años antes a mi aterrizaje en el mundo. Eso hace el entorno todavía más especial. Historia pasada que da vida a su presente y por ende, al mío.

Con Crivi empezamos a hablar de actualidad. El entorno nos acompaña para poder reflexionar un poco sobre el Campeonato de este año: sentados de frente, sol y luz natural a través de las ventanas, cafelito en mano, grabadora encendida y yo en mi salsa. Después de lo ocurrido en Argentina y siendo este un tema “de paso” porque tampoco hace falta mantenerlo vivo las 24 horas del día, Àlex me cuenta que encontronazos en pista o lances de carrera con cierto grado de agresividad ha habido siempre, pero que considera que en su época, este tipo de situaciones se solucionaban más rápido, quedaban simplemente en pista y al acabar quizás ni duraban tanto, ni suponían mayor trascendencia. Al preguntarle sobre la guerra psicológica: “a Márquez le ocurrió de todo en Argentina, la carrera ya empezó y mal y acabó mal. Cuando yo corría, también había codazos en pista, pero quizás acababan los entrenamientos, cada uno se reunía con su equipo y luego si nos encontrábamos por el paddock, estábamos más tranquilos que ahora, se quedaba en un lance de carrera, todo era más humano, más fácil y había menos tensión después un incidente, por lo general. Lo pasábamos bien y quedaba ahí. En cuanto a las sanciones, tengo que decir que eso sí ha mejorado. En mi época costaba mucho que se aplicaran de manera inmediata, tenías que reclamar a fábrica, que ellos hicieran una valoración, eran menos estrictas… A día de hoy, creo que son bastante correctas dada la improvisación que hay que tener en esos momentos. Sí que es cierto que se podría dar una pincelada para delimitar alguna u otra, pero me parece que se hace un buen trabajo. En Jerez, en 1996, con la invasión a pista, yo me caí de los nervios entrando a meta y Doohan se llevó el triunfo. Ahora, en esa situación, hubieran parado la carrera y actuado enseguida”.

Es divertido escuchar la grabación de la entrevista. De todas las que he hecho hasta ahora, creo que esta es la más parecida a una conversación, por el motivo que sea. Pese a tenerlas apoyadas sobre la mesa, se expresa bastante con las manos y al menos yo, le noto cómodo. Del Campeonato y de las mayores diferencias con el pasado, también hablamos: “en la actualidad los pilotos que supuestamente no tendrían tantas opciones, ahora pueden estar más cerca de los primeros, han diseñado un Campeonato para que sea más competido, para que ciertas marcas puedan tener su oportunidad. Antes triunfaban los americanos y los australianos, y fuera de ahí, se acabó”. Y relacionado con nosotros, con los periodistas, me cuenta que ahora la cosa es más homogénea y eso sí que le parece un cambio a mejor: “a día de hoy las cosas son más sencillas, haces una comparecencia para varios medios a la vez y todo está más organizado. Yo recuerdo que tenía que hacer siempre las entrevistas individuales, para cada medio y eso desgastaba. Es algo que depende del carácter de cada piloto, a mí, por ejemplo, me costaba hablar en parrilla o en momentos cercanos al inicio de la carrera. Yo quería guardar energías para la carrera”. 

Al hablar de los nervios, de las tensiones y de la gestión de todo lo que tiene lugar en un fin de semana de carreras, entro, como siempre, en el tema de la preparación a nivel mental, de la gestión de los acontecimientos y del enfoque de las carreras (y de la vida), partiendo de la base de aquellos pilotos que se abren a contar qué recursos usan o cuáles prefieren no decirlo, o no tirar de ello: “es vital estar bien en todos los sentidos cuando te dedicas a esto y si es necesario tener a alguien que te ayude, pues tenerlo. Es importante no sentirse solo y un piloto debe rodearse de un grupo de gente positiva, que le beneficie. Antes no teníamos tantas personas para tantas funciones como ahora (refiriéndose al hecho de que en la actualidad un piloto cuenta con un “encargado” para cada función específica, más o menos). Siempre hay que dar gas, pero estar bien en el resto de niveles. Cuando es así, automáticamente el resto acaba saliendo. Y al revés: cuando no estás donde tú te esperabas, florecen los problemas y achacas la culpa a miles de cosas. Todos hemos tenido algún miedo que nos ha afectado a nivel psicológico, en algún momento. Pero ahora todo está muy profesionalizado y eso es importante. En el caso de Márquez, tras lo ocurrido, yo creo que él es consciente del nivel de pilotaje al que está, cuenta con un gran equipo humano a su alrededor y yo creo que no le condicionará a nivel psicológico. 

IMG_5823.jpgÀlex es un hombre de 48 años que se siente realizado, feliz y tranquilo, disfrutando de la familia, de sus caballos y de sus asuntos, de su trabajo en televisión y que a lo largo de los años ha ido cumpliendo sueños. Puede afirmar que ya ha hecho todo (o casi todo, por aquello de “nunca se sabe”) lo que quería hacer. El momento de su retirada, en 2002, debido a problemas de salud, fue muy duro para él. Al hablar de ello, el brillo de los ojos le cambia y se apaga un pelín. Yo no insisto demasiado en el tema, mi blog no tiene como finalidad escudriñar o evidenciar nada que implique algo de dolor para la persona que tengo delante: “el momento de mi retirada fue difícil. Ya tenía un precontrato con Yamaha firmado, debía dar aquel paso, pero quisimos esperar un poco… Sí, había tenido algún problema de salud, algún desmayo, y pensamos en mantener la calma, pero no me la podía jugar”. Le pregunto si alguna vez pensó o tuvo ganas de volver a los ruedos: “hubo un momento, cuando Doohan era director de HRC, en el que me propuso correr de nuevo. Yo estaba bien, pero ya había formado familia… Dejé ahí el tema”. Cuando me dice que se siente realizado como deportista y como persona, yo reflexiono y le comento que podríamos decir que él ha cumplido etapas y ha ido viviéndolas de la manera que tocaba, a pesar de haber tenido que retirarse antes de lo previsto, tal vez. En este punto, me refiero a aprender a lidiar entre la vida deportiva y la personal: “esperé a formar familia una vez retirado porque en activo no quería hacerlo, me hubiera perdido cosas y no hubiera rendido al 110%. Cada cosa había que hacerla en su momento y no me puedo quejar. En mi adolescencia estaba muy  metido en las motos, preparándome físicamente, etc… Y ahí quizás sí que me perdí algo, pero luego recuperé esa diversión cuando celebraba algún triunfo. He tenido tiempo para todo”. Àlex tiene tres hijos y él es el menor de cinco. Dice que siempre fue el mimado: “nadie de mi familia esperaba que mi vida fuera de esta manera, ni que consiguiera todo lo que logré; ni mi hermano, que me inició en esto. Mis padres sufrían mucho: mi padre no veía las carreras, no podía hacerlo y mi madre tampoco. Ella siempre me decía “niño, no corras”, que era como una muestra del sufrimiento que llevaba ella dentro”. El mayor de los chicos de Àlex, que lleva el mismo nombre que su padre, también probó las motos una vez, pero él mismo (el hijo) le dijo a su padre que aquello no era lo suyo: “hostia, qué suerte, cuando me dijo ‘papá, yo esto, no…’. Y se ríe: “ya me veía sufriendo, acompañándolo a todas las carreras…”. 

En nuestro mundo de las dos ruedas, que gira y gira sin parar en todos los sentidos, el riesgo y el peligro son características patentes que por mucho que se hable de ellas, cuando uno las piensa fríamente, asustan un poco. Al final, aunque todos podamos jugarnos la vida con el simple gesto de salir a la calle, en pista esa condición aumenta. Le pregunto si él cree que cada uno tiene su día: “el destino quizás sí que lo tenemos todos un poco marcado. En este deporte te la juegas más, tienes más riesgo que en otros, pero siempre puede pasar de todo. Aunque más vale ser optimista, nunca se sabe lo que puede ocurrir y yo creo que cuando te toca, te toca”. 

Después de filosofar un poco sobre la vida con Crivi, para acabar, hubo algo que me gustó mucho por la manera en la que lo dijo, con un gesto acompañado de una sonrisa que me hace pensar en mi situación actual. Le pregunté qué quería ser él de mayor, cuando era niño: “yo no quería ser piloto. Me gustaba coger la moto los fines de semana e irme por caminos, pero nada más. Vivir en un pueblo hacía que eso fuera una distracción. Mi hermano me animó a probarlo y vio que se me daba bien, pero yo no me lo había planteado jamás. De hecho, en mi prueba, me caí en un entrenamiento, me hice daño y pensé: ‘yo esto lo dejo, que es peligroso’. Pero vi que me salía de manera fácil, que tal vez tenía un don especial y que era lo mío. Aunque no, a esto no quería dedicarme. Soy un privilegiado; acabé compartiendo miles de momentos con los que fueron mis ídolos. Ricardo Tormo fue mi mánager, tuve mucha relación con Ángel Nieto… Ahora me paso el día como un ermitaño con mis caballos cuando estoy en casa y me siento muy realizado, disfrutando de la vida y del momento. Si en algún momento llega alguna propuesta de algún proyecto nuevo, quizás me enganche a ella. Mientras se pueda, daré gas en todo”. 

Señoría, no hay más preguntas. Hay que dar GAS en todo, disfrutar de la vida y del momento. Sé que más de uno me entenderá al leerme.

 

 

 

 

 

54: El perdón

De todas las acciones vistas y vividas el fin de semana pasado entre Márquez y Rossi y a tener de lo que suelo escribir en el blog, me quedo con una: el momento en el que Marc fue a pedir perdón al box de Valentino. A algunos les parecerá un gesto sincero y a otros no, en eso no voy a entrar. Pero se dirigió hasta allí. Y Valentino no quiso aceptar las disculpas. Lo respeto, como todo o casi todo en esta vida.

Hace un tiempo, hablando con mi madre, le conté que yo solía creer que pedir perdón no significaba mucho, que yo no necesitaba que alguien se disculpara en el caso de tener que hacerlo. Que el daño ya estaba hecho y que pronunciar un simple “perdón” o “lo siento, discúlpame”, no aportaba nada, ni arreglaba las cosas. Eso se lo decía porque en aquel momento había empezado a darme cuenta de que en realidad es algo muy, muy aliviador. Qué curioso, un simple término. Al menos para mí, en algunas situaciones equivaldría a sacar la varita mágica, un leve toque en forma de voz que es capaz de cambiar o calmar las circunstancias para seguir adelante sin alimentar el rencor, ni la corrosión. Aunque hay muchas cosas que encajan en la teoría del jarrón roto: cuando se hace pedazos, puedes recomponerlo pero no recuperará jamás su estado original.

Se recupere o no el estado original de las cosas, hacer saber a alguien que has dicho o hecho algo sin intención de herir es tan importante o más como hacerle saber que lo/la quieres. Normalmente es más sencillo decir lo bonito y agradable, que reconocer que has patinado de lo lindo. Pero y qué, no pasa nada por dejar a un lado de vez en cuando las corazas, las vergüenzas y los prejuicios. Todos somos humanos, todos nos equivocamos y todo o casi todo acaba teniendo solución. Y si no la tiene… La lección la aprendes seguro y tal vez la próxima vez uses la cabeza un poquito más. Considero que tener la capacidad de asumir el error es valiente y valorable, dice mucho de ti, o del que tienes delante mostrando su desnudez emocional, por así decirlo. Hay gente que le da poco valor (como yo, antes) y que lo ve como un mecanismo automático para salvar el error y nada más, pero no creo que sea así. Cada persona acarrea con su genética y su experiencia y actúa según sabe y puede, y por lo tanto ese mix incluye la opción de equivocarse.

No sé si siempre que pedimos perdón lo hacemos de manera 100% sincera y de corazón. Supongo que eso se averigua o se completa con lo que el cuerpo y la mirada transmiten, que al final comunican mucho más y engañan bastante menos que las palabras, en el caso de que estas estén algo contaminadas. Por suerte o por desgracia, la vida cambia de un momento a otro y te pone en aprietos que no se arreglan con un “perdón”. Así que mientras no sea así, mientras la vida no decida traerme algo que no dependa de mí, si con un simple gesto se puede enmendar y subsanar cualquier daño, yo me pido la primera, tanto para disculparme, como para aceptar disculpas. No hay tiempo que perder.

51: “Mientras te diviertas, tienes que estar ahí”. Antonio Lobato.

LOBATOCuando Antonio Lobato pronunció “Fernando Alonso, Campeón del Mundo” en el Gran Premio de Brasil de 2005, yo tenía 12 años. Al pensar en esos años de mi vida, lo único (o lo primero) que me viene a la mente es Fórmula 1. Y a la mayoría de mi familia, también; di muchísima guerra con el temita. Seguía este deporte desde hacia algún tiempo y mi afición fue creciendo hasta el punto de decidir que yo de mayor quería ser como Antonio Lobato. Su voz me acompañaba durante los fines de semana, se convirtió en costumbre en casa. Para mí, él y Alonso desprendían tal magia en las entrevistas y en los reportajes que yo, cual adolescente embelesada por su ídolo, quería hacer lo mismo. Las cuatro ruedas fueron mi motor, nunca mejor dicho, en los años siguientes y se convirtieron en mi proyecto a largo plazo: soñaba despierta con ser, algún día, periodista de motor.

Desde hace seis o siete meses, Antonio era uno de mis objetivos para el blog. La semana pasada, y tras a un intercambio de correos, Cristóbal Rosaleny me confirmó que podía desplazarme hasta Madrid para entrevistarle. Conocerlo en persona no distó mucho de lo que me había imaginado: cercano, amable, predispuesto, sonriente. Sus ojos transmiten mucha bondad y todo él emana bastante tranquilidad. Entrañable. Una mezcla entre timidez (según él, es tímido) y calidez. Mientras nos dirigíamos a la sala en la que iba a entrevistarle, pensé que desde el momento en el que lo veía por televisión, hasta este preciso día, habían pasado nada más y nada menos que 15 años y que ahí estaba yo, la mar de flamenquita y feliz.

Nos sentamos alrededor de una mesa redonda y me puse a buscar la grabadora y las preguntas. Aproveché ese momento para contarle por qué estaba ahí y por qué era tan importante para mí. Aunque creo que lo disimulé bien, contarle todo aquello implicó que me emocionara. No por quién es, sino por lo que significa. Mi trabajo me absorbe de tal manera que se ha convertido en algo muy normal en todos los sentidos, pero a veces me detengo y pienso fríamente en todo lo que estoy viviendo y es ahí cuando me invaden los sentimientos. Es genial, es brutal. Esa sensación se acentuó al pensar que por si fuera poco, era una entrevista “solo” para el blog, por amor al arte. Ahí me di cuenta y me repetí a mí misma que todo esfuerzo tiene su recompensa, que saber esperar forma parte del proceso y que con paciencia, las cosas acaban llegando de algún modo u otro.

En la actualidad, Antonio Lobato y su trayectoria periodística representan pasado, presente y futuro. Ya sabemos que este fin de semana volverá a los ruedos en el arranque de la temporada de Fórmula 1. Se retiró en 2015 y al preguntarle por estos dos últimos años, me contó que su vida ha cambiado mucho más desde entonces, que en los 12 que estuvo dedicándose de lleno, de arriba para abajo. “Mi vida ha cambiado por completo. Antes era, como algunas (y se ríe) un culo inquieto que no paraba. Estaba en todo: ¿planificar viajes? Si había que estar desde el lunes, yo proponía que desde el sábado anterior. Daba más de lo que se necesitaba”. Ese frenesí es todo lo que conlleva una vida dedicada a las carreras, que aunque te de muchísimas satisfacciones, en ocasiones también pasa factura. “Mira, el mayor cambio en estos dos años ha sido físico: antes tenía muchos dolores de cabeza, una vez llegué a perder el conocimiento de la tensión que tenía acumulada. Ahora tengo mucho orden en mi vida, porque con tantas cosas y tanto viaje, al final acabas descolocado. Hubo un día en el que me di cuenta de que lo más importante era mi familia y que estaba perdiéndome cosas”. Es muy común en este trabajo que desde fuera parezca que solo se lleva a cabo durante los Grandes Premios. Yo he argumentado más de una vez que no, que no solo trabajo cuando hay carreras. Los periodistas, tanto los que viajan, como los que no, estamos en la redacción el resto de la semana creando contenido, entre otras cosas. De eso, también se acuerda “cuando volvía, después de varios días fuera de casa, llegaba el día siguiente y me tiraba 14 horas en la oficina, y el siguiente, otras 14…”. 

Ese estrés y tanto ajetreo me viene como anillo al dedo para preguntarle lo que viene siendo un clásico en el blog: la gestión de la presión, de la mente. Le pregunto que si en Fórmula 1 los pilotos echan mano de ese tipo de ayuda para lidiar con los fantasmas de la cabeza durante las carreras. “Es algo que debería ser importante en la Fórmula 1, pero para algunos pilotos, la ayuda psicológica o de cualquier tipo sería una muestra de debilidad. Los pilotos son “cabrones”, killers con patas. Si pensamos por un momento: Fernando Alonso, un cabrón con patas, autosuficiente, con mucha confianza en sí mismo. Michael Schumacher, Gerhard Berger, Alain Prost, Nelson Piquet, Niki Lauda… Desde pequeños crecen sobreviviendo y pisándose el cuello los unos a los otros. Un piloto cree que él solo tiene que poder con todo. Hamilton es el ejemplo de alguien que necesitaría trabajar en eso. O Vettel. Son pilotos que en momentos de máxima tensión tienen grietas, fallan”. Señoría, no hay más preguntas (mentira, sí que las hubo). Esto es solo una muestra más de que saber discernir entre qué pensamientos nos convienen y cuáles no, debería ser asignatura obligatoria. Antonio hace muchísimo deporte y me cuenta, por poner un ejemplo, que una vez, durante la Titan Dessert, se sintió agotado y pensó: “¿qué hago aquí?”. “Por más que pedalees o tengas fuerza física, al final todo está aquí (y hace un gesto hacia su cabeza).”

Gestión, nervios, dificultades y presión al margen, Antonio es un hombre que ha podido disfrutar de grandes momentos de la historia de nuestro deporte. La responsabilidad en según qué circunstancias se acaba convirtiendo en adrenalina pura. Yo le cuento que dependiendo del día, antes de una rueda de prensa me pongo más, o menos nerviosa. Que por muchas veces que lo haya hecho, hay días en los que el miedo está ahí y no se va. Sobre eso, él me responde lo siguiente: “He vivido cosas muy satisfactorias que quizás en alguna ocasión hayan tenido importancia relativa porque estaban rodeadas de muchas otras. En Brasil 2005, recuerdo subir a la cabina y pensar: “ostras, qué tensión, ahora habrá 13 millones de personas esperando al otro lado del televisor para que yo narre esto. Si cometo un error… Pero eso es un subidón”. Confieso que mientras él habla mi atención es del 98%. Haciendo alusión a ese subidón y a ese cosquilleo, yo vuelvo a detenerme y me vienen a la mente los días en los que Márquez (2016 y 2017) se convirtió en Campeón del Mundo y yo puse voz a sus primeras declaraciones como tal. U otras ruedas de prensa de destacada relevancia. Llega un punto en el que es “un día más”, pero no, son carreras y fines de semana que marcan una fecha clave para el deporte. Y otra vez me invaden los sentimientos porque su voz evoca a “mi yo” de hace 15 años. Aquella niña que solo soñaba y soñaba sin parar. El tiempo pasa volando. Quién me lo iba a decir.

De esa niña de hace 15 años, a la de ahora. De una manera u otra y aunque a mí me parezca absolutamente increíble, Antonio y yo estamos en el mismo barco. Incluso decirlo y escribirlo me suponen cierto respeto. Él es motero, hace dos décadas se recorría los circuitos españoles, era un aficionado ilustrado de las motos. A la pregunta sobre si alguna vez le surgió la oportunidad de dedicarse a las dos ruedas: “Nunca lo pensé y nunca llegó. En cambio, sí que llegó la Fórmula 1. Yo sabía muy poco y fui aprendiendo al mismo ritmo que la gente. Conseguía transmitir sorpresa, porque había muchas cosas nuevas para mí. La gente se sorprendía igual que yo. El hecho de no saber tanto de Fórmula 1, en este caso, fue una ventaja. Entraba en el paddock y se me descolgaba la mandíbula con todo lo que veía, era como un niño pequeño descubriendo un mundo acojonante”. Y es que en realidad, Antonio quería ser reportero de guerra. Estando de prácticas le tocó elegir tres opciones: internacional, cultura y reportajes. Le asignaron deportes y ni tan mal, oye. “Siempre me quedó la espinita de haber intentado algo fuera del deporte. Muchos te miran mal, como si fueras periodista de segunda. En política, por ejemplo, quienes son noticia matan por hablarte, mientras que en nuestro ámbito, matan por no hablarte”. 

Por curiosidad, quise saber qué opina él sobre la renovación de Rossi y sobre la declaración del italiano en la que decía que muchos pilotos se retiran estando en la cumbre y que al final vuelven a la competición porque la echan de menos. “Mientras te diviertas, tienes que estar ahí. Rossi tiene clase, calidad y se lo pasa bien”. Y al hilo de su trayectoria en el paddock y al frente de las transmisiones: “Llegó un momento en el que estaba muy contaminado, ya no me sorprendía nada, ni me ponía nervioso. Ahí pensé: uy, pasa algo”. Decidió retirarse y aquí está de nuevo. En este caso creo que la llamada del retorno ha sido por parte de las carreras, que han querido que vuelva a estar ahí. O quizás se hayan atraído de nuevo mutuamente y ahora les toque divertirse de nuevo. Sea como sea, Antonio es un hombre feliz, le va bien en la vida, hace mucho deporte, ha viajado a muchos lugares, disfruta de su familia y está donde quiere estar. Ni más, ni menos, solo le faltan los nietos. Le dije que para mí, tocar techo sería entrevistar a Fernando Alonso y que si él en su juventud se marcó algo similar: “Debo ser afortunado porque he hecho más de lo que quería hacer en mi vida”. 

Antes de irme, la última pregunta a la que debía responder era si recomendaría a  Alonso que se dejara entrevistar por mí. Entre risas me contestó que el piloto suele hacer lo contrario a lo que él le dice, que es más una cuestión de suerte. Ahí queda.

Me divertí y estuve ahi. Gracias, Antonio.

 

 

 

 

PD: él también fue intérprete simultáneo de las RDP de Fórmula 1. No lo recuerdo, pero me encantó descubrirlo.

 

 

50: Confesiones

IMG_4592En septiembre de 2016 empecé este blog sin otra pretensión que la de escribir por puro placer, por tener otra motivación más, por mantener activado algo que me diera vidilla. No sabía ni de qué escribiría, ni cuándo, ni cuánto me duraría la broma. Quise dejar que las cosas fueran viniéndome solas a raíz de esto o aquello, sin saber en aquel preciso momento a qué equivalía el “esto o aquello”. Los meses fueron pasando y fluyó hasta esta entrada, la número 50. No sé si llegaré a la 60, a la 100 o a la 200, pero lo único que puedo afirmar es que en él he encontrado mi rinconcito. Mi vida ha cambiado bastante desde entonces, pero me satisface mucho ver que he conseguido mantener esa premisa: publicar cuando me nace, de lo que me sale del alma, independientemente de que pasen un día o 27 entre una entrada y otra. Este blog no es otra cosa que mi vínculo con el exterior, con los que me conocen en persona y los que no. Los primeros sabrán que lo de escribir me ha encantado siempre y que esto es un canal de explosión interna, mientras que los segundos habrán podido trazar este, o aquel rasgo de mi manera de ser, a través de mis lecturas.

Sea como sea, en la entrada de oro del blog os voy a confesar 50 cosas rápidas sobre mí. ¡Es lo que ha tocado!

  1. Nunca me planteé ser traductora/intérprete, ni siquiera mientras estudiaba la carrera. Para mí era un trampolín hacia el periodismo.
  2. No sé poner la mente en blanco. Ni pensar en una sola cosa a la vez.
  3. A los 12 años intercambiaba buenas notas por entradas de Fórmula 1 con mi padre.
  4. Conducir sin nadie más en el coche y buena música equivale a “mi momento del día”.
  5. De niña quería ser mayor para conducir, ir a la universidad, llevar bolso y tacones.
  6. Me fascina la comunicación en todos sus sentidos-aspectos-acepciones.
  7. Me encanta hablar.
  8. Azul marino o rojo como colores por excelencia.
  9. Prefiero el bullicio y el movimiento a la calma y el silencio, en general.
  10. Nunca lloro con películas, sí con canciones y algún libro.
  11. “Terca” me define bastante, aunque sé parar a tiempo.
  12. Sensible también.
  13. Edad en la que descubrí que quería ser periodista de motor.
  14. Me gusta saltarme algunas normas de vez en cuando. De hecho lo adoro.
  15. Lanzarme en plancha, me pegue la hostia o no, suele ser habitual en mí.
  16. Viajar como sinónimo de escapar, sometimes.
  17. Rendirse, a veces, no es mala opción (sí, sí, yo he dicho eso).
  18. Soy una mujer de rutinas mañaneras. Ducha-desayuno-chapa y pintura. En este orden. Siempre.
  19. Café a todas horas.
  20. El día que sea madre, si tengo una niña, ojalá tenga con su padre la relación que yo tengo con el mío.
  21. Edad con la que atraqué a Ernest Riveras para que me conociera.
  22. Edad con la que empecé a trabajar en Dorna-Movistar.
  23. Me gustan las rosas blancas.
  24. Las cosas claras, por favor. Los rodeos me ponen histérica.
  25. Si tuviera que volver a la universidad, estudiaría Historia del Arte.
  26. Valoro mucho la educación y el respeto en las personas.
  27. Dos son las veces que me han roto el corazón.
  28. Me gusta ir a mi bola, suelo disfrutar haciendo cosas sola inmersa en mis pensamientos.
  29. Diré “ya me puedo morir tranquila” el día que entreviste a Fernando Alonso.
  30. No tolero las injusticias, en ningún caso, pero sobre todo hacia alguien claramente desfavorecido en algún sentido. Eso me puede.
  31. Sinceridad como mantra, aunque callar también puede ser un ejercicio muy sincero y sabio.
  32. No suelo arrepentirme de nada. Si lo hice, era porque me apetecía.
  33. No soporto hacer algo a medias.
  34. Concentrarme en una sola cosa me cuesta la vida.
  35. Mi primer concierto fue el 13 de julio de 1999 en el Palau Sant Jordi: Backstreet Boys. Mi prima dice que me dormí (tenía 6 años), yo no he querido creérmelo jamás y sigo sin creerlo.
  36. Soy mi peor enemiga. Teliiiiiita. La impaciencia a ratos me supera.
  37. Me encanta cuando en una rueda de prensa “hay jaleo” entre los pilotos.
  38. Vivo soñando, a todas horas. Pero bajo rápido a la tierra.
  39. Me canso rápido de algunas cosas. Eso provoca que tenga pájaros de todos los tamaños revoloteando por mi mente buscando y creando proyectos nuevos.
  40. Playa en verano. Grandes ciudades y montaña, en verano y en invierno.
  41. Soy observadora y meticulosa. Necesito mucho orden “en lo mío”.
  42. Me encantaría viajar con el mundial.
  43. Me considero tranquila, pero nunca estoy quieta.
  44. Acabé 2017 derrapando y empecé 2018 de la misma manera, pero lo estoy salvando bastante bien, al estilo Márquez.
  45. Creo que en esta vida hay que aprovechar las oportunidades en lugar de encantarse con los fantasmas del pasado o los que puedan aparecer en el futuro.
  46. Vino blanco.
  47. Si pudiera, dedicaría todas mis horas a aprender idiomas.
  48. Que me proponga algo significa que, si tiene cierto sentido, haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlo. Cueste lo que cueste. Lo típico de “cuando se me mete algo entre ceja y ceja…”
  49. Soy feliz en un circuito.
  50. Gracias, en cualquier idioma y a cualquier hora de cualquier día de la semana, a todos los que me leéis y me “seguís” en el blog. Me inunda de amor ver que personas que no conozco de nada se toman la molestia de leerme. No os imagináis hasta qué punto me llena.

 

 

 

 

49: S de Sinceridad

En un arranque propio de la incontinencia verbal que me caracteriza, sentada frente a la pantalla estoy de nuevo. Esta es la muestra fehaciente de que solo escribo cuando me apetece y cuando literalmente algo en mí lo necesita y me lo pide, a pesar de haber publicado hace 4 días. Por si no lo había dicho o no se había notado, creo que escribir es una de las cosas más bellas del mundo porque permite expresar de manera ordenada lo que (en ocasiones) nos dejamos por el camino. Y lo mejor de todo: a mí me da la libertad de dar rienda suelta a mis pensamientos e ideas sin límite, ni limitación alguna.

Hace unos años conocí de verdad lo que significa la sinceridad y ser sincero/a. Saliendo de una época dañina y estando a las puertas de una de las mejores experiencias de mi vida (la universidad), descubrí que no tener miedo a decir lo que uno piensa, no solo era el elemento más placentero de la comunicación, sino que también me ayudaba a construir mi camino sin nada que lo pudiese contaminar. Sin remordimientos, ni ataduras, ni tempestades de las que te provocan insomnio. A día de hoy, adoro y valoro muchísimo esa cualidad en las personas: la desinteresada bendición de alguien que se atreve a ponerse frente a ti y emitir cualquier enunciado sin temor a tu reacción, desnudando su parecer y sus opiniones. O simplemente dejando ver nada más y nada menos que la realidad. ¿Estamos preparados para escuchar cualquier respuesta? Obvio que sí, no nos vamos a quedar en el sitio por oír la verdad, que nos agrade… Eso ya es otra historia. A algunos asusta y a otros, alivia. Quizás por una cuestión de educación, de valores, de ideas, estrategias o distintas maneras de ser (no lo sé y no me apetece entrar en materia para discutir por qué los humanos actuamos así), lo que en este caso, para mí puede equipararse a un estado de gracia, para otros puede ser el enemigo.

Pero no lo es. En todo caso, debería considerarse una aliada para avanzar en nuestro trayecto. Actuar con sinceridad (y recibirla también a cambio) es una muestra de respeto impagable. Nos guste o no, cada persona ha vivido X momentos que le han hecho como es. La inseguridad, las diferencias, el qué dirán de lo que uno piense, las manías y las dificultades no deberían ser motivo de vergüenza o de privación a la sinceridad. Yo prefiero llamar “diversidad” a esa enumeración de sustantivos. No pasa absolutamente nada porque algo no sea como nosotros pensábamos o deseábamos, no hay ningún problema grave en alzar la voz para decir lo que nos hace felices y lo que no, para resolver las dudas o los conflictos internos que nos rondan desde hace tiempo por la mente. Todo es mucho más fácil. Ahora bien, también es necesario saber encajar los golpes de vez en cuando. Pero tampoco ocurre nada, en ningún lugar dice que nuestro día a día deba ser un camino de rosas. Tiene que haber de todo, digo yo. En ocasiones nos complicamos la existencia al coartar nuestras verdades y realidades. Todos tenemos una, o unas cuantas, y no deberíamos sentirnos mal por ello, bajo ningún concepto. No sé si llegados a este punto he sido capaz de poner en pie lo que para mí es la sinceridad, pero yo agradezco enormemente todas aquellas personas que son sinceras conmigo, que me dicen lo que hay y que acceden rápidamente a su verdad en el caso de que yo la requiera. O sin preguntar, da igual. Valoro muchísimo tener delante alguien que no se esconde, ni manipula su auténtico “yo”. Lo que es, es lo que es. Lo típico de “en lo bueno y en lo malo”. Tal vez la sinceridad sea el barómetro del nivel de respeto y cariño. Y revirtamos la situación: atrevernos a ser sinceros igual nos lleva a la luna (dale tú el significado que quieras). Aunque, ¿todo el mundo merece el mismo grado de sinceridad? Porque es cierto que hay grados. Pues no lo sé. Supongo que eso va en función del nivel de relación con los que intervienen en tu sinceridad. O no.

Sentirse libre, tranquilo, sin nada pendiente, sin nada en el tintero, poder vaciar un poco esa maldita mochila que nos acompaña y que aumenta con el paso de los años, almacenar y eliminar lo que nos corroe para dar paso a la satisfacción y a la paz interior, compartir y discernir entre lo que me llena y lo que no, y rodearme de personas que valen la pena. Eso es lo que intento hacer yo y eso es lo que me ha aportado a mí la gente sincera. Cuesta y no siempre es sencillo dispararla, pero incluye cierta calidad de vida. Hace muchos años a mí me suponía escalar una montaña el hecho de tener los santos cojo*** de decir de la A a la Z. Perdí el tiempo de lo lindo, la verdad. Qué más da. Ahora creo que, a veces, me paso de sincera. Pero no lo puedo controlar, y diría que tampoco quiero. Marca de la casa. A la piscina, en plancha, haya agua o no.

 

 

(Después de todo lo anterior, creo que me he dejado lo más importante: lo primero es ser sinceros con uno mismo)