37: “Soy feliz con lo que hago”. Dakota Mamola.

Coincidí con él durante el Gran Premio de Cataluña y hace unas semanas le escribí para entrevistarle. De Dakota me llamaba la atención que fuera joven y ocupara un trabajo muy específico en el Mundial: el assistant de Cal Crutchlow. Si pienso en Cal, inmediatamente me vienen a la mente su ironía y sus juegos de palabras en rueda de prensa. Esos ojos fijos que a ratos no sabes si están haciendo uso del vacile o te están siendo tan sinceros que mejor que te eches a correr. Un piloto así tenía que tener al lado a alguien que supiera manejar ese carácter.

El viernes pasado me fui hasta Sitges para hablar un rato con Dakota porque tras leer e indagar un poco sobre su vida, me resultaba curioso que tuviera las cosas tan claras y quería saber más. Si alguien me ha leído alguna vez, sabréis que yo suelo moverme por vibraciones en cuanto a las personas, que me dejo guiar por lo que transmiten y Dakota desprende mucha energía, alegría, buen rollo y vitalidad. Es expresivo y sonríe la mayor parte del tiempo. A simple vista, cualquier persona pensaría que es un guiri total por el pelo tan rubio y la tez clara, pero si se le oye hablar en español, nadie lo diría. Obvio, ¿no? Nació aquí, normal que no se le note. Pues no es tan obvio: Dakota tiene nacionalidad española, pero se siente americano. Aunque si le preguntas sobre dónde considera que está su hogar… La respuesta es ‘aquí’. Llegó al mundo pisando fuerte en 1994, dos semanas antes de lo previsto porque su madre, Barbara, se cayó y rompió aguas. En su casa bromean al respecto.

Sentados en el jardín exterior de un bar de Sitges, me cuenta que su pasión por las dos ruedas empezó como algo natural, algo que le salía de dentro, que no tenía nada que ver con ser “hijo de”. Dakota tiene muy buena relación con su padre, Randy, pero es más de su madre. Él fue el primer hijo del matrimonio americano-belga y más tarde llegó Taylor, su hermana pequeña. Más allá de ser muy familiar y cercano es un tipo crítico, sin pelos en la lengua y agradece que su padre jamás le dijera que se dedicara a esto, o aquello. Que si las motos le hacían feliz y disfrutaba corriendo, adelante, que eso era lo más importante. Me comenta que hay muchos padres que le dicen a su hijo lo que tiene que hacer y por eso se siente afortunado de que en su caso fuera todo lo contrario. Lo único que Randy le pidió es que primero acabara el bachillerato. A partir de ahí, vía libre para dedicarse de lleno a la competición. Y ahí, es donde las cosas, de momento, no le han salido del todo como a él le gustaría. El apellido no le ha dado más que eso, un apellido. El talento, la velocidad y las aptitudes son cualidades suyas.

Dakota ha corrido en varios Campeonatos (el año pasado lo hizo en Superstock 600, dentro del marco de MotoAmerica), pero nunca ha estado más de un año en el mismo. Eso ha significado lo siguiente: por un lado, le ha permitido acumular experiencia en modalidades diferentes, algo que amplía su bagaje, pero por otro, no le ha dado la opción de acabar de “rematar”; en cuanto se adaptaba y empezaba a sentirse más cómodo, al año siguiente competía en otro Campeonato. Le pregunto que cómo vive él el hecho de no tener (de momento) esa oportunidad que anhela para correr en el Mundial. Se lo pregunto con prudencia, sin querer sacar ningún tema que pueda  tocarle la fibra más de lo necesario porque no me apetece incomodar a nadie, pero él no titubea y se mantiene firme: “no corro porque hace falta muchísimo dinero para hacerlo”. En ese momento, le escucho con asombro por la madurez con la que responde a un tema peliagudo. Sin tener que meditarlo mucho, sienta cátedra con argumentos muy sólidos y coherentes. “Esto ya no es como antes, ahora se necesita muchísimo dinero para poder correr y no siempre hay patrocinadores dispuestos a pagar. Cada vez más, las plazas del Mundial las ocupa el que más paga y eso es una lástima porque hace que sea mucho más difícil acceder. Sé de gente que incluso ha vendido su casa y a veces, hay pilotos muy jóvenes que no son conscientes de todo lo que eso significa. Mi padre me dio la opción de poner el dinero, pero fui yo el que dijo que no. Ni quiero tener esa presión, ni quiero que sea él el que se gaste esa cantidad tan enorme porque, al final, esto es como apostar en el casino: puede ir bien, pero también puede ir mal. El 80% de lo que hace un piloto tiene que ver con la mente y si no eres feliz, si corres con presión o con preocupaciones, es imposible que vayas rápido. Si yo supiera al 100% que sería capaz de hacer lo mismo que Márquez, le diría que sí, pero no es así. Esto es un círculo y si pones dinero una vez, sabrán que puedes hacerlo y siempre te acabarán pidiendo más”. Con su discurso, yo sigo atenta, analizando sus gestos y la manera en la que se explica. Dakota es seguro, sabe lo que quiere y lo que no. Sigue hablando: “Por eso, muchos pilotos se van a correr a otros países, porque así pueden ganarse la vida siendo felices y llevando a cabo su pasión”. Y pone el caso de Toni Elías.

Yo siempre digo que hay que luchar hasta el final, que jamás hay que dar nada por perdido hasta que se agotan las opciones y al parecer, Dakota también se rige por algo parecido. Ya trabajó con Cal en 2015. “Trabajando con él, estoy más cerca de conseguir una oportunidad para correr y ahora soy feliz con lo que hago”.  Se encarga de que al piloto del LCR Honda no le falte absolutamente de nada. Sabe cuándo debe dejarlo tranquilo y cuando tiene que estar a su lado, le prepara todo el material para que esté listo cuando salga a pista y está siempre disponible de un lado a otro. Sobre todo ahora que, tras la paternidad, Crutchlow no siempre viaja acompañado de Lucy. A Dakota le gusta trabajar con él porque es divertido, dice que si no, se aburriría. Para él, Cal es un amigo y lo considera uno de los pilotos más peculiares y complejos. Valora mucho que sea sincero y directo, igual que él. Aunque a veces cueste, Dakota sabe separar la amistad del trabajo y actúa en consonancia en todo momento. Parece tenerlo todo controlado, milimetrado, sin margen de error. Sea como sea, habla de su trabajo con una sonrisa dibujada en la cara y eso no tiene precio. En términos generales, no quiere dedicarse a nada que no sea el Mundial. Es su vida, su pasión (y yo eso lo comparto, lo entiendo y lo suscribo).

Antes de acabar, le pido qué es lo que le pone a él la piel de gallina y qué es lo que más le gusta (y lo que menos) de las personas. A Dakota le eriza la piel ver a alguien de su entorno conseguir algo por lo que lleva tiempo luchando, o al revés: ser él el que logra algo tras perseguirlo sin cesar. Lógica y bonita respuesta, pero más aún cuando responde acerca de las personas: no le gusta la gente que se cree superior a los demás, la gente engreída, o la gente cerrada. A él le gustan las personas abiertas, humildes, divertidas, sinceras, que digan y hagan lo que les de la gana, que sean auténticas. A esa respuesta yo me veo obligada a darle un 10. Creo que hace falta mucho de todo eso en el mundo.

Y para que os hagáis una idea de lo importante que es tener una motivación: él necesita tener siempre un objetivo. Funciona así. A día de hoy, es volver a correr y puesto que nada cae del cielo, entrena a diario 3 horas para estar listo físicamente por si llega esa oportunidad. No se sabe cuándo será, pero él ya estará preparado. Tiene muy, muy claro que si se lo propone, puede conseguir lo que quiera.

Si alguien se deja caer por Sant Pere de Ribes, que se pare a comer algo en el Pizzarrón. Allí hay una pizza que lleva su nombre. De hecho, su primer trabajo fue de pizzero, con 16 años, en ese restaurante. El dueño adora a Dakota y tienen puesto Movistar MotoGP en la tele. ¿Estupendo, no?

34: “Con una mirada nos entendemos”. Vicki Navarro Valiente.

Vicki y yoPoned su nombre en Google. Lo más probable es que no deis con ella. Punto importante por el cuál quise saber más. Y es que Vicki es una gran mujer que suele pasar desapercibida, pero si la conoces, llama la atención tan solo al oírla hablar. Es pequeñita, rubia, tiene los ojos saltones, una voz súper bonita y llena de fuerza (desde que trabajo con mi voz me fijo muchísimo en las voces) y emana bondad y ternura. Precisamente por eso que transmite y por haberme sorprendido tanto su discreción, supe que quería entrevistarla para el blog. Ella es fuerte, positiva, urbanita, vive cada día como si fuera el último y no le tiene miedo a nada; ya lo dice su segundo apellido, “Valiente”. Coincidimos por primera vez el 4 de marzo de este año en Andorra, durante el fin de semana de la presentación del Reale Avintia Racing. Cuando nos presentaron y supo que yo era la traductora de Movistar MotoGP, me dijo con una sonrisa: “ay, ya decía yo que tu voz me sonaba”. Me hizo muchísima ilusión aquel detalle (lo de siempre: yo sigo creyendo que casi nadie me escucha). A todo esto: Vicki es, nada más y nada menos, la mujer que le dio la vida a Alex Rins (y más tarde, a Alba, la pequeña de los hermanos).

El sábado del GP de Japón, tras las casi 11 horas de directo nocturnas, puse rumbo a Valdealgorfa para tomar un café con Vicki. Llegué donde nos habíamos citado y lo primero que me dijo fue: “¡Irene, que ya ha pasado casi un año desde la última vez!”. Me fascina lo rapidísimo que pasa el tiempo si cuentas por Grandes Premios, en lugar de por meses. Nos sentamos en el pórtico de El Claustro, un bar que conserva el patio interior de un antiguo convento que da nombre al lugar. Estuvimos algo más de una hora charlando y debo decir que fue muy emotivo.

Vicki nació en Barcelona en 1966 y de niña quería ser piloto de avión para viajar y ver mundo. En el colegio le sugirieron que se dedicara a algo relacionado con el turismo, pero ella seguía con la idea de ser piloto de avión. Lo tenía muy claro; hasta tal punto que se informó de dónde tenía que estudiar para llevarlo a cabo y se lo planteó a sus padres de verdad. Pero llegado el momento, tenía que mudarse a Madrid, debía tener un tutor, valía mucho dinero… Y al final, fueron sus progenitores los que la hicieron pensar un poco. Puesto que ella misma cuenta que siempre fue “una empollona” acabó estudiando Derecho. Y se dedicó a ello hasta hace un par de años. En su primera etapa como abogada, ejercía en el departamento de Oficio e iba para arriba y para abajo haciendo guardias. Paréntesis: por si no lo he dicho, me encanta la gente. Me encanta escuchar historias así de las que no tenía ni la más remota idea. Es muy enriquecedor. En este caso, lo bonito es que si bien al principio Vicki es algo más reservada, en cuanto se siente algo más cómoda la conversación fluye sin tiempo, ni limitación. Le van viniendo cosas a la mente y como todas son nuevas para mí, me fascina aún más. Cierro paréntesis.

Quizás por aquello de que los polos opuestos se atraen, Vicki se casó con Rafa Rins, un hombre extrovertido y llamativo al que sí estamos más acostumbrados a ver por la tele. Se conocían de toda la vida, desde niños; él era amigo de sus primos (Vicki solo tenía primos) y jugaban juntos. Sus caminos se volvieron a cruzar siendo adolescentes en un curso de esquí y hasta día de hoy. En 1993 se casaron y al cabo de dos años llegó Alex. Es gracioso porque a medida que vamos hablando, van saliendo anécdotas y me cuenta que cuando estaba embarazada de él, en aquel momento hacía guardias en el trabajo y a veces se encontraba en una comisaría con el detenido, tal vez tenía que ir al juzgado y casi siempre la dejaban pasar antes por ir con el bombo. Y ella no decía que no. Lo cuenta de manera muy expresiva y me resulta divertido. Tiene mucha vitalidad y energía. Vicki se define a sí misma como una persona sencilla y sensible, de casa. Es cercana. Alex se parece mucho a ella, tanto físicamente, como por lo que cuenta. Y Alba, al padre. Una chica con las cosas claras y muy determinada.

Vicki y Rafa solían salir en quad y cuando Alex tenía 3 años, le regalaron uno pequeñito para él, porque a Rafa le hizo ilusión. A Alex también, pero pronto descubrieron que había algo que le gustaría más. La hija de unos amigos suyos tenía una moto: aquello convenció más a Alex y el quad quedó en segundo término. Entre una cosa y la otra, el mayor de los Rins-Navarro estuvo dos años (de los 3 a los 5) pidiendo una hermanita. Tenía que ser “hermanita” y tenía que llamarse Alba. Dicho y hecho. Durante el embarazo, Vicki me cuenta con los ojos llenos de amor que Alex le hablaba mucho a su hermanita incluso antes de que naciera, que tenía muchísimas ganas de que llegara. Y Alba, de pequeña, fue todo lo contrario a Alex: él era “travieso” para comer, un niño muy inquieto y activo… Ella iba sola, prácticamente. Una niña buena, tranquila, que sacaba y saca muy buenas notas. Por detalles y anécdotas, desde siempre han ido los 4 a una: cuando Alex tenía una carrera, padre e hijo estaban en pista y madre e hija donde hiciera falta, ya fuera en el coche esperando y jugando, como ocurrió una vez en Navarra (las condiciones no eran las más favorables) o en algún otro sitio. Y en verano, cuando las amigas de Alba quizás habían estado de viaje o en la playa, ella había visto “el circuito de Portugal”. De hecho a Alba, le encanta la velocidad y de vez en cuando sale con su hermano. Una vez, un mecánico de Alex le preparó una moto a ella, para que también empezara a correr de forma profesional, pero era muy grande para ella en aquel momento y acabó usando la de su hermano cuando empezó. Mientras Alex entrenaba, Alba pasaba ese tiempo en el parking corriendo en moto acompañada por Vicki. Lo que decía, 4 que han ido siempre a una.

Desde el nacimiento de su segunda hija, Vicki trabajó en la Generalitat de Catalunya, en el departamento de Justicia como abogada de oficio, ayudando a aquellas personas que no pudieran permitirse ese tipo de servicios. A ella le encantan las personas, le gusta mucho comunicarse y el contacto con la gente.

Ahora viene la parte más bonita (o al menos, para mí). Vicki y Alex tienen una relación muy especial. Ella necesita estar cerca de él en las carreras, pero no necesariamente a su lado o en el box. Simplemente el uno sabe que cuenta con la presencia del otro y que así, todo irá bien. E incluso ella evita cruzarse con su hijo antes o después de según qué momentos, porque sabe que con tan solo una mirada, saben lo que piensan y no quiere que eso interceda jamás en el trabajo de su hijo. Evita que las emociones puedan afluir y así se asegura de que cada cosa, a su momento. Primero el trabajo y luego, lo demás. También discuten, como cualquier madre e hijo porque Alex tiene carácter, pero ella siempre ejerce su papel de mediadora en la familia. Pone paz y me lo creo, transmite mucha. No se considera una madre protectora, de hecho, nunca ha impedido o prohibido a sus hijos que hicieran algo, sino todo lo contrario: que elijan, pero que cumplan con sus obligaciones también. Ella misma me cuenta que hay veces que la paran por la calle y la gente le dice que tiene dos hijos fantásticos. “Pues no lo habremos hecho tan mal”. ¡Pues no! Esa es una de sus mayores satisfacciones como madre.

Lo pasa mal cuando Alex está en pista, pero es positiva y se dice a sí misma que todo saldrá rodado. Y si no está en el circuito, necesita saberlo todo: qué neumáticos lleva, qué tiempo ha marcado, en qué curva está en cada momento, etc. Todo, todito, todo. Como ya he comentado antes, ella no le tiene miedo a nada, vive el día a día al máximo y hablando de esto, se emociona. Ese momento fue impagable para mí. Sigue contándome y dice que al final, de todo se sale, excepto de una enfermedad o cosas muy graves, que por eso no pierde el tiempo en lamentaciones. Alex también parece ser como ella, cuando ha tenido alguna lesión, más allá del infortunio, se ha limitado a hacer lo que le dicen los médicos paso a paso, sin hundirse ni pasarlo excesivamente mal. Una cosa tras otra, y finiquitando asuntos.

Y la pasión de Alex por las motos… Es muy probable que venga de su abuelo materno, al que no conoció porque falleció a los 54 años siendo Vicki joven, pero al que le encantaban las motos. Ella lo lleva en los genes y a Alex lo llevó 9 meses dentro… Así que algo le habrá traspasado.

Esta entrada es solo un ¡hasta pronto, Vicki! Aún queda la abuela Pura, que al parecer domina todos los datos habidos y por haber en lo que a las motos se refiere. Habrá que ir a verla, ¿no?

32: “Porque la vida te lleve por un sendero, no tienes que volar más alto”. Roser Alentà.

Roser Alentà.La conocí el 17 de diciembre de 2016, durante el Superprestigio dirt track en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Cuando nos presentaron, ella me dijo que yo le sonaba de los circuitos, que me tenía vista. Yo no viajo y el año pasado solo pisé el Circuit de Barcelona-Catalunya el jueves de Gran Premio, y el Ricardo Tormo de Valencia durante los días de test posteriores a la última cita de la temporada. Pero daba igual, ¿cómo iba a llevarle yo la contraria? Fue solo un momento y tampoco dio tiempo para más. Hace un tiempo empezamos a seguirnos por Twitter y un día, fruto de uno de mis venazos, le escribí un mensaje privado. Me apetecía entrevistarla para el blog. Para mi sorpresa, Roser Alentà sabía quién era yo. Hace un par de semanas fui hasta Cervera y me tomé un café con ella.

Adelanto que no me gusta el formato pregunta-respuesta en entrevistas escritas puesto que me parece algo frío, demasiado formal (o al menos para mi blog). Precisamente por esos matices tampoco quise entrevistarla en la tienda de merchandising oficial de Marc y Álex. Mi idea y lo que de verdad me apetecía era conocerla a ella, a Roser. Saber de su vida, más allá de ser la madre de Marc y Álex Márquez.

Baja del coche con una sonrisa y me dice: “mira quien está aquí, ¡Irene!”. Como si nos conociéramos de toda la vida. Cariñosa y amable, sonriente y alegre. Tras encontrarnos, nos vamos a tomar un café a un bar “de toda la vida” de Cervera. Había poca gente en aquella plaza a esa ahora. Al sentarnos, lo primero que me dice es que yo siga traduciéndolo todo, que así se entera, que no deje nada sin traducir. Eso me hace reír y ayuda a que me sienta más cómoda en un entorno que no me es familiar. De las preguntas que llevaba preparadas, acabaron saliendo 20 más, por lo menos; me lo puso fácil.

Lo primero que le pido es que me defina quién es Roser Alentà. Ella me cuenta que es una persona normal, como otra cualquiera, que viene de una familia “de pagès” (de payés) como decimos en Catalunya y que es sencilla, como cualquier otra persona. De niña quería ser policía, le hacía gracia, pero aquello le duró poco. Dice que siempre se cansaba de todo, que dejaba las cosas a medias y que era una mala estudiante. Se define en aquella época como “más gamberrilla” y al decir esto se ríe de nuevo. Roser tiene una risa contagiosa. Transmite cercanía y entusiasmo. Yo me suelo mover por vibraciones y la vibración de Roser vale la pena. Es enrollada, divertida.

Una vez ya tenía situada un poco su infancia, voy a la siguiente etapa. Roser conoció a Julià en una discoteca, el icónico Big Ben de la localidad de Mollerussa, (Lleida) y cuando lo vio, pensaba que él era de Palma de Mallorca por la matrícula de su coche “PM”. Por lo visto ella le decía a sus amigas: “eh, tías, ¡que este verano nos vamos a Mallorca, ya veréis!” Y al final, nada, oye, de Cervera. Esta parte de la entrevista es divertidísima. Gesticula mucho al recordarlo y se vuelve a reír, y yo con ella. Al cabo de dos o tres años decidieron casarse, pero tuvieron que posponer el enlace 12 meses más porque poco antes de la fecha prevista, el padre de Roser, con el que tenía muy buena relación, falleció. Llegada la fecha se casaron, y en 1993 llegó Marc. El primer hijo del matrimonio fue fruto de la inspiración después de la victoria del Barça en la final de la Copa de Europa disputada en Wembley, la que sería la primera en el palmarés del club, en el olímpico 1992 (el año que también me vio nacer a mí). Con tantas dosis de alegría hicieron a Marc.

Ahí la vida de Roser empieza a cambiar. La mujer risueña, alegre, espontánea, divertida y directa, se convirtió en mamá. A los 3 años, su primer hijo pidió una moto para reyes. Y ella, conocedora de los genes familiares que le había traspasado a su hijo, pensó que se cansaría pronto, que como a ella de niña, aquello se le pasaría rápido. Pero no fue así. A Marc empezó a picarle el gusanillo y tenía claro lo que le gustaba: correr, pero con contrincantes. Nada de Enduro ni cosas en las que sales y tiras solo. Si no había competitividad, Marc no disfrutaba igual. Le pregunto si el segundo embarazo fue cosa de que Marc quería un hermanito o que ellos querían ampliar familia. En este caso fue lo segundo y cuando descubrieron que era otro niño pensó: “mejor, ya lo tengo todo encaminado”. Me cuenta que Álex es más “chinchón”, que, en contraposición a Marc, es más picajoso y que Marc es siempre el que la defiende más en casa. Al principio Álex decía que quería ser mecánico de su hermano mayor, que él estudiaría eso. Pero no cabe decir que la cosa no acabó así, ¿no? Pues eso, Roser es madre de dos Campeones del Mundo.

Llegados a este punto, yo me intento poner en su piel e indago un poco más: ¿hasta qué punto le ha cambiado a ella la vida con dos hijos pilotos?, ¿tiene más o menos miedos? Ella no titubea: sufre, porque una madre sufre y más cuando se juegan la vida los dos, respira tranquila cuando acaba la carrera de uno y otro y entre risas bromea diciéndome: “cuando hay lluvia o hay motivo de parar alguna carrera, siempre le digo a Carmelo -¡cancélala, Carmelo, cancela la carrera!-“. Ella prefiere ver los Grandes Premios en casa, sola, sin que nadie la moleste y sin que nadie la ponga más nerviosa. En casa se siente bien. Acude a los Grandes Premios españoles y a un par más, normalmente los italianos, pero sufre mucho. Y sí, su vida ha cambiado porque ahora hay cosas que más allá de representar a Roser Alentà, representan a la mamá de Marc y Álex y eso ella lo tiene en cuenta. Pero es la de siempre, ya que considera que no porque la vida te haya llevado por equis senderos, hay que volar más alto. Ella es la misma mujer que ha sido siempre.

Una vez escribí sobre lo que a mí me ponía la piel de gallina. Al preguntarle a ella qué es lo que la hace vibrar de ese modo, me da una respuesta súper bonita: cuando un crío se acerca a uno de sus dos hijos y ellos lo cogen y se hacen una foto, Roser casi que se aparta para que no la vean emocionarse. Debe ser muy fuerte para una madre ver que sus hijos son el ejemplo a seguir por las futuras generaciones. ¡Qué bonito! Mientras lo cuenta es a mí a quien se le pone la piel de gallina.

Bajo mi punto de vista, con distancia, y a través de mi experiencia, mientras hablo con ella reflexiono y veo que en el ámbito que sea, todo esfuerzo tiene sus sacrificios. Durante muchos años ella y su marido dedicaron todos los fines de semana a llevar a sus hijos a las carreras. Ni vacaciones, ni nada. Cuando iban a la playa, los niños enseguida querían subirse en moto. Supieron inculcarles los valores adecuados de la manera apropiada para que a día de hoy los sigan manteniendo. Marc lloraba de pequeño si en el colegio, tras una carrera, la profesora y sus compañeros de clase le aplaudían o cosas así. Él quería pasar desapercibido. Eso también dice mucho de la manera de proceder. Cuando no querían correr, no lo hacían y punto. Supongo que por el hecho de haberles enseñado a hacer las cosas con el corazón y con pasión, han llegado lejos. O al menos esa es la sensación que tengo tras hablar con ella. Obligar a los niños a hacer algo, no creo que sea buena idea. Ellos dieron en el clavo. En algunas cosas me recuerda a mi madre. ¡Qué buena cosecha la de madres de 1965-1966!

Y si alguien tiene alguna duda sobre los horarios de las carreras… Que le pregunte a ella directamente. Es la fan number one de toda la programación de Movistar MotoGP. Lo ve absolutamente todo de jueves a domingo. Me atrevería a decir que si le preguntamos los horarios de la publi… ¡también acierta!

Me dan la vida los momentos así. Le estoy eternamente agradecida.

 

11: Oscar Gutiérrez y el trabajo en equipo

Hay gente que transmite. Gente que “te da vida”, personas con las que sabes que nada malo puede ocurrir porque todo lo que te aportan o transmiten es positivo. Una cuestión de feeling: con ellos te sientes a gusto y las horas pasan volando, darles la mano o un abrazo pueden llenarte de energía y eso el cuerpo, lo sabe. De ese tipo de personas intento rodearme yo. Con Oscar y Manuel fue así desde el principio (¡y luego llegó Fabi!).

Conocí a Oscar Gutiérrez en el aeropuerto de Groningen, el martes de la semana del Gran Premio de los Países Bajos de 2014. Yo esperaba a que viniera a por mí uno de mis jefes de la empresa de merchandising y entre llamadas y esperas, vi a un padre y a un hijo que igual que yo, tenían como destino final el circuito de Assen. De mi avión también había aterrizado gente del club de fans de Maverick Viñales y uno de ellos, el Canguro (al que ya conocía de otros GP’s), me dijo que tanto Oscar como su padre, Manuel, iban al circuito. Nos presentaron, yo les traduje cuatro cosas para que pudieran recoger el coche de alquiler y ellos me hicieron el favor de llevarme hasta el circuito. Recuerdo que el trayecto fue súper curioso; no nos conocíamos de nada y hablamos un montón. Oscar corría en la Red Bull Rookies Cup y su padre le acompañaba a todas las citas del año. Eran y son una fotocopia. Misma mirada, mismo brillo en los ojos, misma sonrisa. Tal para cual.

Nos dimos los teléfonos y no sé si volvimos a vernos en Assen, pero al cabo de dos semanas sí que nos encontramos en Sachsenring. Manuel vino a verme un par de veces a mi tienda, estuvimos hablando de trabajo y de futuro, y él me decía: “Irene, acuérdate de mí, ya verás  tú de aquí a unos años”. Y la cosa quedo así. No volví a verles hasta hace un par de semanas. Hasta entonces, cada vez que en Movistar+ retransmitíamos la Rookies, yo lo buscaba entre las clasificaciones sintiéndome orgullosa de aquel chico que había conocido en Assen.

Hace 15 días tuve el privilegio de pasar el día con él y su familia. Oscar tenía previsto entrenar motocross en los alrededores del Circuit de Barcelona-Catalunya y tras hablar con él, me uní a su jornada de entrenamiento. Al vernos fue como en 2014: todo natural, cercano, sencillo. Mientras Manuel preparaba la moto y Oscar se cambiaba de ropa, yo conocí a uno de los pilares fundamentales de la historia: Fabi, la madre. El tercer miembro de un equipo muy, muy unido. Y digo equipo porque después de haber pasado todo un día con ellos, si algo son, es eso: una familia-equipo muy unida.

Oscar se subió por primera vez a una moto con 3 años y medio. Desde entonces, eso ha sido y es su vida entera. La razón por la cual entrena cada día de la semana, el motivo por el que no pierde ni un segundo en otra cosa que no sea prepararse, puesto que tiene muy claro que anhela encontrar la oportunidad de volver a correr y cumplir su sueño. Y no parará hasta que lo consiga. Él tiene un destino claro: el Mundial. Si hay algo de lo que no dudo es de que nunca hay que dejar de luchar por un sueño, que si te caes te levantas y lo vuelves a intentar hasta agotar todas las posibilidades. En esta familia, el sueño de Oscar se vive así. Y además, cuentan con los ingredientes necesarios: el tesón para no rendirse y la serenidad para no perder los nervios. Sin motos, su vida no sería igual. ¿Verdad que muchos entendéis esa sensación? ¡Yo sí!

Observé a Oscar en todo lo que hacía durante ese sábado. Todos y cada uno de sus movimientos. No pierde la sonrisa en ningún momento, tiene salidas para todo y en términos deportivos, es muy preciso sobre la moto. Se concentra enseguida y lo controla todo a la perfección; tiene una sensibilidad increíble y si cree que algo va bien o mal, así es. Es rápido y decidido, no le teme a nada y si hubiera que definirlo con una palabra, valiente podría ser una opción. Todo piloto necesita rodearse de gente que sume, que aporte lo imprescindible para que las cosas salgan bien y creo que Oscar tiene suerte con las personas que tiene a su alrededor. Manuel remueve y removerá cielo y tierra en lo mecánico y en lo deportivo, siempre acompañado y apoyado por Fabi, que en este equipo es la tranquilidad personificada (con lo que sufren las madres, ¿eh?).

Comí con ellos en su casa. Un hogar en el que desde el primero, hasta el último de los triunfos de Oscar en estos 14 años dedicados a las motos, están presentes en todas las paredes y vitrinas. Trofeos, viajes, recortes de diario, entrevistas, imágenes de podios, imágenes de pista, monos, cascos, botas, protecciones. Algo indescriptible: no falta nada. Y lo mejor de todo: la sensación de que los conocía de toda la vida, como si de alguna manera, nos unieran muchísimas cosas desde hace tiempo. El tiempo pasaba rapidísimo y en ese tiempo Oscar me contó más cosas. A él le pone la piel de gallina estar cerca de Márquez, tenerle al lado. Admira y respeta a todos los pilotos, pero Márquez logra que se le ponga la piel de gallina. Hace unos años Johann Zarco le invitó a Francia para que enseñara algunos trucos de pilotaje a sus chicos, es muy amigo de Fabio Di Giannantonio y se sabe  de memoria la silueta de los trazados en los que ha corrido (podría dibujarlos incluso con los ojos cerrados, tal y como Manuel le hacía practicar de pequeño) y recuerda con exactitud sus tiempos récords en carrera o clasificación de su etapa en la Rookies y de cuando era pequeño… ¡Lo recuerda absolutamente todo!

Y ahora qué falta… Todo producto final está compuesto por varios factores. A Oscar le falta solo uno: la oportunidad de poder volver a correr. El patrocinio que le abra las puertas a poder demostrar su talento y que así, su sueño se acabe de cumplir, porque él quizás no lo sabe o no es consciente de ello, pero ya lleva parte de ese sueño vivido. ¡Y la suerte que ha tenido a lo largo de todo este tiempo! Dicen que lo bueno se hace esperar y que lo que viene después siempre es mejor a lo anterior. Yo puedo dar fe de ello y estoy segura de que a él, todavía le queda muchísima guerra por dar.

(Si queréis conocer más sobre él: click aquí.)

7: Y a ti, ¿qué te pone la piel de gallina?

Hace casi dos años entrevisté a Josep Lluís Merlos. En aquel momento, uno de los trabajos de la asignatura Redacción Deportiva consistía en hacerle una entrevista larga a algún personaje del mundo de deporte. Hice de las mías, contacté con Merlos y pude llevar a cabo el objetivo de aquel trabajo. Recuerdo que una de las cosas que le pregunté era que qué le ponía la piel de gallina en los circuitos. También recuerdo que esta pregunta le encantó a mi profesor y ahora, con el paso del tiempo, creo que he llegado a entender por qué le gustó tanto (¡pero eso no lo contaré hoy!). A Josep Lluís Merlos le pone la piel de gallina un podio: ver la alegría de un piloto al que conoce logrando un gran resultado.

A mí, personalmente me pone la piel de gallina pisar un circuito, en términos profesionales-vocacionales-inexplicables (eso que te sale de dentro). Ya han pasado 12 años desde la primera vez que viví la emoción de las carreras de F1 en Montmeló. Desde entonces y por mi trabajo en el merchandising he tenido el lujazo de haber pisado el de Jerez, el de Mugello, el de Assen, el de Sachsenring, el de Brno, el de Aragón, el de San Marino y el de Valencia. En cualquiera de ellos el olor a gasolina cobra vida, el rugido de los motores ni molesta, ni entorpece un diálogo (pero en directo para interpretar sí, ¿eh?), en un circuito el aire que se respira te cala hondo. O al menos así lo recuerdo yo. Esta temporada traduje desde el circuito el jueves de Gran Premio en Montmeló. Aquello fue otra cosa. Me faltaron horas en aquel día para poder darme cuenta de que mis sueños se están cumpliendo. El asfalto, los boxes, las gradas, los motores, los hospitalities, la gente trabajando, el estrés. El ambiente de un circuito es lo que me pone la piel de gallina hasta hacerme incluso llorar. Eso es lo que da vidilla, vivir momentos así haciendo lo que más te gusta.

Quiero hacer especial énfasis en el estrés. En el caso que acabo de citar, me refiero a un estrés positivo. Al ajetreo, a las idas y venidas y a la tensión de la inmediatez. Eso es genial. Últimamente, me dicen que soy “una apretada”, que no paro quieta y que no aflojo. Creo que ese adjetivo es positivo e incluye ese estrés positivo del que hablo. De hecho, me identifica porque siempre he sido así. Prosigo. Hace un año descubrí los beneficios de saber gestionar el estrés, de vivir el momento presente, de practicar mindfulness cuando la cabeza te juega una mala pasada y te dice que no vas a llegar. A cualquiera que me lea, hay que vivir el momento. Lo que podemos controlar, lo controlamos y lo que no, ya se irá poniendo en su sitio.

Y a ti, ¿qué te pone la piel de gallina? ¿Me lo cuentas sobre ruedas?

3: Aguantarle la mirada era un reto

Jersey marrón. Camisa blanca debajo. Vaquero claro. Gorra roja. Andaba con paso firme, con tranquilidad y cojeando de vez en cuando. Su pasión le había arrebatado parte de su condición y desde entonces debía acarrear con ello toda la vida. Esa misma pasión le empujó a no abandonar.

Poca gente se acercaba a él por el paddock, quizás por el respeto que infundía, quizás por aquella mirada tan seria y penetrante que invitaba a mantener las distancias. Esa falta de muestras de “adoración” me llamó mucho la atención. Una leyenda que parecía pasar desapercibida, ¿desde cuándo?. Alguien me dijo que “era un perro que nunca para de ladrar”. Pero yo eso no lo sabía. Ese día, el 19 de febrero de 2015, durante los entrenamientos de pretemporada de Fórmula 1 en Montmeló, hice de las mías y entrevisté a Niki Lauda.

Yo llevaba dos horas pululando por el paddock. Cuaderno en mano y cámara en el cuello, no paraba de buscar pilotos a los que entrevistar con todo el morro. Porque si hay algo que me caracteriza es el morro que tengo o la poca vergüenza (en el buen sentido) cuando tengo un objetivo. La “excusa” de estar allí era hacer un reportaje para una asignatura de mi Máster en Periodismo Deportivo, pero lo que yo quería era entrevistar a tantos pilotos como pudiera. Mi primera víctima fue él. Justamente, el fin de semana anterior había visto la película sobre su historia, Rush. En cuanto lo vi, me vinieron mil imágenes a la cabeza: fuego, humo en sus pulmones, que en Nürburgring él no quería correr por razones de seguridad, que le llamaban Rata por la forma de sus dientes, sus peleas con James Hunt…

Entró en el box de Mercedes por la parte trasera mientras hablaba con un técnico de la escudería. Viendo que había varias personas de Mercedes por allí, escribí una nota rápidamente diciéndole que estaba estudiando Periodismo y que quería hacerle una entrevista. Se la entregué a un chico que no paraba de entrar y salir del motorhome. Me dijo que se la haría llegar, pero no fue así (o eso no fue lo que resultó efecto). Lauda entró al motorhome, salió al cabo de un rato y se volvió a meter en el box. Seguí esperando y cuando volvió a salir le pregunté: “Did you receive my note?”. Se detuvo, se giró y me dijo que no, que de qué iba. Le expliqué y me dijo que lo acompañara.

Entramos en el hospitality, las azafatas nos prepararon una mesa y yo tuve mi momento de gloria. No podía creer a quién tenía delante, me inventé sobre la marcha cuatro preguntas y aluciné con cada segundo que pasaba. Me impactó muchísimo su mirada, es algo que a día de hoy sigo recordando nítidamente. Parecía que en cualquier momento empezaría a derramar lágrimas, aquella mirada era una mezcla entre inexpresividad y transparencia, entre seriedad y ternura. Tal combinación ponía los pelos de punta. Y su tez… ¡Ay su tez! Era y es el mapa de su vida. La mítica gorra roja intentaba disimular las cicatrices de la cabeza, pero imposible hacerlo con las de la cara y las manos. Prácticamente no tenía nada de cartílago en la oreja derecha y de ahí, el resto de la piel se fundía a través de mil tonalidades fruto del fuego hasta llegar a la zona ocular. Qué serenidad, qué paz, qué tensión, qué momentazo. Estuvimos hablando de seguridad, de las opciones para el Título de aquel año y de sus pilotos favoritos.

Lauda no tiene ningún piloto favorito (u obviamente no me lo quiso decir). Afirmó que siempre gana el que demuestra ser el mejor en todo. Supongo que tiene razón. ¡Ah! Y le hice reír al final de la entrevista. Aquello sí que fue satisfacción. Ese día confirmé que ahí es dónde quiero estar.

Y satisfacción es disfrutar, es llorar y reír de alegría con momentos así. Satisfacción es recordar ese día, escribirlo y que se me erice la piel. Como pez en el agua.

Seguimos rodando que mañana arranca el GP de Aragón de MotoGP.

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