105: Épocas

Épocas, rachas, etapas, temporadas, periodos de tiempo. Un mes, medio año, siete días, cuatro meses, tres años. Da igual. La mayoría de las personas atravesamos momentos en los que tirar la toalla parece la mejor opción, cuando esconderse bajo las sábanas es el único refugio. O sin ser tan dramática, todos tenemos días muy malos que nos hacen verlo todo negro. No pasa absolutamente nada.

Diseño de “Del Sofá al Paddock”

Los que me seguís a través de mi perfil de Instagram quizás habéis visto que suelo compartir con mucha frecuencia algunas publicaciones relacionadas con el crecimiento personal, con la aceptación de las emociones y demás. Hace unos días, hablaba sobre ello con una chica que hacía poco había pasado por un mal momento y le estaba costando salir de él más tiempo de lo previsto. Le dije “yo también pasé por ahí…” y su respuesta me sorprendió: “¿tú?”. Quizás fue mi interpretación al leer un mensaje escrito, pero me dio la sensación de que le sorprendía aquello. La cuestión es que me quedé pensando sobre los últimos años y sobre cómo había evolucionado mi manera de sentir, de razonar, de reaccionar y de enfocar la vida.

En este blog he escrito muchas veces sobre las dificultades, sobre los malos momentos, sobre tocar fondo y también del poder de la mente en esa serie de acontecimientos. Nunca he escondido que a mí mi cabeza ha llegado a sabotearme mucho y hacerme sufrir en cantidades infinitas. También he comentado mi experiencia personal y he hablado de ello en directos de Instagram. Jamás me ha dado vergüenza ni he querido omitir que yo he pasado por momentos muy, muy difíciles. Está claro que al final una vive consigo misma y normaliza todo lo ocurrido hasta día de hoy, yo asumo mi mochila y la llevo a todas partes porque aunque la vacíes, todo lo aprendido y vivido en el pasado configura en mayor o menor porcentaje la persona que soy en este momento. Pero es cierto que de cara a la galería puede parecer que todo es de luz y de color.

¿Sabéis qué? Antes de conocer a mi pareja, tenía asumidísimo que en lo personal estaba condenada al fracaso porque en lo laboral las cosas me salían siempre muy bien. Me veía muy joven desempeñando funciones que eran un sueño para mí, asumiendo responsabilidades que me hacían sentir sumamente plena y cada determinado tiempo me ocurrían cosas increíbles. Siempre llegaba a casa con algo nuevo. Se trataba de experiencias que ‘no le pasaban a nadie de mi entorno’ (no sé cómo expresar esto sin parecer pedante, intento solo transmitir mi propio asombro en esos momentos) y sin embargo, yo no tenía ese apoyo, ni ese cariño al lado que muchas de mis amigas o mi entorno sí tenían. Tengo la suerte de que mi familia me ha acompañado y me acompaña en todos mis pasos y comparte mis alegrías igual o más que yo, pero solía sentirme ‘sola’ puesto que me apetecía compartir todo esto y no podía ser. Con el tiempo entendí o he querido entender que en esa etapa de mi vida mis energías debían centrarse en lo laboral y que yo no estaba preparada ni para querer, ni para que me quisieran. Esa es mi visión de lo transcurrido hasta ahora. Pero repito, yo tenía muy asumido que mi destino era esa especie de fracaso del corazón porque todo en esta vida no se puede tener. Ojo, que no debe ser así por ley, cada uno vive el amor o la compañía de una manera distinta y todas son buenas. Yo hablo solo de mi caso. Prosigo: esa fue una época de mi vida en la que aprendí mucho de mí, en la que disfruté de cada experiencia que viví sola, por y para mí, porque es muy necesario saber quererse y saber conocerse antes de compartir esto y el resto con alguien más.

En el pasado a mí me han roto el corazón un par de veces y seguramente yo se lo habré roto a alguien. Pero todo es pasajero, salvo la enfermedad o la muerte. Sobre todo en el desamor, o en cualquier experiencia dolorosa de la índole que sea, cuando el dolor se clava dentro y parece tomar posesión de tu vida, es fácil creer desde ese momento todo será igual, que algo ya nos ha marcado de por vida y que el destino está condenado a la tristeza y al hastío. Esos pensamientos hunden todavía más. Y si alguien no empatiza con estos asuntos del corazón, quizás sí con una mala noticia o algún evento que nos rompa por dentro. Parece que se acerca el fin del mundo cada mañana al abrir los ojos… Pero no. Siempre, siempre, hay algo de luz al final del túnel. Todo pasa, y todo llega. En ningún sitio está escrito que debamos estar bien todos los días.

Ahora escribo esto desde una Irene que es feliz a nivel personal y laboral, y que ha encontrado a la persona que tanto ‘esperaba’. Aunque eso ocurre cuando menos te lo esperas, quiero creer que aparece en el momento adecuado, cuando uno está listo para dar y recibir a partes iguales, cuando el intercambio es mutuo y cuando es sano, sobre todo, sano. Ni antes, ni después. Yo he pasado por relaciones tóxicas que me han llegado a quitar la propia identidad, pero a toro pasado no me arrepiento de nada porque todas esas cosas me han hecho saber qué es lo que quiero, y qué es lo que no. Qué puedo aceptar, y qué no. Al final, son eso, malas rachas, malos momentos, personas equivocadas, aprendizajes. O momentos erróneos si se trata de otra cosa.

A aquellos que estéis leyendo esto en un momento en el que algo no os encaja, que sepáis que a pesar de los altibajos y las hostias que te da la vida, no todo es malo y desconfiar de los demás como mantra y rutina es lo peor que podemos hacer. Así como generalizar: que algo nos haya pasado X veces no significa que deba repetirse en el futuro, que algo nos haya dejado una gran huella dentro no quiere decir que tengamos que vivir condicionados. No estamos condenados a ser esclavos de nuestras malas experiencias, no estamos obligados a actuar en base a la ‘mala rutina’, no debemos caer en el error de dejar que el miedo nos paralice para evitar un sufrimiento que de momento solo está en el pensamiento, en el recuerdo. A veces, las heridas se curan y cicatrizan de verdad. Y otras veces, incluso desaparecen esas cicatrices. Todo son épocas. Aceptar cada momento como un puente hacia un destino final mucho mejor a mí me ha ayudado en cada circunstancia, por más que en un momento concreto algo me estuviera matando por dentro. También considero que pedir ayuda a quien sea es necesario y válido, así como saber poner límites, decir que no, o huir de todo aquello que nos hace daño.

Ya no solo en asuntos del corazón sino también laborales, familiares, de amistades, o con nosotros mismos: está bien tener días malos, está bien no tener ganas de hacer cosas, está bien querer tirar la toalla, no pasa nada por querer desaparecer. Pero que todos esos sentimientos duren poquito, solo lo justo y necesario. Las emociones no se deben evitar, ni maquillar, pero sí transformar cuando nos están haciendo daño. Nada ni nadie podrá rescatarnos o ayudarnos si no somos nosotros los primeros en querer hacerlo. Aceptar lo negativo para convertirlo en positivo, aprender y seguir adelante.

Ah… ¡Feliz semana de carreras!

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