Ayer volví a casa con un auténtico chute de energía. Impartí la asignatura de ‘Nuevas Tendencias del Periodismo Deportivo’ en la Universidad Pompeu Fabra, para los alumnos del Máster de Periodismo Deportivo. Era la primera vez que hacía algo así y me hizo muchísima ilusión que contaran conmigo para hablar de mi trabajo, en qué consiste, cómo llegué a él, etc. Yo hice ese mismo máster en 2014-2015 y me alucinaba estar al otro lado de la barrera. Sinceramente, creí que acabaría muy rápido y que quizás se aburrirían, pero no. Ocupé las dos horas que tenía asignadas y me encantó que me hicieran preguntas y sintieran curiosidad por lo que yo les iba contando.

Fue un auténtico subidón, un chute de energía que verdaderamente necesitaba. Salí de allí pensando en mí (mientras escribo esto, he empezado a emocionarme) y en todas las cosas buenas, y no tan buenas, que me han pasado ‘desde que soy adulta’. Qué vértigo da la vida a veces, tremenda losa en la que se convierten los pensamientos y los miedos muchos días. Y qué difícil reeducar la mente cuando esta intenta vencerte con muchísima fuerza. Reconozco que pese a sentirme afortunada porque vivo de lo que me apasiona y soy feliz a nivel personal (por primera vez en la historia) hay momentos en los que el día a día me acojona soberanamente. Es normal, supongo. Una puede tener la conciencia muy tranquila y creer que lleva su vida de la mejor manera posible, pero los agentes externos se escapan del propio control y ahí es cuando asoma el dolor y la impotencia. No queda otra que lidiar con ello, aceptarlo, seguir adelante y mantener la positividad por encima de todo, por mucho que esta haga aparición como mucho cinco minutos al día. Que el tiempo haga magia y todo vuelva a su lugar.

Un día le pregunté a mi madre cómo me definiría y el primer adjetivo que soltó fue temperamental. Eso implica que soy tenaz e impulsiva, y que no soporto las injusticias. No hay nada que me frustre más que ver o vivir situaciones injustas. Ella y mi padre me educaron en la libre elección y decisión, en la comprensión, en la capacidad para acertar o equivocarme, siempre dejando que yo misma trazara mi camino de la manera que me hiciera feliz, sin importar de qué dependiera mi felicidad. Y sobre todo, supieron transmitirme los valores adecuados para no hacer daño a nadie. Por eso me cuesta muchísimo encajar que las injusticias existen todos los días, de maneras desmesuradas y que eso se nos escapa de las manos casi siempre. Pues bien, después de todo el arsenal de material de mindfulness que almaceno en mi cabeza, después de todos los palos que me llevé cuando ‘no sabía nada de la vida’ y después de ver que la vida puede ser muy hija de puta (tengo dos hermanos de acogida y verlos siempre me recuerda que llegaron al mundo y lo primero que hicieron fue sufrir, antes que hablar prácticamente) solo me queda seguir siendo yo misma, seguir recordándome que me tengo que valorar y querer más que nadie, todos los días y a cada momento. Y bendita libertad, por mucho que a veces nos la quieran cortar.

Lo de ayer me recordó que ‘yo lo valgo’, que por mucho que ‘todo vaya bien’, muchas veces se me olvida. Y lo cuento así, porque es lo que hay. Mañana me voy a Jerez, qué ganitas tengo de que empiece la temporada.