Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.

Septiembre de 2019. Este año las cosas están yendo mucho más rápido que yo, tanto que ni sé en qué día vivo o en qué estación del año estoy. Viajando de un lado al otro del mundo, el hecho de estar en contacto con personas muy distintas a mí está haciendo que me cambie bastante la perspectiva. El respeto va siempre por delante, pero hostia, qué jodido puede llegar a ser el género humano muchas veces.

En los momentos en los que me sorprendo para bien o para mal ante las actuaciones de las personas, suelo preguntarme cómo habrán sido educados, cómo habrá sido su infancia y cuánto habrán vivido y sufrido para dar lugar a su manera de ser en la actualidad. El bien y el mal, la verdad y la mentira, la transparencia, la dignidad, el engaño, la falsedad, la nobleza, la bondad, la humildad. Cada cual elige dónde quiere moverse y dónde establecer sus límites, qué es lo que le identifica y qué le hace distinto a los demás. Aunque en alguna ocasión los acontecimientos te ‘obliguen’ a desplazarte a una parcelita poco afín a tus valores.

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En mi caso, estoy aprendiendo que ser fiel a mí misma es crucial para dormir tranquila por las noches cueste lo que cueste. No me apetece en absoluto renunciar a nada de lo que me define por esto o lo otro. No hay motivos suficientes en el mundo que puedan justificar un cambio en mi identidad. Temperamental, tozuda, decidida, a ratos acojonada o asustada, sincera y transparente. Romántica y cercana, trabajadora y constante. Nerviosa e impaciente, abierta y espontánea. De vez en cuando también se me va la olla. Pero siempre yo. En lo que se supone que es el mejor momento de mi vida, nada ni nadie me va a cambiar.