Enero de 2019.

El blog empezó en septiembre de 2016. Estos días me han servido para pensar mucho. La típica tontería de ‘año nuevo, vida nueva’ en mi caso se ha cumplido en todos los sentidos. No cambio de casa, pero sí de rumbo laboral y por qué no, también he tomado una dirección distinta en cuanto a lo personal. Hay veces en las que no es necesario alargar nada más. Cuando el cuerpo te lo pide durante días y días, llega el momento de cerrar la puerta y abrir siete millones de ventanas. Ya lo escribí en ‘Querida vida’, y lo mantengo: estoy lista para cualquier cosa que llegue, sin esperar nada en concreto. Sigo creyendo que esa es la gracia del día a día. Un día te levantas y quizás no lo sabes, pero todo está a punto de cambiar.

Suelo pensar que en determinadas situaciones, o en momentos concretos de la vida, hay cosas que tienen que ocurrir, así, sin más. Y no hablo de las desgracias, porque esas siempre vienen acompañadas de un largo periodo de dolor y son injustas. Hablo y escribo de las experiencias que marcan un antes y un después. De las personas que se cruzan en tu camino dejando huella. Hablo de todo eso que nos cambia el enfoque, la manera de afrontar la vida, el modo en el que procedemos. Cuando creemos que lo tenemos todo controlado, ¡pam! llegan las sorpresas. Para bien o para mal, solemos cuestionarnos ‘¿por qué a mí?’. Cuando nos ocurre algo bueno, a veces no podemos creer que seamos objeto de tanta fortuna y cuando esa experiencia nos ha marcado negativamente, todavía más nos lo cuestionamos. Naturaleza humana.

Como todo aquel que me esté leyendo, he estado en las dos partes del ‘por alguna razón’. Resulta paradójico porque si analizo lo que más me ha marcado a lo largo de mis 26 años, siempre ha coincidido algo increíblemente bueno, con algo absolutamente nefasto. 2009, 2011, 2015, 2016, 2017, 2018. En todos esos años lo que era la bomba tenía que convivir con alguna tortura de turno. Como si nunca pudiera ir todo en sintonía. Como si la felicidad se pudiera saborear solo en pequeñas dosis, como si la vida quisiera que nunca bajara la guardia y siempre estuviera alerta para no relajarme. Quizás sea por eso, quizás me toque mantenerme durante un tiempo en la frontera entre el éxtasis y la tristeza. Alguna razón habrá para que así deban ir las cosas. Las acepto tal cual vienen.

Por alguna razón, un día yo tenía que conocer a determinadas personas que me abriesen una pequeña puerta. Por alguna razón un día tenía que pegarme una gran hostia y volverme a levantar tras el golpe. Porque así es como debía ser. En según qué, no suelo encontrar el motivo a lo que ocurre hasta un tiempo después. Siempre hay algo detrás. Siempre me hace más fuerte, sea lo que sea.

Por alguna razón tengo la sensación de que 2019 va a ser un buen año. Por alguna razón sé que todo lo que me ha hecho daño en 2018 me ha hecho mejorar para afrontar lo que debe venir a continuación. Por alguna razón el blog y yo estamos más contentos que nunca. Y sí, seguimos en la frontera entre el éxtasis y la tristeza (aunque en pequeñas cantidades). Como no podía ser de otra manera.