70: El límite

El otro día, hablando con una amiga mía sobre las sorpresas que te puede dar la vida, me dijo que cuando las personas estamos al límite de una situación es cuando debemos mostrar nuestra mejor versión, que ese es el momento en el que menos tenemos que tambalear. Según ella, la manera en la que alguien actúa cuando ha recibido una fuerte sacudida saca a la luz la verdadera esencia de cada uno. Yo creo que encontrar la combinación adecuada entre no perder los nervios, no saltar por los aires, no buscar material explosivo y hallar la calma, la resiliencia, la serenidad y la empatía no es del todo fácil, pero a la larga puede dar mayores resultados.

En esas ando; intentando descubrir cuándo y por qué el azar nos elige como conejillo de indias para poner a prueba nuestras capacidades ante los demás. Aquello de ‘a ver hasta dónde llegas y a ver cómo lo encajas’. A veces no es suficiente con hacer las cosas bien. A veces hay cosas que no dependen ni de nosotros, ni de nuestra voluntad. Y a veces, esas cosas te azotan y te dejan en shock. Cual bomba, cual meteorito, cual estallido en la cara. Es probable que según la naturaleza de cada uno, cuando un acontecimiento nos pone en nuestro extremo más peligroso, las reacciones sean diversas y adversas: ira, tensión, ansiedad, incomprensión, rabia, dolor, decepción. Lo típico de pensar que esto es una pesadilla, que no te puede estar pasando, y sin embargo ser plenamente consciente de que ya no hay marcha atrás, que eso ha marcado un antes y un después.

No sé en qué momento yo cambié tanto mi manera de pensar y enfocar la vida. También creo que ese enfoque irá evolucionando a medida que sigan pasando los años, pero he decidido que en mi límite solo hay lugar para la tranquilidad, para la fidelidad a mi manera de hacer las cosas y a mi esencia, que en esos momentos solo deben existir la  aceptación, la comprensión y la empatía. Que por mucho que a mí puedan herirme, lo encajaré como algo que me toca vivir, sin darle más vueltas, sin intentar buscar muchas explicaciones que no conducen a nada; no estoy en la mente de nadie. Que eso de que no hay nada definitivo sigue siendo verdadero, que pueden pasar mil cosas y que no siempre tenemos la capacidad de gestionar las visicitudes de una manera óptima. Y que seguir hacia adelante siendo capaz de abordar los problemas por el camino y transformarlos en soluciones es mucho más beneficioso para mi salud mental, que ponerme a alimentar el encabronamiento. Ni rencores, ni malas energías, ni deseos poco fructíferos, ni temores, ni condicionamiento, ni juicios, ni dogmas, ni sentencias. En mí ya no hay cabida para nada de eso, porque solo produce que uno se fustigue, lo cual es agotador e inútil. Qué coñazo. En mi límite solo cabe lo mismo que ocupa lugar cuando todo va bien.

El límite me lo imagino como caminar de puntillas sobre una cuerda suspendida en el aire que une dos extremos. Es tan fácil perder el control y caer al vacío, que se requieren una concentración y una paciencia infinitas para hacerlo bien y así llegar al otro lado. ¿Qué te espera en la otra punta? No lo sabes, porque atreverse a caminar descalzo sabiendo que en el trayecto puedes perder cosas es un reto para valientes. Si tuviéramos la respuesta de todo lo que puede ocurrir, no tendría ningún tipo de gracia. Y yo como siempre, de cabeza aunque no haya agua, o patinando y derrapando aunque debajo no haya ni asfalto, ni tierra. Contra la naturaleza de cada uno, no se puede luchar.

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