Mentiría si dijera que nunca he pensado en escribir sobre el amor. Por aquello de que una es muy fiel a sí misma y considera que es una de las cosas más bonitas que hay (bien entendido y tratado, claro). Para qué nos vamos a engañar a estas alturas de la película, la terquedad y la sensibilidad me definen a partes iguales. Y sin embargo, nunca tenía cabida en el blog. Hoy, en uno de los minutos de descuento de mi último directo he encontrado la analogía perfecta para ello, ni más ni menos para contar por qué ‘dejo’ mi relación con la traducción, por qué dejo el trabajo que me ha dado literalmente la vida en los últimos cuatro años. Quién me lo iba a decir.

Cuando empecé en Movistar MotoGP, mi única manera de acceder a este mundo era hacerlo a través de los idiomas y por ende, de la traducción. No conocía la simultánea, no sabía cómo reaccionaría y desconocía si me iba a gustar o no. La primera vez que hablé en directo, fue una primera cita con algo que me encantaba, me impactaba y me infundaba un respeto descomunal. Yo quería hacerlo bien, no fallar, impresionar, gustar y que se quedaran conmigo sí o sí. Confesaré que no fue amor a primera vista, pero me provocaba ciertas reacciones que me hacían pensar que sí, que aquello podía ir bien. Durante mi primer año, y por qué no, a lo largo de casi todo el segundo (aunque no con tanta intensidad), cada vez que llegaba el momento de entrar en cabina, al inicio de un Gran Premio, los nervios me invadían y el estómago se me encogía. Sentía vértigo, nervios, inseguridad, tenía la sensación de que no siempre controlaba la situación, y que era la traducción la que me controlaba a mí. Al fin y al cabo, yo tenía claro que aquello no era lo que iba conmigo, que no era mi tipo. Pero a la vez no podía pasar ni un solo día sin pensar en lo mucho que me satisfacía dedicarme a poner voz a los hombres del Mundial. Y a pesar de todo ese cóctel de emociones que no sabía cómo ni dónde ubicar, estar en cabina equivalía a sentirme en ese lugar al que ‘yo pertenecía’, a estar a salvo, a estar feliz y contenta. El enamoramiento. Ese momentazo lleno de luz y de color en el que te encanta cómo anda, cómo habla, cómo respira, cómo huele, cómo se expresa, cómo piensa y hasta cómo duerme y cómo se levanta por las mañanas la persona que te llena el alma. Tal cual.

En 2017 empecé a disfrutar de la traducción de lo lindo. Los directos y yo estábamos al mismo nivel. Ninguno daba más que el otro, todo era recíproco y ya no había miedo, ni temor a perder nada. Aquello ya me complementaba de verdad y me hacía sentir estupendamente. Esta etapa me permitía ir un poco más allá, mostrarme con mis defectos y mis virtudes sin la intención de impresionar a nadie, tenía la certeza de que si me equivocaba al hablar, o si no me salía alguna palabra, no pasaba absolutamente nada por corregir y recapitular. Seguridad y equilibrio eran los términos que prevalecían. El sentimiento era mutuo a todos los niveles. Y yo lo notaba. La rutina de vez en cuando hacía acto de presencia, pero también le iba bien a un torbellino como yo que se cansa muy rápido de todo. Podría decir que traducir seguía siendo mi rinconcito en el Mundial, el circuito en el que yo era la única que conocía todos los entresijos, cómo y cuándo ir rápida, y cuándo y por qué mejor mantener la calma. Ni la traducción, ni los directos me iban a abandonar en ese momento, porque teníamos tal confianza que por muy mal día que tuviera, siempre estaban ahí para apoyarme.

2018 ha sido distinto. He seguido queriendo mucho a mi querida cabina, pero ya no era lo mismo. Rutina y monotonía, espacio cerrado y sin tanta emoción o mariposas como al principio. Evidentemente esa etapa inicial siempre llega a su fin, pero las sensaciones no eran como las de 2017. Ir a verla ya no implicaba tanto aquello de ‘eres aire que respiro’, la cosa ya era un poco más ‘me quedan varias horas para acabar, venga…’. Y es paradójico porque una vez estaba dentro, me sentía como pez en el agua y estaba a gusto, seguir traduciendo a pilotos y a técnicos, o formar parte de la historia de este deporte no tiene precio, pero estos meses el sentimiento ha ido menguando. Costumbre. Cariño. Apego. Mismo respeto y honestidad. Pero también menos ganas de ponerme el micro. Pocas sorpresas, aunque sí muchas satisfacciones. Lo típico de ‘te quiero, pero no estoy enamorado de ti’. Que puedo vivir con ello, pero también sin ello. Un día la montaña se me hizo enorme. Bloqueada, no sabía para dónde tirar porque dentro de mí tenía muy claro dónde quería estar (circuitos) y el run-run empezaba a decirme que había llegado el momento de cambiar, de que aquello estaba acabándose, por mucho que no quisiera aceptarlo. Y no solo dependía de mí.

Un mediodía, el universo, la vida o lo que fuera, tras una rotura de corazón de verano que ahí quedará, quien fuera decidió que había una segunda oportunidad esperándome. Que igual un nuevo amor llamaba a mi puerta, oye. Recuerdo estar tumbada en la cama llorando de cansancio, sin saber qué hacer. Y recibí una llamada. En 2019 seré jefa de prensa de un equipo de Moto3. Lo estoy deseando. Han vuelto el vértigo, la ilusión y las ganas por lo desconocido.

La traducción es y será siempre mi primer gran amor del Mundial. Quién sabe si en el futuro retomamos contacto. Pues no lo sé, porque en esta vida nunca se sabe. Han sido 4 años llenos de magia, de grandes momentos, de personas con las que he trabajado y por quienes me quito el sombrero, de satisfacciones, de mucho aprendizaje y de muchísimo crecimiento personal.

GRACIAS, en mayúsculas y en cualquier idioma. A TODOS, también en mayúsculas, y en cualquier idioma.