67: La nube

Hace poco alguien que me conoce desde que nací tuvo que recordarme que soy una persona de extremos cuando se trata de mí. Que mis emociones la mayoría de las veces pasan de la eurofia más exultante, al hastío más puro y decadente. A mí eso se me había olvidado porque llevaba muchos meses en la primera de las situaciones. Porque cuando una vive algo, lo vive con intensidad, hasta las entrañas. A lo loco se vive mejor y todas esas cosas. Lo de que “las cosas o se hacen bien o no se hacen” lo aplico en todo, sin importar lo que venga después. Y como parece que este año el tiempo es lo que más me inspira, esta semana el cuerpo me pedía escribir sobre la nube.

La nube puede ser ese estado de gracia que uno siente cuando consigue o está a punto de conseguir aquello que le hará plenamente feliz (o eso imagina), ese momento que desearía que no acabara jamás, que te contiene la respiración mientras se está viviendo porque es demasiado increíble como para ser cierto. Cuando uno está paseando y cabalgando en esa nube poco importan los pequeños contratiempos del día a día. Pensar en la nube de emoción está por encima de todo. Desde el cielo todo se ve diminuto. Hay que vigilar e intentar mantener un pie en la tierra en la medida de lo posible, pero la nube siempre gana porque es realmente potente. Ya puedes mojarte por la lluvia o achicharrarte si te pillan los rayos del sol, tranqui, la nube te regula la temperatura. Solo ahí te sientes a salvo. ¡Lo tienes! Estás en las nubes. Qué más quieres.

Y de ahí, con muchísima facilidad y en milésimas de segundo, tras una llamada, tras un mensaje o incluso tras una alerta de tormenta puedes bajar y nublarte, de golpe. No hace falta mucho más. Cuando se te cruza todo y te arrebatan algo que iba a ser para ti, ocurre lo contrario: por mucho que intenten iluminarte con cualquier cosa positiva, tú a tu alrededor solo ves nubes y más nubes. Nada se compara al dolor que puedes sentir tras esa bajada repentina. Ahí es cuando cuesta empezar a caminar entre la niebla; paso que das, paso que parece costar una eternidad con tal de lograr avanzar la mínima distancia. Es entonces cuando explota la guerra interior. Es ahí cuando se descarga todo el agua que llevaba tiempo acumulada. Sin control. A cualquier hora del día, en cualquier sitio, sin motivo aparente. O sí. Te han rasgado tu primera nube. Catarsis. Y no pasa absolutamente nada.

Ahora que no me oye nadie confesaré que a mí me definen a la perfección las dos nubes. El tiempo y la experiencia hacen ver las situaciones desde otro punto de vista, con más sabiduría y más tranquilidad, con menos pasión y más racionalidad, pero al final la esencia es la que es. Y en algunos matices, las personas no cambiamos. A mí me gustan mis nubes. Ni siquiera haré el esfuerzo de nivelarlas. Me gusta la nube desde el cielo y aunque ni yo me crea lo que estoy escribiendo, también me gusta o ‘aprendo’ cuando estoy en la tierra y lo único que tengo a mi alrededor es niebla. Se me había olvidado, pero llevo casi 26 años siendo así.

Lo bueno y lo curioso es que cuando menos te lo esperas aparece ese tornado que sin avisar se lleva la niebla para dar paso a la claridad, tras hacer acto de presencia. El típico tornado que siempre está ahí, en guardia, dispuesto a llevarse lo malo cuando verdaderamente es necesario.

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