El blog y yo llevamos semanas hibernando desde el punto de vista de la inspiración y aunque nos gustaría estar disfrutando del verano y brillando como la luz del sol con millones de cosas por escribir, nos está costando despertar de nuestro estado. Sea como sea, hoy estamos abriendo un poco los ojos… Así que habrá que aprovechar.

A lo largo de estos últimos meses han aparecido varios huracanes en mi estación meteorológica. Antes de nada, tendré que llevarla a reparar para ver si la pueden afinar un poco porque en ninguna de mis previsiones se vislumbraba huracán alguno. No hay peligro de ningún tipo y realmente prefiero que hayan ido apareciendo, pero también desgastan y decepcionan. Seguro que más de uno y una lo ha experimentado alguna vez. Cuando todo parece estar en calma y bajo un mínimo control (digo mínimo porque es imposible tener el control al 100%), de repente: ¡pam! golpe y giro de los acontecimientos. Los huracanes vienen cargados de fuerza y traen consecuencias devastadoras, arrasan todo lo que pillan por delante según su grado de intensidad y te arrebatan lo que más quieres, lo que más te define.  Pero muchas veces tras esa vorágine de sacudidas y con algo de tiempo, sabiendo cómo recomponer los añicos de lo que un día tenía mucha solidez puede surgir algo positivo. O al menos, experiencia y aprendizaje. Una prueba de más de que hacer planes a largo plazo o prever con antelación cualquier cosa que nos haga ilusión no sirve de mucho. Hay tantas y tantas cosas que no dependen de nuestra voluntad que, por mucho que invirtamos tiempo dándole forma, siempre habrá margen para que algo o alguien llegue y cual lluvia torrencial se lo lleve por delante sin opción a poder recuperarlo. Ahí es cuando cada uno encaja lo que ha pasado y decide qué fuerza e intensidad darle a ese huracán, según su escala. Los huracanes pueden ser cosas que te pasan y que no dependen de ti, o personas que literalmente te desgarran sin que hayas hecho nada esta vez. La naturaleza de los humanos no tiene límites. Cuando creemos que lo hemos visto todo, suele haber algo más que todavía nos pueda sorprender (para bien, o para mal).

Para revertir el tono de esta entrada y en pleno epicentro de este huracán que ha arrasado con mis pilares en cuanto a inspiración echaré mano de la cuarta acepción del término según la RAE, que aunque cada día me caiga peor, algunas de las cosas que dice están bastante bien. Un huracán también es una persona impetuosa, llena de vida y vehemencia. Este tipo de huracanes pueden aparecer de repente, o no. Puedes haberlos conocido hace años o hace meses, pueden arrasarte con menor o mayor intensidad, pero su influencia siempre es positiva. A estos yo les doy mucha importancia en mi escala de valor y son el tipo de huracanes que no querría que pasaran jamás de manera efímera y veloz. La conexión es tal, que es necesaria sentirla a diario. Estas dosis de energía son mucho más importantes de lo que creemos. Todo se contagia y si lo que tenemos a nuestro alrededor es ímpetu, alegría y la propia vehemencia… Algo se nos pegará. Confieso que hace dos años le rompí el corazón a un chico (única vez que tengo constancia real de haberlo hecho) que siempre me decía que lo que más le gustaba de mí era oírme hablar, porque siempre lo hacía con mucha vehemencia. Nunca pensé demasiado qué implicaba eso y con el paso del tiempo y tras haberlo experimentado en los últimos meses, reconozco que es de las cosas más bonitas que me han dicho nunca, porque vivir bajo ese efecto es absolutamente brutal. Te da ánimo, ganas de seguir hacia adelante, te empuja sin saber desde dónde lo hace y, sobre todo, te da mucha paz. Y eso es lo que necesito yo ahora. Ni más, ni menos.

Y si no hay un huracán bueno en tu vida… Pues ya llegará. No hay prisa.