Había una vez una niña que soñaba despierta desde bien pequeña, que tenía prisa por hablar, por leer, por escribir, por aprender más y más cosas y sobre todo, por crecer rápido. Esa prisa que la caracterizaba, para ella, tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Por un lado, le permitía ver diversas perspectivas, tener curiosidad por descubrir lo desconocido hasta ese momento y le ayudaba a ir teniendo claro qué era lo que le gustaba y lo que no. Por el otro, le hacía tener una profunda sensación de continua incomprensión. No entendía por qué muchos niños se reían de otros, por qué unos pegaban y se burlaban de los demás, por qué había que etiquetar y discriminar. Eso la ponía verdaderamente…