58: Boxeando

Anoche fui a un concierto con una amiga. Hubo un momento, hacia el final, en el que me preguntó si me pasaba algo, que estaba muy seria. Mi respuesta fue: “nada, que se me acaba de ocurrir sobre lo que escribiré en la próxima entrada del blog”. Eran las 23.51h y mi mente estaba “boxeando”; nada que ver con luchar con mis puños contra alguien, nada que ver con subirme a un ring, ni con enfundarme unos guantes enormes, ni con ponerme un protector bucal, nada de este estilo.

Hace tiempo definí mi cabina de interpretación simultánea como mi box. Un lugar sin ventana al exterior, pero que me comunica con el resto del mundo del motociclismo. Un espacio en el que a pesar de estar sola, siempre estoy acompañada. Aunque suela mantener con él cierto enganche y haya momentos en los que tengo ganas de volver, hay días en los que es un tanto claustrofóbico, como cualquier lugar al que te acostumbras. Unos días tu casa te puede parecer maravillosa y preciosa, y otros se te cae el techo encima. Exactamente lo mismo. Pero en realidad, casi siempre regresamos a ese sitio porque nos hace sentir bien. Algo nos debe dar cuando no nos deja abandonarlo así como así. A mí me ocurre eso con mi cabina, pero también con la gente. Hay personas que te hacen sentir “en casa”, por mucho que existan las diferencias. Pueden pasar semanas o meses, pero desahogarte o simplemente pensar en voz alta ante ese individuo te hace sentir aliviado, seguro y en paz. Las personas también pueden convertirse en tu box.

Ve a tu box. Grita, patalea, quéjate y enfádate, llora si te lo pide el cuerpo. Tu box siempre está ahí. No te falla y, si te juzga, es para que mejores o para que aprendas algo que tal vez desconocías o no contemplabas. Tu box o tus boxes te protegen, te aconsejan, te dicen en qué sector debes probar algo distinto para que el resultado sea el esperado, te dan la opción de acudir de nuevo si no te sale bien en ese intento y pase lo que pase, están ahí para arreglarte cuando te rompas. Conocen la fórmula para dar con la tecla que te haga brillar un poquito más, porque brillar, ya brillas por ti solo. Te escuchan, te valoran, defienden tus colores a muerte ya que en realidad, son los mismos que los suyos. En el box se va a una. Parar aquí implica renovación de energías, entrar y salir para ir siempre hacia adelante, para dejar atrás algo que no iba bien. Boxeando es como se encuentran estas personas. Existen. Solo hay que ser sabio para no detenerse. y cerrar la persiana ante el primer contratiempo y “conformarse” con aquello que no nos llena, ni nos complementa. Algunas piezas llevan toda la vida junto a ti, otras aparecen como por arte de magia, del lugar más inesperado, del territorio más lejano. Y se produce esa chispa, ese toque de gas, esa conexión: quieres estar en este box y tu intuición lo sabe. Eso es lo único que quiero a partir de ahora, boxear y contar con mis boxes.

Y si un día hay que cambiar de box, no pasa nada. Será porque, por el motivo que sea, te espera un contrato que (en principio) se adaptará más a ti o te entenderá como nunca nadie antes lo había hecho. La cuestión es no dejar nunca de boxear: quédate con aquello y con quienes te hagan sentir bien. El resto… Que salgan del pit lane. 

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3 comentarios sobre “58: Boxeando

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  1. Bonita reflexión Irene, creo que si mantienes tu box abierto a todo aquello que aporta , suma y es positivo… consigues que sea invencible, un box abierto a todo el mundo, sin pases vip, el box de tu querida vida. Gaaaas al micro en Le Mans !!!

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