Desde muy niña mis padres me enseñaron que debía respetar a los demás, que aunque a mí alguien me hiciera algo que me disgustara, yo no tenía que entrar en su juego y empezar a litigar; que todas las personas, independientemente de las características que las definieran, me gustaran más o menos, fueran más afines a mí o no lo fueran en absoluto, merecían mi respeto. También me advirtieron de que no siempre llueve a gusto de todos y de que me encontraría con situaciones que no serían fáciles, pero que viviría mucho más tranquila si solucionaba mis conflictos hablando las cosas y que si ni por esas obtenía el resultado esperado (aclarar el asunto), era mejor dejarlo correr, sin más. Ayer traduje la victoria…