48: La presencia de la ausencia

En una de las paredes de mi casa tengo escritas a mano varias frases de autores o pilotos. Creo que a través de la escritura es más sencillo (para mí) transmitir ciertas cosas y quise tenerlo presente en mi salón. Una de ellas dice: “Hay ausencias que representan un verdadero triunfo” (de Julio Cortázar, Rayuela). Si tuviera que delimitar mis verdades universales, esta sería una de ellas. Que una ausencia represente un triunfo, para mí significa evolución personal, quitarse un peso de encima para seguir avanzando en nuestra trayectoria. Es decir, echar a un lado todo el ruido.  En este caso, la ausencia no es ninguna presencia. En este caso la ausencia es un alivio. Todo lo contrario a lo que viene a continuación.

Marzo es un mes tonto y feo. Tanto él como febrero siempre han sido meses grises para mí, sin gracia alguna, el aburrido apeadero entre la morriña del año que comienza y la llegada de la primavera con toda su vitalidad y energía. Es cierto que con marzo arranca el mundial (y menos mal), pero aun así, a mí me resulta un mes apagado. Desde el año pasado, todavía más. En 2017, marzo marcó un punto de inflexión en mi vida. Marzo se llevó a alguien muy importante de mi familia de la manera más inesperada. Sin avisar y sin poder haber tenido una previa para mentalizarnos, la muerte asomó la cabeza y se lo llevó. En un minuto, absolutamente todo cambió. Y ahora, qué. Recuerdo levantarme ese día como cualquier otro y al volver a meterme en la cama, pensar: “ha pasado una eternidad, esto no puede ser verdad, nuestra vida ha cambiado para siempre”.

A partir de entonces experimenté la presencia de la ausencia. Se trata de una ausencia que te invade, que te abruma y te recorre de arriba a abajo. Una ausencia que no perdona en ningún momento del día, una ausencia que te acompaña. Una ausencia más fuerte e intensa que muchas presencias. El vacío se reproduce de tal manera que a veces solo sientes eso, vacío. Y no hay manera de conseguir que regrese. No se puede luchar contra esa ausencia, no puedes llamar para pedirle perdón o para decirle que quieres que vuelva, que te has equivocado y que lo volváis a intentar. No, no y no. Ojalá se arreglara con una llamada de teléfono. Esta ausencia se produce de manera involuntaria, se escapa de la comprensión humana porque paradójicamente, el ser humano, la mayoría de las veces, no está preparado para la muerte. Tabú. Y ahí te quedas, con tu dolor y tu rabia, tu recuerdo y tu llanto, tus miedos y tus dudas, tu impotencia y tu desconsuelo, embriagado entre tanta información por procesar. Pensando qué pasará con las que has dejado aquí. Qué será de ellas cuando sean mayores. Intentando dibujar un futuro que en el presente aparece en forma de pesadilla. Duérmete, que así no piensas. Y vuelta a empezar al abrir los ojos cada mañana. Así es. Ahora ves, y sal adelante. Claro que lo harás, porque no te queda otra. Esto es una lotería. Hoy estamos aquí y mañana… Pues ni idea. La cicatriz ya la llevas en el alma y en la mirada, lo único que puedes hacer es seguir viviendo. Te adaptas (o lo intentas), no te acostumbras, no lo asumes, intentas aprender a vivir con ello maldiciendo todos los días de tu vida, “por qué a mí”. Repito, ni idea. Nos toca, nos pasa y, por más que busquemos explicación, no hay marcha atrás. Ausencia allá donde mires. Ausencia allá donde dirijas tu pensamiento.

Lo vivo a diario y lo reviví el fin de semana pasado con la familia Salom. No están. No volverán. Sus ausencias son enormes, representan una presencia gigante en la vida que, por narices, sigue. Lo único que estoy aprendiendo es a discernir entre lo que soy capaz de soportar y lo que no. Si gente tan joven se ha ido teniendo toda la vida por delante y dejando a tantos aquí, ¿voy yo a perder el tiempo con asuntos que se solucionan en un minuto? La muerte no avisa y absorbe en segundos. En un abrir y cerrar de ojos decidió llevarse a alguien muy importante de mi familia, alguien positivo, alegre, que siempre veía el vaso medio lleno, con un corazón enorme y con muchísimos momentos por vivir. Orgulloso de mí como ninguno. El primero para todo. Ejemplar. ¿Voy a alargar yo algo cuando está en mis manos ponerle fin y seguir adelante? De poco me sirve agonizar con banalidades. Ni fortuna, ni suerte, ni privilegios. Hay cosas que ocurren y nos alteran por completo el rumbo. No pedimos venir al mundo y cuando nos regalan esa oportunidad, más vale aprovecharla en algo que nos beneficie. Del mismo modo que no decidimos llegar aquí, nos guste o no, tampoco podemos decidir cuándo marchar. Disfrutemos de las presencias, por favor. Vete pronto, marzo. Y hasta siempre, O.

Un comentario sobre “48: La presencia de la ausencia

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  1. Cuca molt bonic.

    Visquem la vida que són 2 dies, disfrutem al màxim de tot allò que ens agrada i apassiona, fem coses noves alegres i divertides però sobretot gaudim de la gent que estimem, com dius tu un dia estàs aquí però no sabem on podem anar a parar el següent dia.

    T’estimo

    Me gusta

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