47: Etapas

Hay etapas que simbolizan el ecuador o simplemente una parte del camino entre el punto de partida y el destino final, fases en las que es necesario pisar terreno firme, en las que hay que aprender, sentir y descubrir. Ese tipo de etapas son como un Gran Premio: primero hay que hacer los entrenamientos libres, luego apretamos en los clasificatorios y el domingo, salimos a darlo todo en carrera para poner el broche final. El orden es inalterable (salvo fuerza mayor y casos extremos, obviamente) y se trata de un proceso habitual y natural. Primero una cosa y luego la otra, de toda la vida.

2018 ha empezado de una manera un tanto peculiar para mí. Ni bien, ni mal, pero sí con mucho, mucho (más) aprendizaje en lo poquito que llevamos de año. Adoro analizar y observar con detenimiento lo que ocurre a mi alrededor y eso me permite ver las cosas con diferente perspectiva para saber por dónde tirar. Siempre he sido observadora, pero no como ahora. Supongo que las experiencias te hacen cambiar el enfoque y las hostias te conceden el honor de ponerte en situaciones y pieles diversas. Que no hay nada establecido, nada único, nada verdadero, nada (o casi nada) inamovible, que no todo el mundo es igual, no todos pensamos lo mismo, no todos creemos en cosas comunes, que no siempre tiene que pasar lo que ocurrió la última vez, que aquel rumbo que parecía tan claro, puede cambiar en cualquier momento y acabar en otro lado, que generalizar me sobra y banalizar me aburre. Etc, etc, etc, más que nunca.

Hay mil etapas. En algunas, sin delimitar un único contexto, es frecuente que haya gente “de paso”, personas que aportan su granito de arena, que guían y hacen compañía mientras uno avanza, pero que es probable que se queden ahí, mientras tú sigues adelante con el resto de tus etapas. No hay motivo aparente para que se cumpla esa caducidad, simplemente, ocurre. Uno de los dos implicados avanza o ambos (o los tres, o los treinta) tomáis direcciones cuando menos, opuestas. E imposible reconducir la trazada inicial. Esfuerzos en vano y explicaciones carentes de soluciones. Ya no os une nada o casi nada (si me estás leyendo, seguro que acabas de pensar en las personas que han “pasado” por tu vida, pero que no se han quedado en ella por mucho que hayáis querido). El tema asusta en todos los sentidos, no solo en cuanto a personas se refiere, puede ocurrir en cualquier ámbito de tu vida; se deja atrás lo conocido y se sigue caminando pasito a pasito sin tener certeza de que lo que viene a continuación va a estar “bien”, al menos. Pero la incertidumbre forma parte de la vida y esa es la gracia.

Las etapas a las que me refiero te dominan, pero sin poseerte, ni hacerte daño. Dependen poco de tu voluntad y no son cíclicas. Duran lo que tengan que durar y tal día hizo un año, o 27. De repente: ¡zas! Se acabó. Solo o acompañado, si una etapa decide poner punto y final, no hace falta llevarle la contraria. Sigue hacia adelante que aquí poco haces ya. Cuesta asumirlo y aceptarlo, quizás aparezca algo de soledad, confusión, inseguridad e incluso tristeza. Pues bienvenidas sean oye, pero mejor aceptarlas cuanto antes para no alargar la agonía de sentirte fuera de lugar en el sitio que siempre habías considerado casa. Haz la mudanza sin llevarte más que a ti mismo a cuestas. Sigue,  camina, corre pedalea, da gas, bucea, lo que quieras. Pero no te estanques que el bucle absorbe, contamina y no aporta mucho. Pero eh, no pasa nada; experimentar sentimientos que te llevan al hastío a veces es hasta productivo. Y hasta aquí.

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