33: Arrancar, encajar el golpe y persistir

Llevo días pensando que el tiempo pasa demasiado rápido y que a ratos me gustaría pararlo para poder hacer todo lo que tengo en mente (que precisamente, no es poco). Ya hace algo más de un año que empecé con el blog y eso me ha llevado a haberme releído algunas de las entradas anteriores en los últimos días. Si bien 2018 será mi cuarta temporada en Movistar+, 2012 supuso uno de mis “inicios” clave. No sé en qué momento las cosas han ido a esta velocidad, pero benditos años. Es curioso, pero jamás había contado largo y tendido de qué manera viví yo el Mundial por primera vez. Ahí va.

En junio de 2012 yo tenía 19 años y medio y acababa de volver de mi erasmus en Londres. Mi vida había cambiado mucho: algunas personas acababan de salir de ella y yo intentaba encontrar mi camino. A ratos me desviaba, otras veces parecía que iba por la ruta adecuada y en alguna ocasión acertaba con mi trazada. Por aquello de querer ganar algo de dinero mientras estaba en la universidad, de vez en cuando echaba un vistazo a ofertas de empleo temporal. Hubo uno que me gustó por el lugar en el que tenía que hacerlo: vender merchandising de MotoGP en el Circuito de Barcelona-Catalunya. Ahí me metí disparada, me faltó tiempo. Me cogieron y por casualidades de la vida, me tocó tras la tribuna H, con Rocío. Ella era la mujer de uno de los hermanos Padilla, una familia de Jerez que se encarga de toda la ropa oficial de MotoGP. Me lo pasé bien aquel fin de semana, hice mi trabajo y a ellos les fue bien que yo supiera idiomas. Al año siguiente, 2013, repetí. El segundo día me propusieron empezar a viajar con ellos por los circuitos europeos. Hasta ese momento, yo no tenía del todo claro por dónde iba a encaminar mis estudios. Sabía que me gustaba el periodismo de motor, pero no sabía cómo enfocarlo. Solo necesité un Gran Premio para reafirmar lo que llevaba dentro desde los 12-13 años. Fue como una “señal del universo”. De algún modo, supe estar en el lugar adecuado, en el momento idóneo.

Sachsenring fue el primer circuito no-español que pisé y le tengo un cariño especial (lo conté en la entrada 24). Curiosamente también fue el último, en 2014. En Sachsenring, Assen, Brno, Misano, Aragón, Valencia, Jerez, Mugello y Catalunya aprendí muchísimas cosas y les estoy eternamente agradecida a todos los Padilla. Uno se deja la piel siempre o casi siempre, pero había días en los circuitos en los que la piel te dolía más que otros. Las tiendas se montaban de 0 en cada ocasión y eso implicaba viajar de martes, a martes. La cosa se basaba en llegar, montar, limpiar, cargar y descargar cajas, colocar, ordenar ropa y tenerlo todo al día, los cuatro días de Gran Premio. Y dormía en el circuito, en la tienda. Realmente me lo pasaba bien; estaba contenta porque aquello me permitía pagarme el máster y estar cerca de “mi mundillo”, aunque eso no quita que fuera duro. En un ámbito así, te debes al público y la afición motera llegaba pronto y se marchaba tarde. La tienda, abierta desde bien temprano y apurábamos hasta el final. Nadie te regala nada y quien algo quiere, algo le cuesta. 

En Jerez 2014 yo ya tenía más que claro que no quería irme “de las motos”, pero que quería vivirlas de otro modo. Ahí fue cuando atraqué a Ernest Riveras tras haber contactado con él vía Twitter (ya lo conté en una entrada anterior) y le dije que no le pedía trabajo, pero que quería aprender de él. Desde aquel día, en los siguientes Grandes Premios, buscaba siempre una excusa para escaparme e ir a verle con cualquier cosa. La cuestión era hacer ruido, intentar que no se olvidara de mí. En Assen de aquel año, el jueves por la mañana, mientras yo salía del paddock (allí era donde nos arreglábamos, en los baños de los trabajadores), él entraba para empezar el día. Paréntesis: me alucina recordar ese momento y pensar que ahora, los jueves y el resto de días, yo formo parte del operativo. Prosigo: nos encontramos de casualidad y me dijo “Irene, te quiero hacer una prueba de interpretación”. Ahí pensé que no me había entendido, que yo no me había explicado bien o que no me había hecho ni caso porque a mí eso de dedicarme a ser traductora no me llamaba NADA la atención. Pero pensé “lo que él diga, yo voy donde haga falta”. Unos días más tarde me llamaron para hacerme una prueba de interpretación simultánea en Dorna.

Era julio de 2014. Subí a la redacción en la que trabajo ahora, me hicieron entrar en un locutorio en el que desde 2015 grabo off’s. Me hizo la prueba la técnica de sonido, Nadala, que hoy está conmigo en los directos y que se encarga de controlar que reciba bien la señal de audio de circuito. Aquel día me senté e interpreté simultáneamente por primera vez. 30 minutos de lo peorcito de cada rueda de prensa. Se me pasó rápido, pero yo pensaba: “esto a mí no me gusta, ni de broma quiero hacer esto, yo si me cogen, bien, pero no está hecho para mí”. En ese momento, para lo que necesitaban, yo no estuve al nivel (tampoco me sorprende, no lo había probado en mi vida y era obvio). A pesar de no querer ese tipo de tarea, cuando supe que no me habían seleccionado, lloré lo que no está escrito. Me dolió en el alma. Sentía que había perdido una gran oportunidad, que se me había escapado tras haberlo tenido muy cerca. Era extraño: me culpaba, pero a la vez era consciente de que yo no estaba preparada para un puesto así y tampoco era lo que quería. Mi dolor o mi rabia venían de haber estado a las puertas de algo y no haber podido entrar. Pero sabía que ahí era donde quería acabar. Lo pasé mal durante unos días, pero me acabé diciendo a mí misma que daba igual, que lo iba a conseguir de otra manera. Encajé el golpe, acepté y fui consciente de que había fallado y seguí persistiendo hasta que volviera a surgir la oportunidad. En ningún momento se me pasó por la cabeza pensar que aquello era el final. De ahí, saqué toda la fuerza del mundo. Si no me hubiera llevado esa hostia, las cosas hubieran ido de otra manera quizás.

Empecé el máster de Periodismo Deportivo en septiembre de 2014, dos meses después de aquella prueba. Había que hacer prácticas y aunque Dorna no estaba entre las opciones, me busqué la vida, volví a escribir a Ernest y le dije que quería hacerlas aquí. Ya sabéis el resto.

Nada es fácil. Cuando ocurrió todo esto aún no había llegado 2015, que fue mi peor año, la vez que más fondo he tocado. Con perspectiva veo que aunque no sabía ni la mitad de lo que sé ahora sobre muchas cosas, de algún modo fui capaz de mantener la mente fría y no dejarme intoxicar por la negatividad. Algo en mí me decía que debía llegar hasta el final de la cuestión, intuición seguramente. Ojalá todo cayera del cielo y fuera sencillo levantarse por las mañanas con todo resuelto, pero no es así. Hay que sudar, pelear y no desistir. Saber cuándo y cómo, pero jamás abandonar. Por determinadas circunstancias yo tuve que apostar mucho por mí e insistí tantísimo porque era la única manera de llegar hacia donde tanto deseaba. Echo la vista atrás y me abruma ver las cosas que me han ido ocurriendo. Qué bonito.

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6 comentarios sobre “33: Arrancar, encajar el golpe y persistir

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  1. Llevo tiempo pensando que bien lo hace en la tele, me gustaria ponerle cara. Te encontre en Twitter te segui en Instagram y hace poco descubri tu blog. Aunque es la primera vez que te escribo, de buen seguro que no sera la ultima. Me encanta tu trabajo tu forma de expresarlo y tu. No dejes de hacerlo😘

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  2. De las mejores entradas que llevo leídas hasta ahora, voy tarde pero voy. Siempre es de agradecer la honestidad y transparencia en explicar los buenos y malos momentos vividos.

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    1. Muchas gracias, Chema. Trabajes donde trabajes y te dediques a lo que te dediques, nadie dijo que fuera fácil y escribir solo sobre lo bueno sería omitir los momentos más cruciales que al final son los que acaban marcando la diferencia. Cuando las cosas van bien es un paseo seguir adelante, pero cuando se tuercen es cuando llega la hora de la verdad. Gracias por leerme 🙂

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