32: “Porque la vida te lleve por un sendero, no tienes que volar más alto”. Roser Alentà.

Roser Alentà.La conocí el 17 de diciembre de 2016, durante el Superprestigio dirt track en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Cuando nos presentaron, ella me dijo que yo le sonaba de los circuitos, que me tenía vista. Yo no viajo y el año pasado solo pisé el Circuit de Barcelona-Catalunya el jueves de Gran Premio, y el Ricardo Tormo de Valencia durante los días de test posteriores a la última cita de la temporada. Pero daba igual, ¿cómo iba a llevarle yo la contraria? Fue solo un momento y tampoco dio tiempo para más. Hace un tiempo empezamos a seguirnos por Twitter y un día, fruto de uno de mis venazos, le escribí un mensaje privado. Me apetecía entrevistarla para el blog. Para mi sorpresa, Roser Alentà sabía quién era yo. Hace un par de semanas fui hasta Cervera y me tomé un café con ella.

Adelanto que no me gusta el formato pregunta-respuesta en entrevistas escritas puesto que me parece algo frío, demasiado formal (o al menos para mi blog). Precisamente por esos matices tampoco quise entrevistarla en la tienda de merchandising oficial de Marc y Álex. Mi idea y lo que de verdad me apetecía era conocerla a ella, a Roser. Saber de su vida, más allá de ser la madre de Marc y Álex Márquez.

Baja del coche con una sonrisa y me dice: “mira quien está aquí, ¡Irene!”. Como si nos conociéramos de toda la vida. Cariñosa y amable, sonriente y alegre. Tras encontrarnos, nos vamos a tomar un café a un bar “de toda la vida” de Cervera. Había poca gente en aquella plaza a esa ahora. Al sentarnos, lo primero que me dice es que yo siga traduciéndolo todo, que así se entera, que no deje nada sin traducir. Eso me hace reír y ayuda a que me sienta más cómoda en un entorno que no me es familiar. De las preguntas que llevaba preparadas, acabaron saliendo 20 más, por lo menos; me lo puso fácil.

Lo primero que le pido es que me defina quién es Roser Alentà. Ella me cuenta que es una persona normal, como otra cualquiera, que viene de una familia “de pagès” (de payés) como decimos en Catalunya y que es sencilla, como cualquier otra persona. De niña quería ser policía, le hacía gracia, pero aquello le duró poco. Dice que siempre se cansaba de todo, que dejaba las cosas a medias y que era una mala estudiante. Se define en aquella época como “más gamberrilla” y al decir esto se ríe de nuevo. Roser tiene una risa contagiosa. Transmite cercanía y entusiasmo. Yo me suelo mover por vibraciones y la vibración de Roser vale la pena. Es enrollada, divertida.

Una vez ya tenía situada un poco su infancia, voy a la siguiente etapa. Roser conoció a Julià en una discoteca, el icónico Big Ben de la localidad de Mollerussa, (Lleida) y cuando lo vio, pensaba que él era de Palma de Mallorca por la matrícula de su coche “PM”. Por lo visto ella le decía a sus amigas: “eh, tías, ¡que este verano nos vamos a Mallorca, ya veréis!” Y al final, nada, oye, de Cervera. Esta parte de la entrevista es divertidísima. Gesticula mucho al recordarlo y se vuelve a reír, y yo con ella. Al cabo de dos o tres años decidieron casarse, pero tuvieron que posponer el enlace 12 meses más porque poco antes de la fecha prevista, el padre de Roser, con el que tenía muy buena relación, falleció. Llegada la fecha se casaron, y en 1993 llegó Marc. El primer hijo del matrimonio fue fruto de la inspiración después de la victoria del Barça en la final de la Copa de Europa disputada en Wembley, la que sería la primera en el palmarés del club, en el olímpico 1992 (el año que también me vio nacer a mí). Con tantas dosis de alegría hicieron a Marc.

Ahí la vida de Roser empieza a cambiar. La mujer risueña, alegre, espontánea, divertida y directa, se convirtió en mamá. A los 3 años, su primer hijo pidió una moto para reyes. Y ella, conocedora de los genes familiares que le había traspasado a su hijo, pensó que se cansaría pronto, que como a ella de niña, aquello se le pasaría rápido. Pero no fue así. A Marc empezó a picarle el gusanillo y tenía claro lo que le gustaba: correr, pero con contrincantes. Nada de Enduro ni cosas en las que sales y tiras solo. Si no había competitividad, Marc no disfrutaba igual. Le pregunto si el segundo embarazo fue cosa de que Marc quería un hermanito o que ellos querían ampliar familia. En este caso fue lo segundo y cuando descubrieron que era otro niño pensó: “mejor, ya lo tengo todo encaminado”. Me cuenta que Álex es más “chinchón”, que, en contraposición a Marc, es más picajoso y que Marc es siempre el que la defiende más en casa. Al principio Álex decía que quería ser mecánico de su hermano mayor, que él estudiaría eso. Pero no cabe decir que la cosa no acabó así, ¿no? Pues eso, Roser es madre de dos Campeones del Mundo.

Llegados a este punto, yo me intento poner en su piel e indago un poco más: ¿hasta qué punto le ha cambiado a ella la vida con dos hijos pilotos?, ¿tiene más o menos miedos? Ella no titubea: sufre, porque una madre sufre y más cuando se juegan la vida los dos, respira tranquila cuando acaba la carrera de uno y otro y entre risas bromea diciéndome: “cuando hay lluvia o hay motivo de parar alguna carrera, siempre le digo a Carmelo -¡cancélala, Carmelo, cancela la carrera!-“. Ella prefiere ver los Grandes Premios en casa, sola, sin que nadie la moleste y sin que nadie la ponga más nerviosa. En casa se siente bien. Acude a los Grandes Premios españoles y a un par más, normalmente los italianos, pero sufre mucho. Y sí, su vida ha cambiado porque ahora hay cosas que más allá de representar a Roser Alentà, representan a la mamá de Marc y Álex y eso ella lo tiene en cuenta. Pero es la de siempre, ya que considera que no porque la vida te haya llevado por equis senderos, hay que volar más alto. Ella es la misma mujer que ha sido siempre.

Una vez escribí sobre lo que a mí me ponía la piel de gallina. Al preguntarle a ella qué es lo que la hace vibrar de ese modo, me da una respuesta súper bonita: cuando un crío se acerca a uno de sus dos hijos y ellos lo cogen y se hacen una foto, Roser casi que se aparta para que no la vean emocionarse. Debe ser muy fuerte para una madre ver que sus hijos son el ejemplo a seguir por las futuras generaciones. ¡Qué bonito! Mientras lo cuenta es a mí a quien se le pone la piel de gallina.

Bajo mi punto de vista, con distancia, y a través de mi experiencia, mientras hablo con ella reflexiono y veo que en el ámbito que sea, todo esfuerzo tiene sus sacrificios. Durante muchos años ella y su marido dedicaron todos los fines de semana a llevar a sus hijos a las carreras. Ni vacaciones, ni nada. Cuando iban a la playa, los niños enseguida querían subirse en moto. Supieron inculcarles los valores adecuados de la manera apropiada para que a día de hoy los sigan manteniendo. Marc lloraba de pequeño si en el colegio, tras una carrera, la profesora y sus compañeros de clase le aplaudían o cosas así. Él quería pasar desapercibido. Eso también dice mucho de la manera de proceder. Cuando no querían correr, no lo hacían y punto. Supongo que por el hecho de haberles enseñado a hacer las cosas con el corazón y con pasión, han llegado lejos. O al menos esa es la sensación que tengo tras hablar con ella. Obligar a los niños a hacer algo, no creo que sea buena idea. Ellos dieron en el clavo. En algunas cosas me recuerda a mi madre. ¡Qué buena cosecha la de madres de 1965-1966!

Y si alguien tiene alguna duda sobre los horarios de las carreras… Que le pregunte a ella directamente. Es la fan number one de toda la programación de Movistar MotoGP. Lo ve absolutamente todo de jueves a domingo. Me atrevería a decir que si le preguntamos los horarios de la publi… ¡también acierta!

Me dan la vida los momentos así. Le estoy eternamente agradecida.

 

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