18: (Des)confianza y (pre)juicios

La fuerza de los prefijos. Como casi todo en esta vida, el título de esta entrada se puede ver como algo positivo, o negativo. Eso depende de los ojos y la mente del que lo lea, ahí no me meto. Si estiramos e indagamos por el maravilloso mundo de la semántica, quiero hacer especial hincapié en el hecho de que los “juicios” no siempre son malos. Los prejuicios, en cambio, son horribles. Pero que levante la mano el que no tenga o no haya tenido prejuicios alguna vez…

Llevo varios días con este tema rondándome por la cabeza. Y como siempre, algo relacionado con las motos ha acabado de inspirarme. Para la previa de este GP en Movistar+ me ha tocado preparar un video sobre las Ducati. No voy a contar más detalles porque tenéis que verlo este fin de semana, pero sí diré que escuchando de nuevo las declaraciones de Jorge Lorenzo, hubo una frase que me convenció para publicar sobre el tema, era algo así como: “nunca se puede hablar de más ni poner en duda a un piloto, porque nunca se sabe lo que puede pasar”. No lo recuerdo con exactitud, pero decía algo así, muy parecido. El ser humano, por naturaleza, suele patinar y hablar más de la cuenta anticipándose a los acontecimientos y creyendo que “lo sabe todo” sobre X cuestión. ¡Error gravísimo! Al parecer, juzgar negativamente está a la orden del día y lo peor de todo es que solemos permitirlo. Pero, ¿por qué? Por falta de confianza, quizás.

Si algo he aprendido en los últimos años es que no hay una única verdad. Obviamente, hay cosas que “son así” por naturaleza (ejemplo: X circuito tiene X curvas y son rapidísimas, la mayoría. Eso es verdad y punto). Pero cuando se trata de las personas y las relaciones humanas, muchos tienden a creer que tienen el poder de decir lo que está bien y está mal sobre otros, y quedarse tan anchos. O creer que tienen razón. Yo me pregunto: ¿ah, sí? Todo aquel que opina sobre la conducta, sobre el trabajo, sobre el físico, sobre la manera de pensar o hablar de alguien… ¿Tiene autoridad/conocimiento/credibilidad/facultad/derecho a hacerlo? Yo creo que no. Cada uno es como es, hace las cosas a su manera y probablemente lo haga lo mejor que sabe. (Ojo, me está costando explicar con detalle cómo me planteo todo esto.) Invertir energía en estar más pendiente de la vida de los demás, que de la nuestra, me parece una gran pérdida de tiempo.

En mi caso, cuando conozco a alguien, suelo moverme por vibraciones, por lo que me transmite. Hago énfasis en transmitir: me guío por lo que me dice mi interior, por lo que mi cuerpo percibe, el feeling. A veces, esas sensaciones iniciales perduran en el tiempo y en otras ocasiones, me llevo gratas sorpresas (o nefastas, que todo puede ser). En algunas situaciones interviene una gran colega: la desconfianza. El pasado nos suele marcar y condicionar. Cuando nos han pasado X cosas, desconfiamos de todo aquel que se nos acerca porque claro, “como a mí una vez me pasó esto…”, “una vez me hicieron lo otro…”, creemos que siempre volverá a ocurrir, que nuestra condición o nuestro destino es ese. ¡Error gravísimo elevado a 82934829384902! Así no avanzamos; así solo nos estancamos. La desconfianza es una de las grandes enemigas del crecimiento personal y a esos pensamientos tan limitantes van unidos los prejuicios: “esta ha hecho esto, mira qué…”, “ese tío dijo una vez que, seguro que… Es un…”. Y luego puede ser todo mentira, podemos estar dándole bola a algo que sería digno de ser el guión de una película de Hollywood.

Hablo por mí al afirmar con total seguridad que prefiero llevarme una gran decepción tras confiar en algo o en alguien, que estar siempre pendiente y andar con pies de plomo sin confiar en los demás. Así no se vive en paz ni con tranquilidad. Cuando uno mantiene una actitud receptiva y se arriesga, suele obtener mayores beneficios. Todo depende del enfoque, como siempre. Los pilotos son el claro ejemplo de que hay que confiar: Marc Márquez confió en su equipo el año pasado cuando en pretemporada las cosas no iban bien, Jorge Lorenzo confió en Ducati y empieza a asomar la cabeza… Cuando damos las cosas por hecho y nos metemos en “territorio comanche”, solemos pillarnos los dedos.

Es fantástico hablar con los demás, opinar y debatir sobre cualquier tema. La comunicación en sí es maravillosa. Pero eh, debería ir quedando atrás el “juzgar” a la primera de cambio, el sentenciar a los demás a tener un título colgado en la frente siempre, el hablar más de la cuenta, el ir de listos y el fomentar las malas vibraciones. Eso corroe por dentro e inquieta mucho. Sé que es un tema complejo y que a diario la mayoría nos enfrentamos a ello, pero ¿por qué no confiamos más?, ¿por qué no damos más oportunidades?, ¿qué lo impide?, ¿siempre tiene que ir lo malo por delante? ¡NO!

Y sí, hay juicios buenos. Según mi amiga la RAE, juicio significa “cordura y sensatez”, “lo opuesto al delirio”. Podríamos ser todos y todas hombres y mujeres de juicio: decir lo que pensamos sin herir a nadie, decir a nuestras personas más cercanas lo mucho que las queremos (a veces también se da por hecho que saben que las queremos, y no, también es importante decirlo), hacer bien las cosas (aunque cueste más que hacerlas mal), ser fieles a nosotros mismos, saber decir que no… Todo eso suena sensato.

Hasta aquí la “peliaguda” reflexión de hoy. En estos momentos lo más importante es que Nicky Hayden luche y se recupere para que pueda seguir rodando durante mucho tiempo.

Y con esto, nos ponemos en modo #FrenchGP.

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