El inicio del Mundial de 2017 ha venido acompañado de algo de inspiración para mí y tras  varias semanas, vuelvo a la carga. Quienes ya me hayan leído sabrán que la pasión por mi trabajo no tiene límites. Eso me ha llevado a pensar en que desde que tengo uso de razón, siempre ha habido algo por lo que he “trabajado”. Algo que quería conseguir, algo que me movía en mi día a día (sigue siendo así a mis 24 años). Por eso, hoy tengo muchas ganas de escribir sobre la importancia de la motivación.

Me lo enseñaron en casa desde muy niña y supongo que algún día (muy lejano) yo se lo inculcaré a alguien. Me parece vital que en todo ser exista una meta por la que hacer camino, una voz interior que te empuje en esa persecución y que te diga “tú puedes, venga”. Lo digo convencida porque con las herramientas adecuadas, la actitud oportuna, paciencia y obstinación, todo llega. Ese proceso puede ser largo y desesperante, a ratos querrás tirar la toalla y según qué días es posible que se convierta en una pesadilla, peeeeeeero todo llega. Sí, sí, de verdad, doy fe de ello.

Seré breve: que siempre haya algo que te mantenga vivo/a, que nada, ni nadie te diga jamás “no podrás conseguirlo”, “no eres capaz”, “no te va a salir bien”, porque sí que se puede. Las barreras nos las ponemos nosotros mismos, todo es más fácil de lo que parece. En mi adolescencia tuve la mala suerte de encontrarme con profesores poco inteligentes que me cortaron las alas y durante años me rodeé de personas que quizás no merecían mi tiempo, pero cuando uno confía en uno mismo y sabe dónde quiere llegar, el universo conspira y te ayuda a que sigas tu instinto. Ese es el único que manda y no falla. Deberíamos escuchar más a nuestro interior y menos a los que hablan sin que se les pida la opinión.

La vida son dos días. Que las cosas fluyan, que nadie se rinda jamás. La seguridad y la felicidad empiezan en uno mismo. Y que nos quiten lo rodado (en moto).