Hace casi dos años entrevisté a Josep Lluís Merlos. En aquel momento, uno de los trabajos de la asignatura Redacción Deportiva consistía en hacerle una entrevista larga a algún personaje del mundo de deporte. Hice de las mías, contacté con Merlos y pude llevar a cabo el objetivo de aquel trabajo. Recuerdo que una de las cosas que le pregunté era que qué le ponía la piel de gallina en los circuitos. También recuerdo que esta pregunta le encantó a mi profesor y ahora, con el paso del tiempo, creo que he llegado a entender por qué le gustó tanto (¡pero eso no lo contaré hoy!). A Josep Lluís Merlos le pone la piel de gallina un podio: ver la alegría de un piloto al que conoce logrando un gran resultado.

A mí, personalmente me pone la piel de gallina pisar un circuito, en términos profesionales-vocacionales-inexplicables (eso que te sale de dentro). Ya han pasado 12 años desde la primera vez que viví la emoción de las carreras de F1 en Montmeló. Desde entonces y por mi trabajo en el merchandising he tenido el lujazo de haber pisado el de Jerez, el de Mugello, el de Assen, el de Sachsenring, el de Brno, el de Aragón, el de San Marino y el de Valencia. En cualquiera de ellos el olor a gasolina cobra vida, el rugido de los motores ni molesta, ni entorpece un diálogo (pero en directo para interpretar sí, ¿eh?), en un circuito el aire que se respira te cala hondo. O al menos así lo recuerdo yo. Esta temporada traduje desde el circuito el jueves de Gran Premio en Montmeló. Aquello fue otra cosa. Me faltaron horas en aquel día para poder darme cuenta de que mis sueños se están cumpliendo. El asfalto, los boxes, las gradas, los motores, los hospitalities, la gente trabajando, el estrés. El ambiente de un circuito es lo que me pone la piel de gallina hasta hacerme incluso llorar. Eso es lo que da vidilla, vivir momentos así haciendo lo que más te gusta.

Quiero hacer especial énfasis en el estrés. En el caso que acabo de citar, me refiero a un estrés positivo. Al ajetreo, a las idas y venidas y a la tensión de la inmediatez. Eso es genial. Últimamente, me dicen que soy “una apretada”, que no paro quieta y que no aflojo. Creo que ese adjetivo es positivo e incluye ese estrés positivo del que hablo. De hecho, me identifica porque siempre he sido así. Prosigo. Hace un año descubrí los beneficios de saber gestionar el estrés, de vivir el momento presente, de practicar mindfulness cuando la cabeza te juega una mala pasada y te dice que no vas a llegar. A cualquiera que me lea, hay que vivir el momento. Lo que podemos controlar, lo controlamos y lo que no, ya se irá poniendo en su sitio.

Y a ti, ¿qué te pone la piel de gallina? ¿Me lo cuentas sobre ruedas?