Jersey marrón. Camisa blanca debajo. Vaquero claro. Gorra roja. Andaba con paso firme, con tranquilidad y cojeando de vez en cuando. Su pasión le había arrebatado parte de su condición y desde entonces debía acarrear con ello toda la vida. Esa misma pasión le empujó a no abandonar. Poca gente se acercaba a él por el paddock, quizás por el respeto que infundía, quizás por aquella mirada tan seria y penetrante que invitaba a mantener las distancias. Esa falta de muestras de “adoración” me llamó mucho la atención. Una leyenda que parecía pasar desapercibida, ¿desde cuándo?. Alguien me dijo que “era un perro que nunca para de ladrar”. Pero yo eso no lo sabía. Ese día, el 19 de febrero de 2015, durante los entrenamientos de pretemporada de…